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Vindicación del elitismo intelectual

Alberto Royo, EL MUNDO, 24-02-21

Permítanme que comience esta tribuna acudiendo a la RAE y aclarando algunos conceptos. Se define elitismo como una “actitud proclive a los gustos y preferencias que se apartan de los del común”. La palabra común puede significar “corriente, “vulgar” e incluso “despreciable”. Se entiende por intelectual lo “perteneciente o relativo al entendimiento”. Y, por entendimiento, la “potencia del alma, en virtud de la cual” se “conciben cosas”, se “comparan, juzgan, e inducen y deducen otras que ya se conocen”. Por fin, vindicar implica la “defensa, especialmente por escrito” de alguien (algo, en este caso) que ha sido o es “injuriado, calumniado o injustamente notado”.

Quisiera también hacer alusión a un acertado tuit de Jorge Bustos, en el cual anhelaba “un partido [político] insultantemente elitista en lo intelectual”, con “un discurso de alta literatura”, que pareciera decir a sus potenciales votantes: “si aspiran a votarme, estudien para merecerlo”. Me siento tan identificado con este deseo que, nada más leerlo, me puse a escribir sobre la cuestión, vinculando de manera inmediata la política y la educación, algo inevitable desde el momento en el que lo político es (o debiera ser) asunto de todos los ciudadanos (los griegos llamaban a estos temas públicos politikoí, en oposición a aquellos intereses particulares o privados de los ciudadanos, llamados estos idiotikós; de ahí que a quienes no se preocupaban de lo concerniente a la pólis, esto es, los asuntos públicos, se les llamara idiotes ciudadanos privados y, siglos más tarde, idiotas). Encontrada, como les decía, esta estrechísima relación entre política y educación, no dejé de darle vueltas a cómo se están desvaneciendo las ansias de saber y de cómo podemos estar contagiando a nuestros alumnos esta misma desidia, esta abulia literal (“falta de voluntad”) que penetra en todos los ámbitos y mitiga, incluso anula, el (imprescindible para el progreso) arrojo por ambicionar la erudición.

Reconocerse elitista suena hoy casi indecoroso. Yo confieso serlo. Y admito sin ambages que lo defenderé siempre que tenga ocasión. No creo que sea malo que existan élites, pues siempre habrá, por mucho que nos empeñemos en lo contrario, minorías que destaquen sobre las mayorías. No encuentro en ello nada perverso, salvo el hecho (doloroso) de que a menudo no llegan a formar parte de esas élites quienes más lo han merecido. Y es esto, y no lo otro, lo que debemos combatir.

Hay dos principios de los que se habla mucho en educación: excelencia equidad. Del primero se habla con la boca pequeña o de manera populista; del segundo, con ofuscación, introduciendo factores y soluciones (véase la Ley Celaá y su obsesión por eliminar obstáculos y el consiguiente abaratamiento de aprobados y títulos) que, en lugar de garantizar que cada cual obtenga lo que se ha ganado en virtud de sus merecimientos, elimina la posibilidad de que alguien pueda descollar. Y esto, queridos lectores, es doblemente injusto: lo es para quien merece más y lo es para quien merece menos y se le hace creer que es mejor de lo que es, renunciando a la exigencia y a la búsqueda de herramientas que les permitan a todos desarrollar al máximo las capacidades de que dispongan e impidiendo, en definitiva, su crecimiento.

Volviendo a la definición de elitismo, considero un error imperdonable que el profesor no ejerza un elitismo ético, buscando abrir a sus alumnos a otros “gustos” y “preferencias” que se aparten “del común”. Porque, por más que convengamos en que la mayoría de los alumnos son corrientes (cualquier colega entenderá que no uso esta palabra en un sentido peyorativo, sino con afán didáctico y para distinguir a estos estudiantes de los brillantes – que no son tantos- y también de aquellos que tienen más dificultades de aprendizaje), nuestro propósito ha de ser siempre refinarlos, apartarlos del común, confiar en sus posibilidades y en su diversidad y heterogeneidad (pero de verdad, no como como postureo pedagogista), en la riqueza de sus diferencias, no adaptándolo todo a ellos sino estimulando su curiosidad, alejándolos de lo ordinario para acercarlos a lo extraordinario. Nuestro fin ha de ser convertir el aprendizaje en una aventura hacia lo desconocido, una excursión en busca de lo más recóndito, una búsqueda de lo inesperado, una incitación a regocijarse con lo que a priori les parece lejano e inaccesible, una huida para escapar de lo grosero y aspirar a lo selecto. ¿Por qué? Porque escuchar trap les cuesta poco esfuerzo, pero también les dejará poca huella, mientras que a gozar de Bach se aprende cultivando la sensibilidad artística, como se aprende a degustar un plato delicioso cultivando el paladar o a deleitarse ante un cuadro hermoso cultivando el gusto estético, y todo ello, después, perdura y engrandece este viaje de perfeccionamiento personal que es aprender. Hablamos de cultura, de alta cultura; no de pedantería, pues la persona culta disfruta sabiendo y el pedante disfruta presumiendo de lo que sabe. Y todos, repito, todos nuestros alumnos, están en disposición de recorrer este camino hacia este elitismo intelectual y cultural.

Habrá quien se escandalice antes mis palabras y objete que la escuela está para proporcionar otras “cosas”. Pero regreso al lenguaje, “andamiaje del pensamiento” (como lo denominaba Lázaro Carreter) para recordar que intelectual quiere decir “relativo al entendimiento”. ¿Puede haber intención más noble y bella que anhelar, para todos, reitero, el entendimiento, esto es, la “potencia del alma” en virtud de la cual se conciben cosas, se comparan, se valoran, se inducen y deducen otras que ya se conoce…? ¿No habría de buscar esto todo profesor? ¿Y lo hace? ¿Es esto lo que los profesores procuramos? ¿Se nos permite? ¿Se nos facilita? ¿Se nos motiva a ello? ¿Se nos reconoce? Ante tales interrogantes, urge rehabilitar muchas ideas, actualmente desprestigiadas y suplantadas por términos vacuos, que no reflejan más que la insustancialidad de quienes los utilizan e imponen, de quienes hacen con ellos negocio. Y uno de ellos es el elitismo, entendido como corresponde y nunca como algunos lo quieren entender, tachando a sus valedores de “clasistas”. Nada hay más clasista que renunciar a la excelencia en la escuela con la excusa de que el pobre requiere “otras cosas”. El pobre, más aún que el rico, merece ver alentada su sed de cultura, ya que lo que el profesor no le dé, difícilmente podrá hallarlo en otra parte.

Bustos recurría con buen ojo a la expresión “insultantemente elitista” cuando pedía un partido político así. Toca pues reclamar un elitismo democrático y justo, empresa ardua en unas circunstancias en las que pretender ser culto ofende, cuando lo que debería molestar es la incultura. Los políticos, que claramente nos consideran a todos menores de edad, dicen “hacer pedagogía” con nosotros, obtusos ciudadanos incapaces de entender sus designios, y prefieren masticar el mensaje hasta convertirlo en papilla ideológica (todo es fast food) que no requiera esfuerzo para su asimilación. Porque no confían en nuestra capacidad. O porque recelan del que posee auténtico espíritu crítico. Como no confían los expertos y aquellos que participan en los órganos decisorios en la capacidad del estudiante, al que hurtan retos y regalan papeles que no valen nada porque no reflejan nada, mientras la máxima autoridad educativa elabora planes de Resiliencia (resiliencia la nuestra, Ministra). Puede que ahí resida la clave del asunto: hacer pasar por clasismo un elitismo ético te permite reservar a los tuyos para que integren esa élite, que no será ética, pero sí será élite, una élite que no dejará entrar a cualquiera en base a su capacidad, su empeño o su honradez sino gracias a sus contactos, su procedencia o su abolengo; una élite, pues, deshonesta y arbitraria. Así, el saber hará libres (por acordarnos de Sócrates) solamente a unos pocos, mientras el resto se tendrá que conformar con una esclavitud apacible, ingenua y autocomplaciente.

Alberto Royo es profesor de Música en el IES Tierra Estella y autor de: Contra la nueva educación (2016), La sociedad gaseosa (2017) y Cuaderno de un profesor (2019), todos ellos publicados por Plataforma Editorial.

Zarifa Ghafari

EL MUNDO, domingo, 3 de enero de 2021

Zarifa Ghafari, alcaldesa afgana: “Tengo miedo, pero he aceptado que es parte de mi labor. Es mi trabajo”

Es una de las pocas mujeres que ejerce como primera edil en este país y, tras amenazas de muerte, sobrevivir a varios atentados fallidos y el reciente asesinato de su propio padre, sigue al pie del cañón

El día en que Zarifa Ghafari tomó posesión del cargo una turba de vecinos salió a recibirla con palos y piedras. Era verano de 2018, y Ghafari se acababa de convertir en una de las pocas alcaldesas en Afganistán, donde casi dos décadas después del derrocamiento de los extremistas talibán no se ha logrado escampar la densa niebla del patriarcado. Han pasado dos años, numerosas amenazas de muerte, varios atentados fallidos y el asesinato de su propio padre y la alcaldesa sigue en pie. Por él.

“No estoy hecha para vivir entre habitaciones, la de la oficina, la habitación de casa… lo odio. Yo soy un espíritu libre”, se reivindica en una videoconferencia con EL MUNDO.es desde su alcaldía de Maidan Shahr, una ciudad de 35.000 habitantes de la provincia conservadora de Wardak, al suroeste de Kabul. La dirigente, de 27 años, alterna esta conversación con breves despachos con sus asesores, a quienes rebate y ordena con firmeza. Su pequeña revolución, pese a las amenazas, está triunfando.

Tras su desalentadora bienvenida a Maidan Shahr, las fuerzas del orden tuvieron que evacuarla. No pudo regresar al consistorio hasta nueve meses después, tres de los cuales, explica, “los dediqué intensamente a negociar con los notables, a pasear por las calles, a pedir consejo y a compartir mis planes con los vecinos”. Sólo cuando el sistema de limpieza, uno de sus proyectos, comenzó a funcionar y, sobre todo, cuando Ghafari plantó clara a los especuladores locales, se ganó hasta a quienes antes la habían demonizado.

Su misión no era fácil, pues su cargo no nace de una votación popular, sino de la designación de un Gobierno denostado por unos talibán con una gran influencia en las zonas rurales. Para ser aspirante tuvo que pasar unas oposiciones. “Llegué hasta aquí por mí misma, convenciéndome de que es mi derecho”, enfatiza. “Fue el Presidente firmar el decreto y yo enfrentarme a las mafias, a algunos ancianos extremistas de la ciudad, a aquellos que no creen en el poder de la mujer”.

“Soy una mujer joven, pero con un gran poder para traer cambios”, prosigue. “Podría haber elegido trabajar en una gran ciudad como Kabul, donde la seguridad es mejor y hay más espacio para las mujeres, pero yo quería un lugar como Maidan Shahr, donde las mujeres todavía somos consideradas el sexo débil, donde no tenemos los derechos apropiados y se nos ignora incluso como seres. Como líder quiero traer esperanza, especialmente a las mujeres. Que tengan poder y puedan creer que pueden”.

Este ejercicio de patriotismo, en Afganistán, se paga con la vida. Zarifa Ghafari lo sabe. A finales de marzo pasado, hombres armados abrieron fuego contra su convoy mientras circulaba por una carretera de provincias. El 3 de octubre pasado volvió a ocurrir. Esta vez, la potencia del vehículo en el que viajaba le salvó la vida. Tres enmascarados dispararon, pero logró zafarse acelerando. Una semana antes ella misma había publicado en las redes sociales una carta con amenazas de grupos armados.

El nombre de Ghafari está en la misma lista que los de decenas de periodistas, políticos y activistas que están siendo asesinados casi a diario. Sólo en los dos últimos meses seis reporteros han muerto en ataques que tenían todas las señales de tenerlos como objetivo. Mahboobullah Mohebi, vicegobernador de Kabul, murió en un atentado el 15 de diciembre pasado. Durante noviembre, al menos 200 civiles y 244 miembros de las fuerzas de seguridad murieron bajo una amenaza todavía anónima.

Los talibán, responsables de la mayoría de la violencia que sacude el país desde que las fuerzas internacionales los sacaron del poder en 2001, rechazan toda acusación de autoría y argumentan que estos crímenes prueban la incapacidad de las autoridades por gestionar el país. Algo que beneficia a los fundamentalistas, quienes además tienen la mesa de negociación con el Gobierno afgano inclinada a su favor desde que Donald Trump activase la marcha atrás para el adiós de sus tropas del país.

COMPROMISO

“Cuando salgo de casa paso miedo. Realmente tengo miedo por lo que podría pasarme, pero he aceptado que es parte de mi labor. Es mi trabajo”, sentencia Zarifa Ghafari. Su inspiración es su padre, Abdul Wase Ghafari, un veterano militar de las Fuerzas Especiales experto en operaciones contra los talibán. El 5 de noviembre pasado, hombres armados lo abordaron cerca de su casa y acabaron con él. “El compromiso de su hija lo mató”, lamenta la alcaldesa. “Él era consciente de esa posibilidad”.

Y sin embargo, matiza, fue él quien, pese a la lluvia de amenazas, le había animado a persistir en sus objetivos. “Uno de mis últimos recuerdos con él fue después de una explosión accidental en la que me quemé una mano”, explica, mostrando sus cicatrices. “Puesto que por fin podía comenzar a moverla, le pedí a mi madre que me dejara el teléfono. Cuál fue mi sorpresa cuando, al entrar en Facebook, vi mi muro repleto de mensajes achacando lo ocurrido a que había montado una fiesta con chicos”.

Al leer eso, Zarifa Ghafari no pudo evitar romper a llorar. “En Afganistán, cuando no pueden controlar a una mujer fácilmente arremeten contra su persona y su familia. A mi cabeza vino la cuestión de por qué debía sacrificar tanto para acabar soportando eso”. Fue su padre, pocos días antes de morir, quien la puso en pie de nuevo. “Vi su mano quitándome el teléfono. ‘¿Puedo tirarlo?’, me preguntó. ‘No necesito tu sueldo. Luchas por ti, para cambiar todo. Eso exige también luchar contra su mentalidad estúpida'”.

Ni de izquierdas ni de derechas

ANDRÉS TRAPIELLO. EL MUNDO. 27-11-20

¿Recuerda cuándo fue la última vez que leyó una rima de Bécquer? El próximo 22 de diciembre hará 150 años que murió, joven, pobre y roto por la desdicha. Para ser el nuestro un país tan aficionado al bombo y al platillo de la memoria histórica y las efemérides, esta parece habérsele pasado por alto.

Y sin embargo con ningún otro poeta ha contraído la lengua española una deuda tan grande como con él. Durante más de 100 años miles de personas de toda condición, hombres o mujeres, viejos y jóvenes, iletrados o cultos tomaron prestados sus poemas, sencillos y emocionantes, para declarar un sentimiento de amor que permanecía confuso y obstruido en su interior. Quiero decir que miles de personas a través de los tiempos recurrieron a él para decirle a la persona amada: «Siento por ti exactamente lo que expresa Bécquer, y con sus mismas palabras».

¿Habrán pasado de moda esas palabras? ¿Será que los jóvenes las encuentran ridículas y que los viejos que una vez se sirvieron de ellas se van muriendo todos, uno detrás de otro?

Acaba de publicarse una nueva biografía suya, Bécquer, de Joan Estruch Tobella (Cátedra). Pese a ser como quien dice un contemporáneo nuestro, apenas se saben cosas de él. Por ejemplo: Diría usted que Bécquer fue ¿de izquierdas o de derechas? ¿Importa eso? Hoy seguramente sí. Hoy más que nunca ponemos los muertos a plazo fijo, que es donde más rentan, y Bécquer renta poco.

Fue no solo amigo personal de González Bravo, sino hombre de su partido. ¿Y quién era ese González Bravo? Entonces el ambicioso por antonomasia, presidente de Gobierno, ministro en varias ocasiones y el último bastión de Isabel II y su corrompida corte de los milagros. Acabó no solo en el exilio como su patrona, sino pasándose al carlismo. Pero siempre tuvo una gran admiración por aquel joven poeta y periodista que vino a Madrid como tantos, a buscarse la vida. No dudó ni siquiera en prevaricar para darle una colocación, o sea un mendrugo del pan del Estado y el soconusco de la Administración, y le nombró «fiscal de novelas». Desde luego, no era un cargo bonito ese de ir por los libros de los colegas a la caza de pasajes perniciosos para la moral y las costumbres. La Gloriosa de 1868 suprimió ese oprobio, Franco lo restableció para tragaderas como las de Camilo José Cela y Sánchez e Iglesias tratan hoy de relanzarlo con el nombre de «fiscal de los hechos o comisión de la verdad», cosa extraña esta, pues los mayores partidarios de la ficción política y nacionalista son ellos dos y sus aliados vascos y catalanes.

Pero no nos apartemos del hilo de este artículo. La biografía de Joan Estruch le deja a uno con el ánimo angosto y taciturno. Piensas: ¿pero es que en España vamos a estar siempre con las mismas corruptelas y latrocinios? ¿Los políticos mentecatos, necios y arrogantes siempre van a ser más numerosos e influyentes que los ilustrados? Cuando Bécquer escribió aquello de «qué solos se quedan los muertos» parecía estar pensando «qué muertos estamos los vivos». Hoy como ayer, mañana como hoy.

Al ir repasando ahora la vida de Bécquer, te preguntas también: ¿cómo pudo ese hombre escribir esos poemas en medio de las marrullerías políticas, de dónde sacó la serenidad y el silencio necesarios para hacerlo? Vivió poco menos que a salto de mata, malcasado, vendiendo al mejor postor su pluma o viviendo de la caridad, y a todo lo venció en unos pocos versos.

La pregunta podemos hacérnosla trayéndola a nuestros días: ¿De dónde sacaremos la serenidad y el silencio necesarios para leer sus rimas? ¿Nos culparán por apartarnos, siquiera unos minutos, de las batallas políticas de ahora, empeñadas por ambiciosos, carlistas y marrulleros, y retirarnos «del salón en el ángulo oscuro»?

Releo hoy la carta tercera de Desde mi celda. Lo hago en uno de los mil ejemplares que sus amigos imprimieron en 1871 para socorrer a su viuda y a sus hijos, estancados en la indigencia. Habla en esa carta, la preferida de Galdós, de las únicas ensoñaciones legítimas (señores del Tribunal Supremo), las de la siempre problemática intimidad: da en pensar cómo será su tumba, el lugar físico y simbólico donde reposen sus huesos y sus rimas. No es más optimista de lo que somos muchos: «Ello es que cada día voy creyendo más, que de lo que vale, de lo que es algo, no ha de quedar ni un átomo aquí». Cuando le tocó decir lo mismo en un poema, lo hizo en uno de los más hermosos que se recuerden: «¿Adónde voy? El más sombrío y triste de los páramos cruza, valle de eternas nieves y de eternas melancólicas brumas. En donde esté una piedra solitaria sin inscripción alguna, donde habite el olvido, allí estará mi tumba».

Juan Ramón Jiménez señaló las cinco cumbres de la lírica española. Una de estas, la rima 52, termina con un verso memorable: «¡Tengo miedo de quedarme con mi dolor a solas!». Ese miedo que sentimos todos, jóvenes y viejos, hombres y mujeres, de izquierdas, de derechas o de ni izquierdas ni de derechas.