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Un pedazo

Este curso doy clase de Lengua en 1º de ESO D, que se aproxima a los treinta alumnos, pero no llega. Alumnos que no sólo me tienen a mí como profe de Lengua: tienen otros tres profes más, sí, a otros tres profes más para la misma asignatura. Excepto los viernes a última hora, o sea, de dos menos cuarto a tres menos cuarto. Esa última hora lectiva de la semana la pasa el grupo entero conmigo. Y no me pregunten por qué: es uno de tantos misterios que encierra, en los institutos públicos de ahora, el dogma de la Atención a la Diversidad.

Y ya el discreto lector cree que va entendiendo el título de esta entrada: yo lo que quiero es quedarme, también en la última hora de los viernes, con un pedazo de 1º D, en lugar de tenerlo entero para mí solito.

Pues no: se equivoca el discreto lector.

Lo que quiero contar es que el viernes de anteayer, cuanto estábamos a punto de llegar todos indemnes al último cuarto de hora, ese cuarto de hora en que “los minutos se hacen eternos” –gracias, compañero Andrés, por permitirme usar tu expresión-, en esos delicados momentos que estábamos atravesando, digo, un alumno barra alumna se tiró un pedazo: un enorme pedo que estalló como un tiro de escopeta.

Y si hasta ese momento el orden en la sala había sido un punto menos que precario, hágase cargo el discreto lector de la tremenda tormenta que pudo desatarse después del trueno.

Pero bueno… Uno tiene ya muchas jornadas de navegación en este inquieto mar Esóano. Y no pierde la calma por una tormentita de nada.

La madre que me parió

Hoy hace siete meses que murió: el uno del pasado diciembre. A los noventa años.

Hace muy pocas noches volví a soñar con ella. Un sueño en la línea de los muchos que he tenido en los diez últimos años: encuentro a mi madre en una extrema decrepitud y abandono. Decrepitud tan grande como es posible solamente en las pesadillas; abandono que en nada se parece a la situación en que pasó su vejez… Mientras se mantuvo en su casa, porque ella se sentía suficiente, contó con la ayuda de familiares y amigas y vecinas. Cuando se puso más torpe y se fue a vivir con mis hermanos, mis cuñadas la cuidaron por lo menos tan bien como lo habrían hecho con sus respectivas madres. El último año lo pasó en una residencia próxima al pueblo –por lo que no sólo la visitábamos los familiares…-, y para el personal de la residencia yo no podría tener sino palabras de agradecimiento.

Una naturaleza fuerte la de mi madre. Con un enorme empuje para aferrarse a la vida, inseparable la suya de la de los suyos. Al final el tiempo la fue venciendo: la debilidad orgánica generalizada, la demencia senil…

-¡Ay, niño! –me decía llorando en alguna de mis visitas-. Que se ha muerto Papa Miguel –era su padre-.

-Sí, mama… Se murió hace cincuenta años.

Su vida es verdad que había sido un reguero de pérdidas, un rosario –sí, Rosarico- de desangramientos. Perdió a su madre cuando tenía seis años. Perdió a sus tres hermanos varones cuando andaban en la flor de la edad: a los dos mayores se los llevó el tsunami de sangre de la guerra; al menor lo enterró una fulminante y atroz enfermedad. Sufrió el enconado enfrentamiento permanente entre su padre y su marido (amaban a las mismas personas, a los mismos animales, se cubrían con el mismo techo; y, cuestión de territorialidad seguramente, se detestaban a conciencia). Vio cómo sus hijos mayores salían de la escuela apenas niños para irse a trabajar como esclavos de los que tenían la tierra y el dinero. Vio envejecer, y enfermar, y morir a su padre, a Papa Miguel, cuando ella no había llegado a los cuarenta, y todavía tenía tanta necesidad de su presencia. Padeció la ausencia del marido, que andaba del trabajo a la taberna. Sufrió el alejamiento de su hijo pequeño, de su Antonio, que era dócil y se dejó fichar por el cura para el seminario; ella, que, como no había tenido madre, no había pisado una escuela. Y vivió una larga viudedad.

Y, en fin, se nos murió. Y mis hermanos y yo perdimos el talismán contra el envejecimiento…

-Mama, ¿cómo estás? –le preguntaba.

-Como la Tía Perala: ca día más mala.

-No exageres, mama. Estás mu bien. Un poquillo vieja, eso sí.

-Tú sí que estás bien. Y mu gordico.

-Es que la Marga es mu güena cocinera. Como tú; pero ella tiene más con qué.

-Eso. Gracias a Dios que tenéis de tó.

Ella nos veía jóvenes y hermosos; mientras atraía para sí y acaparaba todo el desgaste que el tiempo va infligiendo. Ahora no nos queda quien envejezca por nosotros. Nos toca envejecer.

Gwendoline

Dicen que el hombre es una animal de costumbres; y yo debo de ser muy animal, porque soy muy de costumbres. Me encanta seguir mis tradiciones personales, mis costumbres inmemoriales (quiero decir, no que no tengo memoria de su comienzo, sino que las tengo bien grabadas en la memoria); y me encanta también encontrar en mi vida alguna novedad tan seductora que, sin que yo sea dueño de mí, me atrape en una nueva e irrenunciable costumbre.

El último trabajo que tuve antes del que tengo ahora, en el que acabo de cumplir el cuarto sexenio, fue el de empleado en una empresa de viveros de la Vega de Granada. Trabajé en dicha empresa durante cinco años y medio exactamente. Y, quitando el primer medio año, durante los cinco siguientes al completo, incluidos los sábados, estuve yendo a almorzar a un modesto restaurante de la emblemática calle de Pedro Antonio de Alarcón, que me pillaba muy cerca. Era un bar y restaurante acogedor y familiar: de una familia que se ganó mi afecto en cuanto la conocí un poco. Afecto que no ha disminuido en mi memoria aunque hace muchos años que no he visto a ninguno de sus componentes: los padres, la abuela, las dos hijas, el hijo. Al cocinero, que no era de la familia, apenas lo veía. Y a los dos estudiantes de Medicina que tenían contratados para atender las mesas en las horas punta del almuerzo, los veía a diario: dos chavales atentos y discretos; y, a mi modo de ver, afortunados, ya que, en un par de horas de su tiempo, se sacarían, aparte del almuerzo, unas pesetas –no sé cuántas- que les vendrían muy bien para costearse como estudiantes en Granada.

Durante este último año he estado pasando, con cierta frecuencia, por un camino rural cercano a la parcela que se compró esta familia hace treinta o treinta y cinco años; parcela en la que, con esfuerzo y economía, se construyeron una casa. Me hubiera gustado encontrarme algún día a mis antiguos amigos y restauradores, Antonio y Tele: una pacífica pareja de mayores paseando entre los olivos y las vides. No ha sido así, no he tenido esa suerte. Les dejo aquí mi deseo de que estén viviendo una vejez sosegada, risueña y acariciada por las voces y los besos de los nietos.