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Mayo ardiente y traidor

Los niños de 1º de la ESO –doce años– se distraen en la clase con cualquier nimiedad. Normal… Y además, cosa de los tiempos de ahora, no pretenden disimularlo.

Dar clase en 1º de la ESO es… como romper parva (los que saben del campo me comprenden; los que no, les pueden preguntar a los que saben), como coger espárragos en un pincharral (señores académicos, dejen de sestear y pongan en su diccionario un pincharral).

Pero, si el trabajo de los profesores no cunde, hay que ver cómo cunde el trabajo del tiempo… Días ha habido en abril en los que yo he pensado que me las había con adultos. Pero después vino mayo… ¡Qué traicionero es mayo! Y si no, que se lo pregunten al prisionero del romance: “¡Que por mayo era, por mayo…!”

En mayo los muchachos de 1º de ESO ven que el curso se termina, que se acaban las clases de taekwondo, de tenis, de waterpolo; y, si no se ganan los torneos, al menos hay que perder con dignidad.

Sin embargo las niñas… ¡Ay estas niñas de 1º de ESO, cuando llega mayo y les despierta el corazón! Las inocentes inquietudes se convierten en languideces de mocitas… Y de los cincuenta y cinco minutos que dura –¡qué dura!—una clase corriente, cuarenta y nueve los pasan muriendo lentamente, y esperando el timbre de la resurrección. Cuando éste por fin repica, corren a derrengarse y derretirse en los flamantes e inflamados pectorales del amado de 2º de ESO. De esa ESO a la que, en mayo, ha dejado de faltarle la B.

Infancia omnívora

Paseando con mi hija Hebe, por epatarla, por espantarla, o por ayudarla a que se haga una idea más precisa de la distancia que hay entre sus trece años y lo que fueron mis trece años, le digo que, en cuanto veo un gorrión, me lo imagino frito, “porque es que están buenísimos fritos”. Ella inclina su cabeza para apartarla de mi persona, extiende el brazo para apartarme a mí, por réprobo, de su persona, y, casi al borde de la arcada, musita: “¡Papá…!”

Yo le he dicho la verdad… No sólo los gorriones fritos estaban buenos cuando yo era un crío: todos los silbos alados, una vez preparados y pasados por aceite hirviendo o por las meras ascuas, estaban de rechupete.

Teníamos hambre. No había lugar para remilgos. Así que nos lo comíamos casi todo. No sólo las moras maduras en estío, sino los brotes verdes (de qué me suena este sintagma, mejor lo cambio), sino los tallos nuevos de la zarza en primavera. No sólo las majoletas rojas en septiembre, sino también en abril las hojas del majoleto, a las que llamábamos pan de pastor. Nos comíamos en primavera las flores de los olmos, a pesar de haberlas bautizado con el feo nombre de piojos. Por lo menos a las semillas de las malvas las habíamos bautizado con más cristiano apelativo: panecillos; y de verdad son unos micropanes de irreprochable sabor y de almo poder.

Y para qué hablar de los productos cultivados –fuese quien fuese el dueño de la huerta o del secano donde se criaban–: las habas verdes para San Marcos, las higueras desde San Juan hasta San Miguel… Las uvas, ¡dios!, las uvas… Agazaparse entre las cepas y ponerse como una raposa parturienta, ¡qué delicia!

Lo malo, el malo, era el guarda de la vega: con su escarapela en el sombrero plano, su cayado en perpetuo gesto de amenaza, su carabina en bandolera, y su cara de implacable ira… Ustedes se imaginan que estamos tres o cuatro renacuajos en lo alto de un cerezo, pegados a las ramas como larvas, tragándonoslas hasta con hueso, por no perder tiempo en desprenderlos y escupirlos y porque, según se decía, así no se nos iba la barriga. Y de pronto uno de los enanos cerasífagos del grupo, que ya se sentía saciado y le apetecía divertirse a costa de sus colegas, exclama con voz gutural y sorda: “¡El guarda!”

En fin… que había que aguzar el ingenio para redondear la panza.

Por supuesto, pasado el sobresalto inicial, mi hija Hebe me comprende y me perdona mis boutades, mis burradas, mis cuasiputadas. Lo mismo que yo perdono sus remilgos, recelos y reprobaciones.

Y deseo, cómo no, que ni a ella ni a nadie de su generación, le falte nunca la comida.

De don Eduardo, de don Ángel, y de mis cicatrices

Don Eduardo Duro Estepa fue médico de mi pueblo durante… a saber cuánto tiempo: medio siglo tal vez. Pero en mi pueblo no ha quedado ninguna huella urbanística, civil, de su nombre: ni una placa, ni el nombre de una calle… Nada.

Es que mi pueblo es un pueblo típico, o sea, ingrato.

Ahora, hace pocas semanas, ha muerto don Ángel Peinado Peinado, que fue párroco en nuestro pago durante un cuarto de siglo, y que, a pesar de sus manías y de sus paranoias, hizo todo el bien que pudo a jóvenes, medianos y viejos. Pero ya está tan olvidado como el médico don Eduardo.

A éste, a don Eduardo, algunos de mis paisanos lo llamaban, ¡qué gracia!, Don Guarro. Cuando era uno de los poquísimos hombres que transitaban por el pueblo oliendo a limpio: no a mugre, a cuadra y a sudor.

El sudor del trabajo dignifica: lo sabemos. Pero dignifica mas cuando se lava la piel que lo ha emitido. No presumamos de trabajadores: seámoslo; y punto.

Y pasemos ya a la tercera parte de nuestro escrito de hoy: la referente a mis cicatrices de juventud. La primera, en la frente, a los cuatro o cinco años; la segunda, bajo el tobillo izquierdo, a los catorce; la tercera, en la ingle derecha, a los diecisiete. En la primera y en la tercera don Eduardo realizó un trabajo impecable. La segunda, la de bajo el tobillo,  no me la curó don Eduardo: era pleno verano, y debía de estar de vacaciones. Me la curó otro médico, un sustituto, supongo, que hizo una labor no menos fina.

Don Ángel Peinado, el párroco, no me curó ninguna herida corporal; pero me inició en el saber acerca del espíritu: de su existencia, de sus virtudes, y de sus dolencias. Antes de su llegada y de sus enseñanzas, yo sólo tenía cuerpo, como el chancho que hozaba y gruñía detrás del corral, allá en la cochinera.

Gracias a don Eduardo y gracias a don Ángel.

Soy un maldito asesino

En la pasada madrugada, más o menos a las cuatro, me levanté a orinar. En el baño, ¡en mi cuarto de baño!, un bicho del tamaño de una mosca, pero sin alas, andaba asendereado corriendo como un loco: del váter al bidé, del lavabo a la ducha, de la puerta al lavabo… Lo aplasté sin compasión. Le eché encima una buena parte de mis noventa y cinco quilos y lo convertí en una escueta mancha negra sobre el esmalte claro de las baldosas. ¡Quién le había mandado invadir mi baño!

Pues bien… así me he pasado mi vida entera, asesinando seres semejantes a mí: seres que sentían hambre, anhelo sexual, miedo por los peligros de sus hijos, recelo ante la pujanza invasora de los vecinos, alegría en los fugaces triunfos.

Recuerdo, con la misma nitidez que lo ocurrido en el baño esta madrugada, cierto paseo por los parajes de la Acequia Baja de mi pueblo; cierto paseo de hace cincuenta años. En un olivo viejo y grande había, lo vi desde la hijuela que pasaba por debajo, un minúsculo nido, mucho más pequeño que los que construyen los gorriones. No me tomé la molestia de trepar hasta aquella copa y echar un vistazo a sus ocupantes. Saqué mi tirachinas, mi gomero certero, y disparé. El impacto del proyectil en la base de la encumbrada cabaña hizo saltar a un guacharro recién salido del cascarón; un guacharro de piel desnuda y del tamaño de mi dedo meñique de entonces. Cayó, peso muerto, y se medio hincó en el barro del borde de la hijuela. Me agaché para verlo boquear en su agonía. Y luego, con mi mano inocente de ocho años, lo acabé de enterrar en el barro.

Cincuenta años aniquilando inocentes… Soy un maldito asesino. ¿Tú no?

Historia de mi ateísmo

Aquí contaba un servidor, hace bien poco, la historia de aquel día, especial, de la partida al seminario. Doce años tenía… Y fui un seminarista devoto y convencido de mi vocación sacerdotal hasta mi crisis de adolescente: hasta los dieciséis.

Acudí a don Ángel; que en paz descanse: acababa yo de convertirlo en personaje de minicuento en De Gójar a Cuevas cuando falleció. Insisto: Dios, en quien no creo, lo tenga en su Gloria.

Acudí a don Ángel; y le confesé que quería dejar el seminario; ver la vida desde otro ángulo, desde otra perspectiva. Él me contestó: “Adelante. Salte”.

Y dejé el seminario; ya digo: a un trimestre de cumplir los diecisiete. ¿Y qué pasó después?

Pasó que en pocos meses, como esos animales que evolucionan por fases metamórficas, se me cayó el caparazón de la fe. Y me quedé desnudo, como el loco de Khalil Gibran sin sus máscaras.

Me sentí libre. Y repleto de rencor hacia mis maestros, los curas que me habían educado. Aun así, echaba de menos a mi familia del seminario. A través de un amigo y compañero, Javier Quiles, les mandé el mensaje de que quería volver al seminario, ser seminarista ateo. Como podéis imaginar, la repuesta fue una negación sin paliativos.

Luego el rencor se fue pasando; y sólo me quedó la gratitud.

Nunca había sido maltratado. Mi queja no era ésa: era que no me habían querido más, a pesar de que su mandamiento máximo era el amor.

Hoy los entiendo: nadie da lo que no tiene. Y los acepto en mi corazón como hermanos.

Hoy mi ateísmo es ampliamente comprensivo respecto a los creyentes; pues veo que los ateos somos los que más buscamos esa chispa de eternidad que encienda nuestras vidas; que nos entusiasme: para decirlo con esa palabra, el entusiasmo, que ya he comentado alguna vez en este blog; esa palabra opuesta al derrumbe fatal que nos arruina.

De Gójar a Cuevas

Al padre de Nico y Sonja

Un día de mediados de septiembre de 1963, con los doce años casi recién cumplidos (y con mi amigo Nicolás, que no me dejaría mentir en Certe patet), abandoné mi pueblo para convertirme en seminarista del Seminario Menor de San Tarsicio, en Cuevas de Almanzora, Almería.

Creo que no pasé, como Daniel el Mochuelo, la noche precedente a aquella partida recordando lo que había sido mi vida en mi aldea. Y seguro que me vino bien el haberla pasado durmiendo; porque el viaje de Gójar a Cuevas fue cosa de cansar. Primero en taxi –¡todo un lujo, claro está!—acompañados de nuestro protector y mentor, el párroco don Ángel, hermano de otros dos sacerdotes, don Fernando y don Jesús, que ocupaban en aquel seminario los cargos de Rector y Vicerrector. Y de Almería a Cuevas, en un autobús que parecía una destartalada diligencia del Oeste, o del Este, con la baca atestada de míseras maletas y el pasillo desbordante de colchones y otros enseres variopintos.

En Almería nos habíamos despedido de don Ángel y de nuestras madres: habíamos iniciado, Nicolás y yo, nuestra propia y singular andadura, si bien teniéndonos, qué suerte, el uno al otro como amigo y testigo del pasado.

¡Qué viaje más largo!

Y llegados por fin a San Tarsicio, a meter maletas y bártulos desde la extenuada guagua, a montar camas y armarios.

Aquella noche, tanto Nicolás como yo, íbamos a estrenar cepillo de dientes y pijama, indumento e instrumento que jamás habíamos vestido, que jamás habíamos usado.

Y todavía, en aquel largo día de mediados de septiembre del  sesenta y tres (tengo entendido que ahora han sacado una serie de televisión sobre la vida escolar de aquellos tiempos), todavía nos quedaba una novedad que experimentar…

Fue después de cenar. Habíamos cenado sopa de mayonesa y algo más. Un servidor, dentro de la penuria con que vivía en su casa, se había permitido el estúpido encabezonamiento de jamás aceptar aquellas sopas blancas, disfrazadas de leche, como cena. Pero, aquella noche, primera en San Tarsicio, callé y tragué.

Y la novedad a la que antes aludía: después de la cena, con la mediación –y no sé si con la intervención o con la intercesión—de don ángel, hablamos con nuestras madres por teléfono. Antes sólo habíamos tenido en las manos un teléfono falso, para una foto individual que nos hicieron en la escuela de don Antonio, alias Serón… Estuvimos hablando por teléfono, tanto mi amigo como yo, con toda naturalidad, como si aquél hubiera sido un utensilio habitual de nuestras vidas.

Lo pronto que aprenden las cosas los niños…

Unas pedraíllas

Iba atravesando un terreno embarrado por alguna acequia de riego que se había desbordado, pero mi experiencia peregrina me permitía seguir avanzando sin clavarme en el barro.

Pronto me encontré ascendiendo por una ladra seca, cubierta de plantas de monte bajo, con amplio cielo azul sobre la loma que yo, caminante feliz, remontaba.

De pronto algún ruido llamó mi atención a la derecha, por donde la loma descendía en talud hacia el llano labriego del que yo me alejaba. Y vi allí abajo a un chico de no más de trece años que me increpaba a gritos, y profería amenazas conminándome a que bajara; y que pasaba de las palabras a las piedras, que me arrojaba sin la más mínima probabilidad de producirme un descalabro, ya que la diferencia de altura hacía que sus proyectiles cayeran ante mí sin peligro para la integridad de mi persona.

En seguida apareció otro chico que secundó al primero en mi apedreamiento, con el mismo resultado incruento de su compañero. Aun así, se sublevó mi sangre, y, con la ventaja que me daba la altura, comencé a apedrear a aquel par de minúsculos cabrones, con idéntico resultado al que ellos habían obtenido; porque mis piedras, aunque llegaban con más fuerza y precisión a las proximidades de sus objetivos, se hacían visibles a mis enemigos desde una distancia suficiente como para que ellos pudieran esquivarlas.

Todo el que en su infancia ha jugado unas “pedraíllas” sabe que la posibilidad de descalabrar a un contrario se basa en que en cada bando haya un mínimo de media docena de atacantes, con lo que se hace bastante más difícil controlar la trayectoria de los proyectiles que te llueven sobre la cabeza.

En fin, fue una lucha sin vencedores ni vencidos que me amargó el empeño del ascenso. Comencé a desandar por la pendiente, frustrado e indemne. Y, al llegar otra vez a la zona irregularmente irrigada, me encontré frente a los chicos; con mis enemigos al alcance de mi furia.

Me abalancé sobre el primero. Y en ese mismo instante me desperté.