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Metamorfosis

El año en que estudié primer curso de Comunes –Filosofía y Letras- en Granada, me hice amigo de Joaquín Calero, a quien no conocía de cursos anteriores. Paseábamos por la calle de San Juan de Dios hasta los jardines del Triunfo; o bajábamos por el paseo de la Virgen hasta los del Genil. Y hablábamos de lo divino y de lo humano. Algunas tardes se venía conmigo a mi pueblo, comía conmigo, y caminábamos por los alrededores.

Un día –no sé cómo ahora me acuerdo, cuando ya hace tanto tiempo que le perdí la pista a mi amigo-, paseando y charlando por los jardines del Triunfo, algo dije yo, y él se me quedó mirando, en silencio y de hito en hito. Y a continuación me espetó:

-Te voy a contar una cosa que no le he contado nunca a nadie.

Y, ante mi gesto de aquiescencia y atención, continuó:

-Me pasó cuando estaba preparando el examen de ingreso. Tenía yo once años. Y bajaba todos los días desde mi pueblo a Órgiva, donde un farmacéutico jubilado, más por entretenimiento que por necesidad, daba clases a un grupo reducido de alumnos que él seleccionaba. Solía decir que él no perdía el tiempo con melones. Yo, cuando las clases terminaban, me volvía andando a mi casa. Un día este maestro, don Jacinto, tuvo que venirse a Granada a media mañana, por algo que le había surgido. Y yo tiré para mi pueblo con dos o tres horas de antelación. Subía andando sin prisa, temiendo que mi madre, al verme llegar tan temprano, me mandara al campo con alguna tarea. Y a mitad del camino, que era entonces poco más que una vereda de bestias, me topé de buenas a primera con una vaca atravesada de manera que yo no podía pasar. No sé por qué: quizá porque me pareció más limpia y lustrosa de lo habitual, o de mirada menos hosca. El caso es que le hablé en voz alta, en estos términos: “Señora, se ha atravesado usted en el sitio más estrecho; y no puedo pasar”. Y, nada más pronunciar yo esa frase, vi que la vaca se transformaba en una joven y guapa señora, vestida con ropa buena aunque sencilla, que se me quedó mirando con una sonrisa de gratitud, y me dijo: “Gracias por llamarme señora. Me has librado de un tedioso y bochornoso encantamiento”. Me habló más. Me dijo su nombre, y el de su marido. Y añadió que no sabía cuánto tiempo había pasado convertida en vaca. Luego se puso a mirar atentamente el paisaje, hasta que tuvo referencias claras de dónde se encontraba. Entonces, con aire tranquilo y risueño, me pidió que la acompañara a su casa, que estaba en Órgiva. Yo seguía sobrecogido e intimidado. Creo que no le contesté nada, solo me puse a andar otra vez hacia abajo, a su lado. Y, según andábamos, yo me sentía más y más feliz; sentía que acompañar a aquella señora era lo más maravilloso que yo había hecho en mi vida. Me contó que lo último que recordaba, antes de haberse  visto de vaca en el monte, era que estaba cenando en su casa, con su marido y con una mujer a la que él había invitado a acompañarlos aquella noche. Una mujer extraña. Se llamaba Jana, o Jena. Y mi señora se había enfadado de los aires de sabihonda de aquella vieja. Y comenzó a llevarle la contraria en la conversación, solo por molestarla un poco. Jena había dicho algo de la imposibilidad de ser señora si se es pobre. Y mi señora, en plan tajante, le había replicado: “Una señora es señora, se vista de señora, de mendiga o de vaca”. Esta frase es lo último que recordaba de su vida anterior. Llegamos a su casa. Su marido salió a su encuentro y la besó, cariñoso pero como si se hubieran visto poco antes. Ella me presentó. Luego me acompañó a la cocina, donde había una mujer que se parecía a mi abuela, a la que le dijo: “Lorenza, este niño se llama Joaquín, y debe de estar hambriento”. Y dirigiéndose a mí: “Siento no poder acompañarte: tengo cosas que hacer”. Me hizo una caricia en el pelo y en la cara y se retiró. Lorenza me trató a cuerpo de rey. Comí hasta gloria, mientras ella me hacía, discretamente, preguntas sobre mi vida, mi familia, mis estudios. Luego me acompañó hasta la puerta, donde me tomó una mano y me puso en ella un billete de diez duros: “Esto es de parte de la señora, para que te compres algún libro”. Y, con aquel billetazo en el bolsillo y el cuerpo como en una nube, me eché a andar otra vez para mi pueblo.

Aquí Joaquín se calló y se me quedó mirando. Yo estaba atento y perplejo, sin saber qué decir. Y, como no reaccionaba, él concluyó:

-Vamos. Te invito a tomar algo en el Zeluán.

 

Cara de moro

Entro en la clínica y me dirijo a la consulta del médico “de cabecera”. Pero la auxiliar de la entrada me hace volver para darme ella el número, previa entrega de mi tarjeta sanitaria. En el piso de arriba, el cuartelete de las enfermeras está vacío. Y junto a la puerta de cada consulta han colocado un aplique cuadrado donde aparece, rojo y brillante, el número del paciente de turno.

Ahora solo está funcionando una consulta, la que a mí me interesa, la del médico generalista. Va por el número 29 y a mí me han dado el 35. Entre media hora y tres cuartos, calculo, deberé esperar; lo que no es mucho, teniendo en cuenta que sé lo que es irse de esta sala de espera desatendido, enfermo y desesperado, después de varias horas de paciente aguante.

Abro mi libro y me pongo a leer; pero enseguida llega una señora mayor –bastante mayor que yo, que soy mayor- haciendo preguntas y pidiendo que la dejemos pasar, que ella va solo a recetas. Una vez que yo accedo a su petición, va dirigiéndose a los otros esperantes, con mediano éxito. Con éxito: adelanta dos puestos y pasa. El médico va rápido.

Ya solo quedamos en la sala de espera la señora del número 34, magrebí, y yo. Ella me habla en árabe. Yo le digo que no entiendo. Ella me mira extrañada y me pregunta: “Pero, ¿eres musulmán o español?” “Soy español”. “Pero, ¡si me has hablado antes en árabe!” “Imposible. Yo no sé árabe”. Ella, incrédula y sonriente: “Pero ¡si tienes cara de musulmán!” “Sí. Pero no soy musulmán”.

Nuevo timbrazo y pasa a consulta mi paisana. Y no han transcurrido ni dos minutos cuando sale ella y entro yo. Dos minutos de visita, y ya estoy afuera. Al médico, un hispanoamericano de mediana edad, la compañía le ha debido de hacer una prueba de velocidad  en la atención a pacientes.

Han pasado apenas unos diez minutos desde que llegué. Ahora la sala de espera está desierta. Y yo me dirijo a la farmacia más próxima lamentando que siempre aparezca algún impedimento cuando me propongo leer la Reivindicación del conde don Julián, el libro que había elegido para que me acompañara en la espera.

Cuento treinta y dos

Los pícaros, cuando se quedaron solos, comenzaron a tramar entre ellos un plan, y a ponerse de acuerdo sobre lo que les dirían a las gentes. Y acordaron propagar este mensaje: “Hemos confeccionado a España el más maravilloso vestuario; y le hemos labrado joyas que, a juego con cada uno de sus vestidos, realcen la hermosura de sus facciones y la armonía de sus miembros. Pero, simultáneamente, hemos dotado vestidos y joyas de una propiedad aún más maravillosa, que es la siguiente: nadie que no ame a España podrá disfrutar de la contemplación de tan soberbio atuendo”.

Y todo fue ocurriendo como lo habían tramado aquellos pícaros. Y comenzó la solemne procesión, presidida por la bella España. Y todos la vitoreaban, y se manifestaban rebosantes de asombro ante el esplendor de su vestido, ante el brillo de las alhajas, que multiplicaban el colorido y la belleza. Y todos proclamaban la misma falsa admiración porque ninguno quería, a la vista de sus vecinos, parecer desamorado de España. Y así fue transcurriendo el pomposo desfile.

Hasta que un paleto desharrapado, ignorante y miserable sobrecogió a todos con su grito: ¡España está desnuda!