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Zarifa Ghafari

EL MUNDO, domingo, 3 de enero de 2021

Zarifa Ghafari, alcaldesa afgana: “Tengo miedo, pero he aceptado que es parte de mi labor. Es mi trabajo”

Es una de las pocas mujeres que ejerce como primera edil en este país y, tras amenazas de muerte, sobrevivir a varios atentados fallidos y el reciente asesinato de su propio padre, sigue al pie del cañón

El día en que Zarifa Ghafari tomó posesión del cargo una turba de vecinos salió a recibirla con palos y piedras. Era verano de 2018, y Ghafari se acababa de convertir en una de las pocas alcaldesas en Afganistán, donde casi dos décadas después del derrocamiento de los extremistas talibán no se ha logrado escampar la densa niebla del patriarcado. Han pasado dos años, numerosas amenazas de muerte, varios atentados fallidos y el asesinato de su propio padre y la alcaldesa sigue en pie. Por él.

“No estoy hecha para vivir entre habitaciones, la de la oficina, la habitación de casa… lo odio. Yo soy un espíritu libre”, se reivindica en una videoconferencia con EL MUNDO.es desde su alcaldía de Maidan Shahr, una ciudad de 35.000 habitantes de la provincia conservadora de Wardak, al suroeste de Kabul. La dirigente, de 27 años, alterna esta conversación con breves despachos con sus asesores, a quienes rebate y ordena con firmeza. Su pequeña revolución, pese a las amenazas, está triunfando.

Tras su desalentadora bienvenida a Maidan Shahr, las fuerzas del orden tuvieron que evacuarla. No pudo regresar al consistorio hasta nueve meses después, tres de los cuales, explica, “los dediqué intensamente a negociar con los notables, a pasear por las calles, a pedir consejo y a compartir mis planes con los vecinos”. Sólo cuando el sistema de limpieza, uno de sus proyectos, comenzó a funcionar y, sobre todo, cuando Ghafari plantó clara a los especuladores locales, se ganó hasta a quienes antes la habían demonizado.

Su misión no era fácil, pues su cargo no nace de una votación popular, sino de la designación de un Gobierno denostado por unos talibán con una gran influencia en las zonas rurales. Para ser aspirante tuvo que pasar unas oposiciones. “Llegué hasta aquí por mí misma, convenciéndome de que es mi derecho”, enfatiza. “Fue el Presidente firmar el decreto y yo enfrentarme a las mafias, a algunos ancianos extremistas de la ciudad, a aquellos que no creen en el poder de la mujer”.

“Soy una mujer joven, pero con un gran poder para traer cambios”, prosigue. “Podría haber elegido trabajar en una gran ciudad como Kabul, donde la seguridad es mejor y hay más espacio para las mujeres, pero yo quería un lugar como Maidan Shahr, donde las mujeres todavía somos consideradas el sexo débil, donde no tenemos los derechos apropiados y se nos ignora incluso como seres. Como líder quiero traer esperanza, especialmente a las mujeres. Que tengan poder y puedan creer que pueden”.

Este ejercicio de patriotismo, en Afganistán, se paga con la vida. Zarifa Ghafari lo sabe. A finales de marzo pasado, hombres armados abrieron fuego contra su convoy mientras circulaba por una carretera de provincias. El 3 de octubre pasado volvió a ocurrir. Esta vez, la potencia del vehículo en el que viajaba le salvó la vida. Tres enmascarados dispararon, pero logró zafarse acelerando. Una semana antes ella misma había publicado en las redes sociales una carta con amenazas de grupos armados.

El nombre de Ghafari está en la misma lista que los de decenas de periodistas, políticos y activistas que están siendo asesinados casi a diario. Sólo en los dos últimos meses seis reporteros han muerto en ataques que tenían todas las señales de tenerlos como objetivo. Mahboobullah Mohebi, vicegobernador de Kabul, murió en un atentado el 15 de diciembre pasado. Durante noviembre, al menos 200 civiles y 244 miembros de las fuerzas de seguridad murieron bajo una amenaza todavía anónima.

Los talibán, responsables de la mayoría de la violencia que sacude el país desde que las fuerzas internacionales los sacaron del poder en 2001, rechazan toda acusación de autoría y argumentan que estos crímenes prueban la incapacidad de las autoridades por gestionar el país. Algo que beneficia a los fundamentalistas, quienes además tienen la mesa de negociación con el Gobierno afgano inclinada a su favor desde que Donald Trump activase la marcha atrás para el adiós de sus tropas del país.

COMPROMISO

“Cuando salgo de casa paso miedo. Realmente tengo miedo por lo que podría pasarme, pero he aceptado que es parte de mi labor. Es mi trabajo”, sentencia Zarifa Ghafari. Su inspiración es su padre, Abdul Wase Ghafari, un veterano militar de las Fuerzas Especiales experto en operaciones contra los talibán. El 5 de noviembre pasado, hombres armados lo abordaron cerca de su casa y acabaron con él. “El compromiso de su hija lo mató”, lamenta la alcaldesa. “Él era consciente de esa posibilidad”.

Y sin embargo, matiza, fue él quien, pese a la lluvia de amenazas, le había animado a persistir en sus objetivos. “Uno de mis últimos recuerdos con él fue después de una explosión accidental en la que me quemé una mano”, explica, mostrando sus cicatrices. “Puesto que por fin podía comenzar a moverla, le pedí a mi madre que me dejara el teléfono. Cuál fue mi sorpresa cuando, al entrar en Facebook, vi mi muro repleto de mensajes achacando lo ocurrido a que había montado una fiesta con chicos”.

Al leer eso, Zarifa Ghafari no pudo evitar romper a llorar. “En Afganistán, cuando no pueden controlar a una mujer fácilmente arremeten contra su persona y su familia. A mi cabeza vino la cuestión de por qué debía sacrificar tanto para acabar soportando eso”. Fue su padre, pocos días antes de morir, quien la puso en pie de nuevo. “Vi su mano quitándome el teléfono. ‘¿Puedo tirarlo?’, me preguntó. ‘No necesito tu sueldo. Luchas por ti, para cambiar todo. Eso exige también luchar contra su mentalidad estúpida'”.

Ni de izquierdas ni de derechas

ANDRÉS TRAPIELLO. EL MUNDO. 27-11-20

¿Recuerda cuándo fue la última vez que leyó una rima de Bécquer? El próximo 22 de diciembre hará 150 años que murió, joven, pobre y roto por la desdicha. Para ser el nuestro un país tan aficionado al bombo y al platillo de la memoria histórica y las efemérides, esta parece habérsele pasado por alto.

Y sin embargo con ningún otro poeta ha contraído la lengua española una deuda tan grande como con él. Durante más de 100 años miles de personas de toda condición, hombres o mujeres, viejos y jóvenes, iletrados o cultos tomaron prestados sus poemas, sencillos y emocionantes, para declarar un sentimiento de amor que permanecía confuso y obstruido en su interior. Quiero decir que miles de personas a través de los tiempos recurrieron a él para decirle a la persona amada: «Siento por ti exactamente lo que expresa Bécquer, y con sus mismas palabras».

¿Habrán pasado de moda esas palabras? ¿Será que los jóvenes las encuentran ridículas y que los viejos que una vez se sirvieron de ellas se van muriendo todos, uno detrás de otro?

Acaba de publicarse una nueva biografía suya, Bécquer, de Joan Estruch Tobella (Cátedra). Pese a ser como quien dice un contemporáneo nuestro, apenas se saben cosas de él. Por ejemplo: Diría usted que Bécquer fue ¿de izquierdas o de derechas? ¿Importa eso? Hoy seguramente sí. Hoy más que nunca ponemos los muertos a plazo fijo, que es donde más rentan, y Bécquer renta poco.

Fue no solo amigo personal de González Bravo, sino hombre de su partido. ¿Y quién era ese González Bravo? Entonces el ambicioso por antonomasia, presidente de Gobierno, ministro en varias ocasiones y el último bastión de Isabel II y su corrompida corte de los milagros. Acabó no solo en el exilio como su patrona, sino pasándose al carlismo. Pero siempre tuvo una gran admiración por aquel joven poeta y periodista que vino a Madrid como tantos, a buscarse la vida. No dudó ni siquiera en prevaricar para darle una colocación, o sea un mendrugo del pan del Estado y el soconusco de la Administración, y le nombró «fiscal de novelas». Desde luego, no era un cargo bonito ese de ir por los libros de los colegas a la caza de pasajes perniciosos para la moral y las costumbres. La Gloriosa de 1868 suprimió ese oprobio, Franco lo restableció para tragaderas como las de Camilo José Cela y Sánchez e Iglesias tratan hoy de relanzarlo con el nombre de «fiscal de los hechos o comisión de la verdad», cosa extraña esta, pues los mayores partidarios de la ficción política y nacionalista son ellos dos y sus aliados vascos y catalanes.

Pero no nos apartemos del hilo de este artículo. La biografía de Joan Estruch le deja a uno con el ánimo angosto y taciturno. Piensas: ¿pero es que en España vamos a estar siempre con las mismas corruptelas y latrocinios? ¿Los políticos mentecatos, necios y arrogantes siempre van a ser más numerosos e influyentes que los ilustrados? Cuando Bécquer escribió aquello de «qué solos se quedan los muertos» parecía estar pensando «qué muertos estamos los vivos». Hoy como ayer, mañana como hoy.

Al ir repasando ahora la vida de Bécquer, te preguntas también: ¿cómo pudo ese hombre escribir esos poemas en medio de las marrullerías políticas, de dónde sacó la serenidad y el silencio necesarios para hacerlo? Vivió poco menos que a salto de mata, malcasado, vendiendo al mejor postor su pluma o viviendo de la caridad, y a todo lo venció en unos pocos versos.

La pregunta podemos hacérnosla trayéndola a nuestros días: ¿De dónde sacaremos la serenidad y el silencio necesarios para leer sus rimas? ¿Nos culparán por apartarnos, siquiera unos minutos, de las batallas políticas de ahora, empeñadas por ambiciosos, carlistas y marrulleros, y retirarnos «del salón en el ángulo oscuro»?

Releo hoy la carta tercera de Desde mi celda. Lo hago en uno de los mil ejemplares que sus amigos imprimieron en 1871 para socorrer a su viuda y a sus hijos, estancados en la indigencia. Habla en esa carta, la preferida de Galdós, de las únicas ensoñaciones legítimas (señores del Tribunal Supremo), las de la siempre problemática intimidad: da en pensar cómo será su tumba, el lugar físico y simbólico donde reposen sus huesos y sus rimas. No es más optimista de lo que somos muchos: «Ello es que cada día voy creyendo más, que de lo que vale, de lo que es algo, no ha de quedar ni un átomo aquí». Cuando le tocó decir lo mismo en un poema, lo hizo en uno de los más hermosos que se recuerden: «¿Adónde voy? El más sombrío y triste de los páramos cruza, valle de eternas nieves y de eternas melancólicas brumas. En donde esté una piedra solitaria sin inscripción alguna, donde habite el olvido, allí estará mi tumba».

Juan Ramón Jiménez señaló las cinco cumbres de la lírica española. Una de estas, la rima 52, termina con un verso memorable: «¡Tengo miedo de quedarme con mi dolor a solas!». Ese miedo que sentimos todos, jóvenes y viejos, hombres y mujeres, de izquierdas, de derechas o de ni izquierdas ni de derechas.

Contra la Ley Celaá

Exdirectores del Instituto Cervantes contra la Ley Celaá: “Es una canallada, un genocidio lingüístico”

MANUEL LLORENTE

Madrid

EL MUNDO. Jueves, 19 noviembre 2020

César Antonio Molina, Fernando R. Lafuente, Juan Manuel Bonet, Jon Juaristi y Santiago de Mora-Figueroa rechazan la norma según la cual el castellano dejará de ser lengua vehicular de la enseñanza

“La lengua es una de las vigas maestras de un país. Si se la ataca o deteriora, el edificio mismo del Estado sufre una gravísima contusión», dice César Antonio Molina. «Nuestra lengua común, el español, la llevamos hablando al menos desde hace 500 años y ya es un patrimonio de todos. Además es la segunda lengua más hablada del mundo con cerca de 700 millones de personas que la tienen como materna. Es y debe ser vehicular porque con ella nos entendemos todos y, por supuesto, respetando la cooficialidad y todo lo que ello implica del resto de nuestras otras lenguas igual de españolas».

Molina, director del Instituto Cervantes entre mayo de 2004 y julio de 2007 con el Gobierno de Rodríguez Zapatero, se pregunta: «¿Cómo es posible que desde un Gobierno socialista se quiera imponer esta norma para darle gusto al independentismo etarra y golpista de Esquerra? De nuevo Podemos perjura contra aquello que prometió al hacerse cargo de sus puestos en el Gobierno. Esta es una de las más graves agresiones contra la Constitución».

Para el que fue también ministro de Cultura con el PSOE, además de dirigir el Círculo de Bellas Artes de Madrid y La Casa del Lector, «la RAE y el resto de las Academias deben mostrar su rechazo. Con qué cara se presentarían si no ante el resto de sus Academias hermanas de Hispanoamérica-Norteamérica-Filipinas y África». Y agrega: «E igualmente debe hacer el Instituto Cervantes, que es quien representa en el mundo a esos millones de hablantes. ¿Se puede estar extendiendo el español en el mundo mientras en su propia cuna se le trata de ahogar? ¿Será ya entonces necesario el propio Instituto o se le entregará como ofrenda a los mismos e infamantes peticionarios?». Y lanza un reto a Luis García Montero: «La dirección del Cervantes debe aclarar su postura. La personal ya la conocemos, pero ahora le pedimos la institucional. Quienes hemos dirigido esta institución a la que seguimos amando y a la que pusimos también al servicio de las lenguas cooficiales, estamos en el derecho de saberlo».

Fernando R. Lafuente, que fue el tercer director del Cervantes, afirma: «A veces, la Historia avanza hacia atrás, pero en Cultura hay una premisa insoslayable, sumar y no restar. Una lengua, cualquier lengua, es una riqueza en sí misma. El español es hoy la segunda lengua internacional. Un patrimonio cultural extraordinario que para sí quisieran muchas naciones europeas. Resulta sorprendente que se quiera dificultar a parte de la población española el acceso a un bien internacional de tal dimensión social, cultural y económica. El español es el petróleo de la sociedad española e iberoamericana. ¿Alguien entendería que a un alumno de Edimburgo se le orillara la enseñanza en inglés?».

El director del máster de Cultura Contemporánea del Instituto Universitario de Investigación Ortega y Gasset agrega: «La proyección mundial del español es uno de los hechos más determinantes de las últimas décadas. Esto es algo que, junto con las repúblicas americanas, desde España debería cuidarse de manera determinante y ejemplar. El resto es silencio. Sí, hay momentos que la Historia, como en estos días, avanza hacia atrás».

Juan Manuel Bonet, que ha sido el responsable del Cervantes en 2017 y 2018, escribe a ELMUNDO: «La lengua española es tan propia para catalanes, gallegos o vascos, como las lenguas catalana, gallega y vasca. Los catalanes sensatos saben que Pla, Eugenio d’Ors o Perucho escribieron indistintamente en español y catalán. Los gallegos sensatos saben lo mismo de Cunqueiro, Dieste o Pimentel. Y los vascos sensatos, lo mismo de Gabriel Aresti, aunque en su caso el español lo utilizó en ensayos, y no en su poesía. Por lo demás, en todas estas comunidades autónomas hay escritores que sólo han escrito en una lengua: por citar a algunos de los que no utilizaron esa lengua que ahora inequívocamente se pretende llamar propia, y escribieron sólo en ese español que ahora se quiere invisibilizar, por emplear la palabra que emplea Olga R. Sanmartín en EL MUNDO, es el caso de catalanes como los hermanos Goytisolo, Marsé o Vázquez Montalbán; de gallegos como Julio Camba, Valle-Inclán o Torrente Ballester, y de vascos como Baroja, Unamuno o Blas de Otero».

Jon Juaristi, director del Cervantes entre marzo de 2001 y mayo de 2004, cree la pretensión que nos ocupa es «una canallada». «Supone en la práctica negar la posibilidad de la lengua española a todos los hijos e hijas de los catalanes, que son la totalidad», dice a este periódico en conversación telefónica.

«El español es la lengua oficial del Estado», agrega este catedrático y ex director de la Biblioteca Nacional. Lo que se pretende realizar con la llamada Ley Celaá «es un genocidio lingüístico, destruir la lengua de los españoles, sustituirla por una que no tiene proyección internacional». Y agrega: «Lo que me interesa destacar es que esto responde a la estupidez de un Gobierno cortoplacista, quieren el poder con lo que sea».

Y se refiere, ahora, a la ministra Isabel Celaá: «El Partido Socialista de Euskadi es un partido nacionalista, es la izquierda del PNV, donde entró la gente de Euskadiko Ezkerra, luego de ETA, y en el caso de Celaá influye un complejo de señorita que no consigue ser nacionalista en el País Vasco. Hace con el catalán lo que no se atreve a hacer en el País Vasco porque con el vascuence no se puede ir a ninguna parte. En el País Vasco los nacionalistas saben que prohibir el español es hundir al País Vasco».

Santiago de Mora-Figueroa, marqués de Tamarón, director del Cervantes entre mayo de 1996 y abril de 1999, es claro: «Esa ley contiene expresiones que serían anticonstitucionales, está muy claro en el artículo segundo de la Constitución. Por lo menos es un error. Si se lleva al Constitucional puede tardar entre dos y 200 años, y ya se sabe: ‘Justicia dilatada, justicia denegada’. Es una locura, es intentar conseguir fines y objetivos más bien mediocres pero útiles para la política del día al día, dañando muy gravemente unos activos como la lengua española. He sido también embajador de España en Londres y diplomático en otros países y estoy muy orgulloso de haber defendido la lengua. Es nuestro activo principal».