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¿Qué es hoy ser de izquierda?

Gabriel Tortella. EL MUNDO, 10-08-21

Es bien sabido que la división de los partidos políticos a lo largo de un espectro, desde los más conservadores (a la derecha) hasta los más revolucionarios (a la izquierda) se remonta a la Asamblea formada en los albores de la Revolución francesa. Era tradición en Francia que en los Estados Generales los grupos de la nobleza y el clero se situaran en un lugar preferente, esto es, a la derecha de la presidencia. Los usos feudales se reprodujeron en las convenciones revolucionarias, y así los grupos más partidarios de acabar con el poder de la monarquía y la nobleza se situaron al otro extremo de la sala. Muchos creen, con Henry Ford, que «la historia es una filfa» (History is bunk), pero la verdad es que las tradiciones y los hábitos mentales sobreviven de una manera asombrosa. Las sociedades avanzadas del siglo XXI se parecen muy poco a las de finales del siglo XVIII; en consecuencia, el contenido de la expresión izquierda y derecha en política es hoy muy diferente del que se daba entonces. Pero la dicotomía derecha-izquierda se sigue empleando corrientemente para designar a conservadores y progresistas, aunque en muchos aspectos los significados se hayan invertido.

La izquierda tradicionalmente tenía unos objetivos que pueden resumirse en el triple lema de la Revolución: Libertad, Igualdad, Fraternidad. Es un trío atractivo e incitante, aunque el sintagma es susceptible de diferentes interpretaciones. Empezando por el final, la fraternidad es el concepto más difuso: antes que de una condición social se trata de un estado de ánimo, parecido al evangélico «ama a tu prójimo» o al artículo de la Constitución de Cádiz exhortando a los españoles a ser «justos y benéficos». Es una consigna excelente, pero poco operativa.

La libertad y la igualdad, aunque también necesiten interpretación, sí se refieren a cualidades o condiciones contrastables de la sociedad: hoy, como ayer, podemos distinguir entre países y sociedades libres y sojuzgadas, y entre sociedades igualitarias y desiguales. En la Francia de 1789 igualdad significaba abolición de los estamentos que estratificaban la sociedad (aristocracia, burguesía, pueblo llano o tercer estado) o de los estatutos particulares de ciertas regiones que dividían a Francia en territorios diversos. El igualitarismo revolucionario era lo que se ha dado en llamar jacobinismo, doctrina sustentaba por el grupo de extrema izquierda que se reunía en un antiguo conventos de frailes jacobinos y cuyo objetivo último era lograr la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley, sin estatutos ni privilegios especiales para nadie. El que los jacobinos estuvieran dispuestos a utilizar el terror para lograr sus fines ha conferido un carácter sombrío a un programa admirable, que hoy se ha convertido en uno de los pilares básicos del Estado de derecho. Más adelante, a la igualdad jurídica se le añadió la económica como reivindicación de la izquierda más radical y revolucionaria, la tendencia extrema que más adelante se dividió en dos ramas, socialismo y anarquismo. La libertad para los revolucionarios franceses era ante todo la disolución de los lazos feudales que ligaban aún a muchos súbditos, sobre todo, campesinos, a los dictados de la corona, la nobleza y la iglesia. A esta libertad se unían la económica y la intelectual y de conciencia. La libertad económica exigía, por supuesto, la eliminación de trabas al comercio y la consideración de la tierra como un factor de producción más, sin ataduras feudales: lo que en el mundo hispánico se llamó desamortización. En realidad, en muchas de estas materias, igualdad y libertad eran dos caras de la misma moneda, aunque varias corrientes dentro de la izquierda recelaran de la libertad económica.

El siglo XIX contempló la lucha y la presión continua para imponer el programa que en 1789 era revolucionario, pero que fue crecientemente aceptado. El sistema político representativo o parlamentario se fue extendiendo en forma censitaria, en que sólo las clases acomodadas tenían derecho al voto. Poco a poco, sin embargo, fue ampliándose el sufragio, hasta hacerse universal, primero limitado al masculino, luego el de ambos sexos. La democracia fue ganando terreno y se generalizó tras la Primera Guerra Mundial. El gran error de la extrema izquierda fue pensar que las reformas profundas sólo se impondrían por la fuerza: que igual que el absolutismo cayó violentamente, el capitalismo estaba condenado a correr la misma suerte. Marx creyó que las reglas del capitalismo eran «leyes de bronce» que condenaban a los trabajadores a la miseria irremediable. No era así, y en la segunda mitad del siglo XIX se produjo una mejora paulatina de los salarios y del poder político de los proletarios.

El siglo XX, junto a guerras mundiales y catástrofes sociales inauditas, contempló un aumento del nivel de vida y del número de habitantes sobre la tierra totalmente sin precedentes. La democracia se fue imponiendo igual que el sistema parlamentario se había impuesto en el XIX. Y con la democracia y el desarrollo vino la socialdemocracia, el llamado Estado de bienestar, capaz de garantizar unos niveles de protección y estabilidad como nunca se habían conocido. La salud de las poblaciones mejoró y con ella su esperanza de vida. Si el francés medio en 1789 no llegaba a vivir 30 años, hoy puede esperar vivir 83. El programa revolucionario se ha llevado a cabo de manera relativamente pacífica dentro de cada país, aunque la primera mitad del siglo XX fuera inusitadamente violenta. Sería muy largo explicar esta terrible paradoja (ver Capitalismo y Revolución).

Hoy los países avanzados han incorporado con gran éxito el programa reformista que a finales del XVIII parecía inalcanzable. En poco más de dos siglos la humanidad ha mejorado más que en los veinte anteriores. Esto, naturalmente, ha afectado radicalmente a las estructuras políticas. La derecha tradicional, opuesta antaño a los «experimentos peligrosos», es hoy socialdemócrata; acepta plenamente el Estado de bienestar y a lo sumo puede proponer algunos retoques. ¿Y qué ocurre con la izquierda, que puede enorgullecerse de haber sido la defensora de las profundas reformas que han conducido al Estado de bienestar? Pues resulta que la izquierda se ha topado con la ingratitud de los votantes, que se fían más de las derechas que de las izquierdas para administrar el confortable sistema de bienestar. Y, en lugar de tratar de mejorar un modelo económico que, con todas sus virtudes, es muy perfectible, la izquierda, decepcionada, ha renegado de sus logros y ha buscado nuevas causas y votantes: minorías de toda laya, identidades territoriales, nostálgicos de la extrema izquierda; en una palabra, se ha situado de nuevo en la oposición y se ha revuelto contra sus propios logros.

En pocos años la izquierda española ha sufrido una mutación realmente asombrosa. Ha echado por tierra el igualitarismo jacobino y se ha aliado con los caciques locales (lo que ahora llama «multinivel»); ha olvidado el culto a la razón, ha dejado de considerarse heredera del pensamiento ilustrado, y da primacía al romanticismo del sentimiento (Cataluña y el País Vasco son naciones porque el grupo hegemónico en esas comunidades «lo siente así»); ha creado un Ministerio de Igualdad para consolidar la desigualdad de los dos sexos (o quizá tres o cuatro, que esto es discutido y discutible) ante la ley; ha resucitado a los grupos privilegiados a la manera del Antiguo Régimen: los políticos, sobre todo si son cabecillas de facciones locales, no deben estar sometidos a las leyes y, si los jueces tratan de aplicarles la norma como al resto de los ciudadanos (o, quizá mejor, súbditos), el Gobierno de izquierdas, progresista por más señas, los indulta, atropellando la legislación y la jurisprudencia, para no «judicializar la política», que es tanto como decir, «para librar a los políticos de la ley común». La izquierda española habla mucho de progreso y progresismo, pero practica con fruición el retroceso, revisitando diariamente la Guerra Civil de hace ochenta y cinco años con añoranza y necrofilia realmente conmovedoras. En cuanto a la libertad, esta izquierda nuestra está preparando la vuelta al índice de los libros prohibidos, que serán todos aquellos que hagan «apología del franquismo», según dictamine una fiscalía creada con fines muy parecidos a los de la Santa Inquisición, cuya misión era evitar que los españoles pensaran, y menos escribieran, cosas prohibidas. Y suma y sigue…

No extraña que Lorenzo Silva declarara en estas páginas (30 de julio de 2021): «…yo soy de izquierdas, así que la derecha no me puede decepcionar. [Es] la izquierda [la que] me ha decepcionado profundamente».

Gabriel Tortella es economista e historiador, y autor, entre otros libros, de Capitalismo y Revolución (Gadir).

Leyre Iglesias entrevista a Antonio Caño

EL MUNDO, 19-07-21

El miércoles a las 11.30 horas Antonio Caño (Martos, Jaén, 1957) recibió una llamada en la cual la responsable de Gestión del Talento de El País le comunicó su despido fulminante. En 2018 Caño llevaba cuatro años como director del diario cuando fue relevado días después de la moción de censura que aupó a Pedro Sánchez a la Moncloa. Ahora, tras 39 años en la empresa (los últimos, como asesor digital y escribiendo una tribuna al mes), el periodista que contó para El País la llegada de los sandinistas o la invasión norteamericana de Panamá afirma que el suyo es un despido ideológico por sus críticas al presidente.

¿Le han dado ya alguna explicación?

Sostienen que se debe a la situación económica de la empresa y a una reorganización interna. Pero me parecen pretextos, porque es evidente que mi despido es ideológico. La empresa ha decidido que mi firma resulta contraproducente para determinados intereses políticos.

¿Qué papel atribuye a Sánchez en esa decisión?

La entrada de Pedro Sánchez en política ha coincidido siempre con mi marginación en El País. A mí me cesan como director siete días después de que Sánchez ganara la moción de censura, y tras un editorial en el que sosteníamos que, aunque la moción era correcta, la mayoría que surgía de ella no daba estabilidad suficiente y el nuevo Gobierno debía convocar inmediatamente elecciones. El domingo siguiente a mi cese, el periódico publicó un editorial, titulado Punto y aparte, en el que sostenía lo contrario. Desde entonces mi vida laboral en El País ha estado llena de obstáculos. En dos ocasiones no se han publicado mis artículos. En otra ocasión la dirección promovió la publicación de cartas de los lectores en contra de mis artículos

¿Qué relación ha tenido usted con Sánchez?

Primero tuvimos una relación profesional lógica y con la intensidad que uno puede imaginar entre el director de un periódico importante y el dirigente del primer partido de la oposición. Apoyamos sus primeros movimientos: le dimos como ganador del primer debate electoral, elogiamos el acuerdo con Ciudadanos… Luego hay una segunda versión de Sánchez tras la repetición electoral. Perdió votos y, arrinconado, optó por vías muy desesperadas. En aquellas circunstancias nosotros ya sí pensábamos que, tras dos fracasos electorales continuados, había que permitir que el primer partido formase gobierno. Ahí la relación empezó a deteriorarse. Él continuó en una huida hacia delante tremenda que llevó al PSOE a un gran estrés culminado en aquella reunión terrible del Comité Federal. E hizo un movimiento máximo: convocar un Congreso Extraordinario en un plazo en el que no daba tiempo a discutir sobre el «No es no». En ese momento consideramos que había superado todos los límites de lo tolerable, que estaba causando un enorme perjuicio a la socialdemocracia, a la izquierda y al PSOE, y que debía irse. Eso no le gustó, y desde entonces me ha acusado de cosas que no son ciertas, de responder a intereses de no sé qué… Trató de desprestigiar a El País, salió en televisión criticando al periódico… Generó todo este clima sobre la «verdadera izquierda» en el que él ganó y a mí me echaron.

¿Y qué es Sánchez? ¿Es la verdadera izquierda?

En absoluto. Sánchez es una adulteración de la izquierda. En España la socialdemocracia ha sido, en mi opinión, la gran fuerza transformadora, siempre con un altísimo sentido de Estado. Con el PSOE se pudo contar en los momentos clave. Sin Alfredo Pérez Rubalcaba, por ejemplo, no habría sido posible la abdicación. Sánchez se ha inventado otra izquierda en su coalición con Podemos, en su confusión con Podemos. Le ha hecho un daño irreparable al PSOE. Y, lo que es más importante, ha hecho un daño que espero que sí sea reparable a España.

¿Por qué?

Porque siempre pone sus intereses personales por delante de los del Estado y los del PSOE. Una vez que fue derrotado por los españoles y por su propio partido, no aceptó ninguna de esas derrotas y, como mal perdedor, dio una patada a la mesa, lo que significaba dar una patada a las instituciones. Y ahí estamos.

¿También le ha dado una patada a la prensa?

Pedro Sánchez tiene más opinión publicada a su favor que ningún otro Gobierno antes. También en radio y televisión. Ningún Gobierno ha tenido un entorno mediático tan favorable como el de Sánchez. Eso coincide con que los medios son más débiles que nunca, con lo cual no solo tiene menos medios críticos, sino que los que tiene son más débiles. Eso nunca había ocurrido.

En ese contexto, ¿es posible ejercer aún el periodismo libre en España?

Sí, pese a Sánchez. Seguimos siendo una democracia plena y la libertad de expresión se sigue ejerciendo, pero cada vez a un precio más alto, porque cada vez es más patente la incomodidad del Gobierno con ciertas opiniones. La selección que hace el presidente para conceder entrevistas es un ejemplo entre muchos. No quiero referirme a mi despido como a otro de esos ejemplos, pero desgraciadamente es así.

A usted le cesaron como director poco después de la moción de censura. Ahora le despiden tras una amplia crisis de Gobierno que incorpora a figuras procedentes del PSOE de Rubalcaba. ¿La remodelación supone un cambio de rumbo o es cosmética?

Por ahora no tengo ninguna esperanza de ver un cambio de rumbo porque no hay un cambio en las alianzas. La personalidad de Sánchez arrasa con todo. El caudillismo que ha impuesto en la dirección del Gobierno y en la del partido no deja espacio al menor atisbo de crítica y hace que cualquier cambio de nombres sea meramente cosmético.

¿A dónde va el PSOE?

Soy muy pesimista. Quiero equivocarme, pero creo que del PSOE no queda nada. Son unas siglas que aún producen una cierta rentabilidad electoral, cada vez menos, cuando antes era un partido vivo, a veces ingobernable. Después de Sánchez el PSOE va a entrar en una larguísima travesía del desierto de la que no sé cuándo saldrá ni cómo. Y es trágico: es un partido insustituible en cierta medida, porque es la izquierda con sentido de Estado. Y eso, a diferencia de la izquierda activista, no se crea de la noche a la mañana.

¿Y el futuro de El País?

Es curioso cómo la historia de El País y la del PSOE han caminado por líneas paralelas casi siempre… El País está ahora en manos de gente que no procede de la historia del periódico, que no conoce su cultura y que en algunos casos ha sido hostil a El País y a PRISA. ¿A dónde van a llevar a El País? No lo sé.

Visto lo visto, ¿se arrepiente del editorial que describía a Sánchez como a un «insensato sin escrúpulos»?

¿Cómo me voy a arrepentir? ¡Si se confirma cada día, por Dios! Ojalá me pudiera arrepentir. Ojalá pudiera llamar a Pedro Sánchez y decirle: «Presidente, siento mucho aquel editorial: era injusto y se ha demostrado falso». Pero la desgracia es que aquel editorial se ha demostrado cierto. Anticipó todo lo que nos ha ocurrido.

Luis Antonio de Villena

Eduardo Álvarez entrevista a Luis Antonio de Villena
EL MUNDO, 03-07-21

Luis Antonio de Villena: «Sánchez ha hecho mucho daño al acentuar continuamente las dos Españas»

Extraordinariamente culto, brillante poeta, prolífico autor de decenas de ensayos y novelas, Villena (Madrid, 1951) es un lúcido pensador con hechuras de humanista renacentista muy preocupado también por la situación sociopolítica en la que hoy estamos instalados y que él analiza con indisimulado pesimismo. Su última novela, La vida feliz de mis jóvenes ricos, acaba de editarse en México y se publica en España en septiembre.

Madrid acoge hoy la manifestación como colofón a los actos por el Día del Orgullo Gay. No sé si le pasa a usted como a Álvaro Pombo, que ha declarado muchas veces que no soporta esta celebración.

Álvaro siempre ha tenido una personalidad de hacer la guerra por su cuenta. La última vez que le vi me dijo que él es cristiano pero no católico porque había llegado a la conclusión de que no se puede ser católico y gay. Yo tampoco lo soy desde los 16 años. Y, efectivamente, desde las doctrinas de la Iglesia católica ser homosexual es un pecado. Es algo que la Iglesia ha gestionado muy mal. No las bases, pero sí la jerarquía eclesiástica. La Iglesia católica ha sido muy inmovilista, y lo sigue siendo. No ha cambiado nada con el Papa Francisco, que habla mucho, pero hacer no ha hecho nada. El movimiento gay sigue teniendo sentido. La gente de mi generación y de antes lo ha pasado muy mal. Te veías enfrentado a la marginación, al silencio, al desprecio, al insulto. Yo en el colegio no era gay propiamente, pero como era muy tímido me tomaron por homosexual. Y durante dos años fui acosado por mis compañeros. Se mostraban brutales. No les he perdonado en la vida, ni podría hacerlo. Lo olvido pero no lo perdono. Ha sido muy duro ser gay o lesbiana. La homofobia ha sido terrorífica. Y por eso me parece que está bien que haya un día en el que se celebre la diversidad y se reivindique amar en libertad como cada cual quiera. Agustín de Hipona dice «ama y haz lo que quieras». En España ha habido muy poca tradición de respeto por la disidencia, lo diferente, en general. Sí es cierto que a mí el colectivo que marca unas determinadas directrices me interesa mucho menos. Yo he sido militante porque he sido un pionero en esta época en escribir y publicar libros que reflejaban lo gay. Pero cuando la militancia se convierte en una especie de cúpula de poder, que suele estar ligada con determinados partidos, que dice lo que es ortodoxo o heterodoxo en el mundo LGTBI, ya no me gusta.

Este año los debates giran en torno a la tramitación de la ley trans, ¿qué opinión le merece?

Eso es algo que debe respetarse, asumirse… Creo que el error de la ministra Irene Montero, que a mí no me gusta nada, es creer que la transexualidad es un estado permanente, definido, cuando se trata de algo, como dice su nombre, transitorio.

Ha mencionado a la ministra de Igualdad. Usted es muy crítico desde hace años con la deriva de cierto feminismo que califica de «loco, que no es sino mala imitación del peor machismo».

Yo he conocido a muchas históricas feministas como Rosa Chacel. La mujer no tiene que estar en contra del hombre, sino dar valor a la feminidad y bastarse por sí misma. Y ahora algunas como Irene Montero hacen un feminismo muy mitinero, muy vocinglero, con mucha soflama, hasta con insultos camuflados… No siguen el camino del gran feminismo de María Zambrano, o de Victoria Kent o Clara Campoamor

En algunos de sus artículos recientes se le ve especialmente indignado con el Gobierno de coalición.

Basta ver lo que ha pasado con la pandemia. El Gobierno ha hecho todo lo posible por que nos sintiéramos amenazados, todo para tenernos más controlados: tienen que estar ustedes en casa, encerrados, encarcelados. Esa ha sido una de las peores cosas del Gobierno de Sánchez. Para mí ha bajado doscientos peldaños, si es que hay tantos para bajar. El uso partidista, político, de la pandemia ha sido horroroso.

El título de su penúltimo libro, ‘Añoranza y necesidad de la Tercera España’ ya es en sí mismo un alegato. Aunque sorprende lo de la añoranza, porque ¿ha existido alguna vez?

Fácticamente, no; nunca ha gobernado. Pero en el deseo y en la mente, mucho. Al final de la Guerra Civil, el propio Azaña dejó atisbar la tercera España: no quería ser comunista, no quería una república soviética. Deseaba una república burguesa, liberal, laica, para todos, un Estado del bienestar que se ocupara de los necesitados, libertad religiosa… Es la España que no quería ser fascista ni comunista. Yo lo vi en muchos exilados: CernudaJuan Ramón Jiménez, Rosa Chacel… Ni la izquierda ni la derecha eran bloques homogéneos, las dos Españas nunca han sido tan claras. Y eso no se subraya lo suficiente.

Lo triste es que, dando el salto al presente, esa tercera España parezca tan necesaria en pleno 2021.

El problema de este Gobierno es que ha incidido mucho en la ruptura. Precisamente la tercera España debería tratar de unir, de acercar las dos Españas. Es malo que existan dos bloques. Sánchez ha seguido una política fatal al acentuar continuamente las dos Españas: o estás conmigo o contra mí. Ha hecho un daño muy grande. Ahí está lo de la memoria histórica que sacó Zapatero -tarde, mal y nunca- y que se ha vuelto a agitar con este Gobierno. Un día en un debate alguien me dijo que es muy fácil hablar de perdón, de pasar página, cuando no se tienen muertos en la cuneta. Y de pronto recordé que al hermano mayor de mi madre lo fusilaron los comunistas en las tapias del convento de los jesuitas de Chamartín en octubre del 37, simplemente porque era sobrino de un millonario. El cadáver no se encontró nunca. Claro que tengo un muerto en la cuneta, como tantos. Nuestra historia fue una tragedia. Pero las generaciones anteriores pasaron página. Todos la habíamos pasado. Había que superarlo. Yo no mencionaba eso nunca. Y me ha hecho volver a él esta memoria histórica que cree que sólo hubo muertos de izquierdas. La derecha cometió atrocidades, y la izquierda cometió atrocidades. Y, entonces, ¿qué se puede hacer? Pasar página y avanzar.

La fuerte polarización política que sufrimos en España parece un mal endémico. En sus memorias, usted reproduce la cita que dejó escrita hace tanto tiempo Juan Gil-Albert: «Aquí, el líder de un partido político no quiere triunfar sobre su opositor, sino verlo morder el polvo».

Gil-Albert reflexionó muchísimo sobre España. Decía que no se pretende vencer al enemigo, sino destruirlo. Aquí seguimos con ese error y ese atraso… España necesita unión, cohesión. Ya dijo Ortega lo de España invertebrada. Y no lo es sólo por los territorios o porque se construyera mal desde el principio dando prioridad a la Iglesia frente al Estado. Cuando llegaban los conquistadores a América primero ponían la cruz y luego la bandera. Hoy España sigue estando invertebrada y algunos se empeñan en que entre ser de izquierdas o de derechas, ser monárquico o republicano, haya un abismo, cuando todo debe estar muy comunicado. La tercera España hoy es muy necesaria para acercar posturas, no quiere ser radical de ningún bando, aspira a un espacio central, tolerante con todos. Ese fue el intento de la Transición: acabar con las dos Españas. Aunque hoy estamos comprobando con tristeza que en la práctica, a la larga, la Transición ha sido mala. Quizá porque Suárez fuera un hombre de buenas intenciones, pero no tan buen político como se supone, que hizo excesivas concesiones. Por ejemplo, al nacionalismo. Ahí está el caso de Jordi Pujol, padre del neonacionalismo catalán; antes de que se destaparan todos sus escándalos de corrupción ya se demostró como un personaje siniestro con ese doble lenguaje tan perverso: moderado ante España y radical en Cataluña, germen de tantas cosas.

Y aquí seguimos con la conllevancia del problema catalán…

Sánchez tiene aun más delito que Suárez porque ya debía haberse dado cuenta de que la concesión al nacionalismo no arregla el problema, sino que lo exacerba. Si les das todo lo que te piden, al final lo que te piden es el independentismo. Tú tienes que pactar, hacer concesiones, pero a cambio de que ellos frenen, pero si ellos no frenan nunca, tus concesiones son inútiles. Todo nacionalismo es un mal: el español, el catalán, el escocés, el británico o el estadounidense. Es bueno tener una patria y es malo ser patriota. La tercera España es una forma de intentar que todos quepamos, desde un centro amplio, laico, liberal. Ese problema que tanto mueve aquí, monarquía o república, es una necedad. Y no se puede identificar la izquierda o la derecha con una u otra opción. Holanda, que es una monarquía, es uno de los países más avanzados y libres del mundo. El problema no es monarquía o república, sino cómo se constituye ese Estado…

¿Qué opina de la Corona española?

Juan Carlos no me parece ni tan bueno ni tan malo como se le quiere poner ahora. Actuó con grandes aciertos como rey, pero se cayó del ideario del pueblo cuando mezcló faldas y dinero. Felipe VI lo está haciendo muy bien y se mantiene absolutamente en el respeto a la Constitución. Hay quien dice: ¿por qué no llama la atención a Sánchez, por qué no llama al rey de Marruecos? Porque no le corresponde entrar en temas de gobierno, le gusten más unos asuntos u otros. El rey reina pero no gobierna. Y él respeta escrupulosamente la Constitución. Pero hoy la Monarquía no es ningún problema en España.

Ha mencionado Marruecos, uno de los problemas más serios a los que vamos a tener que hacer frente…

Marruecos es un país horrible, no es un amigo de España, sino un sanguinario enemigo de España. Es un país al que hay que tener muy atado, y desde luego impedir que su embajadora regrese aquí, debe ser recusada. Se comportó como una ignorante en diplomacia, como una mujer brutal, como una enemiga de España. Marruecos siempre ha buscado traicionarnos porque el contencioso con nuestro país no es el Sáhara occidental, sino Ceuta y Melilla. A Marruecos hay que ponerle todas las dificultades del mundo, y entonces veríamos si se frena. Porque tiene muchos problemas internos.

Volviendo a la polarización, ¿le ha decepcionado lo que está ocurriendo con Ciudadanos, que de algún modo representa esa tercera España?

Yo me sentí muy cercano a Ciudadanos cuando surgió. En Cataluña, se demostró como un partido muy valiente, que se enfrentó al nacionalismo de una manera abierta, muy clara y muy inteligente. Inés Arrimadas, por ejemplo, fue una parlamentaria estupenda en Cataluña, cosa que no puedo decir como presidenta nacional de la formación. Yo sigo creyendo mucho en las ideas de Cs. Pero le han fallado sus líderes. Primero, Albert Rivera. En el mejor momento del partido, se enamora y pasa tres meses desaparecido. Eso no se puede hacer. Me da igual que fuera por amor o por la santa caridad. Y Arrimadas, con las torticeras mociones de censura con el PSOE, se ha caído para siempre. Con ella el partido no se va a recuperar.

Usted ha escrito: «Vox es terrible pero sólo la otra cara de los podemitas necios».

Un defecto de Vox es que asume demasiadas cosas de la derecha tradicional española, por ejemplo el catolicismo. Hacerse adalid de los valores católicos como parte del Estado, como si estuviéramos en el Concilio de Trento, es un gran error de Vox. Pero hasta ahora se ha mostrado bastante más moderado que Podemos. El partido de Iglesias ha estado todo el tiempo dando gritos de guerra.

En el tercer tomo de sus memorias, ‘Las caídas de Alejandría’, publicadas en 2019, se mostraba pesimista al hablar de que estamos viviendo «un final de época»…

Un mundo en guerra, con guerras cuyo origen podemos situar en el 11-S y en las posteriores intervenciones como venganza de EEUU, que al final se ha tenido que ir de aquellos países, Irak o Afganistán, dejándolos peor que los encontró; una brutal crisis económica de la que no nos hemos repuesto todavía; la pandemia como guinda… Asistimos, sí, al final de una época en el que confluyen además todos los cambios de vida que ha supuesto internet. La gente puede decir lo que quiera aunque no tenga ni idea de nada porque internet se lo permite. Se suele decir todas las opiniones valen; pues no, todas las opiniones no valen. Mi opinión sobre física atómica no tiene ninguna validez. Internet hoy refleja la enorme mediocridad del mundo, un mundo gobernado y gestionado por la mediocridad más espantosa. Ahí tenemos al ministro de Universidades, Manuel Castells, diciendo esa barbaridad de que «condenar a un alumno por un suspenso es elitista», como si fuera degradarlo. Es de necio, de un tonto profundo. Suspenderle es decirle que no sabe y que debe aprender, que para eso está en la universidad, no tiene nada que ver con elitismo aristocrático ni con clases sociales, sino con la excelencia intelectual, que sí hay que exigirla. Y como no se exige, así nos va. Hoy a un tesinando hay que explicarle cosas que yo sabía al terminar el bachillerato. Eso es terrible. La incultura, que es carencia de datos, pero también de pensamiento, de modo de pensar, que se aprende leyendo… es dramática. Una persona que no tiene educación intelectual no sabe pensar y se acaba creyendo cualquier tontería que dice la televisión.

En el mismo tomo de memorias concluía que hoy la zafiedad lo gobierna todo.

Sí, lo matizaría diciendo la mediocridad de personas con niveles de cultura muy bajos. El todo vale es una de las cosas peores que nos están llevando a una democracia degradada, plebeyizada. La democracia se está transformando en oclocracia, el gobierno de la chusma, de gente que no sabe, de gente no ilustrada. Cuando manda un pueblo no preparado te puedes esperar cualquier cosa, ahí está el populismo. La gran mayoría vive en un pantano mediocre. Y ello lo favorece la política. Vivimos en la edad media cibernética. Somos modernísimos, pero no sabemos ni entendemos nada de ese mundo, aunque lo usemos. La cultura cada vez se respeta menos. Hoy en España, por ejemplo, es imposible vivir de la cultura. En la etapa de Felipe González, un gigante si lo comparas con Pedro Sánchez, se empleó mucho dinero de los fondos que llegaban de Europa en la cultura. Se editaron, por ejemplo, multitud de libros de literatura hispanoamericana para que se viera el legado español en América, que fundamentalmente es el idioma, y que circularan con facilidad los libros entre España y América. Es tan importante cuidar las relaciones con Latinoamérica, y se están desatendiendo tanto…