• Páginas

  • Archivos

  • abril 2019
    L M X J V S D
    « Mar    
    1234567
    891011121314
    15161718192021
    22232425262728
    2930  
  • Anuncios

Formas

Ayer, ya al final de mi caminata urbana, una señora, cargada con varias bolsas, me sonrió y me dio las gracias cuando le cedí el paso en un estrechamiento de la acera.

¿Qué por qué lo cuento? Porque ya esas formas de obligada cortesía se han vuelto insólitas. Y agrada comprobar que no han desaparecido del todo.

Hace unos minutos, mientras desayunaba solo en la cocina, oía en el programa de Carlos Alsina cómo éste, refiriéndose a Pablo Iglesias, decía que “es mentira” lo que el podemita dice cuando se excusa para no acudir a ser entrevistado en Más de uno.

Yo no dudo de la verdad del contenido de lo que afirma Alsina, lo que me suena raro es la expresión literal: “es mentira”.

Pero, claro, habiendo sido una fórmula tan repetida por el Presidente (en funciones) Pedro Sánchez, en el doble debate electoral, se diría que ha dado licencia a toda la ciudadanía de la nación española para que use lo que hasta hace poco se consideraba una bofetada verbal.

–Se dice “no es verdad”, nunca “es mentira”, nos decían, a mí y a mis compañeros, los curas y demás profesores cuando empezaron a asumir la tarea de hacer de nosotros personas educadas, en lugar de paletos silvestres.

Y ahora recuerdo, cómo no, la primera aventura de don Quijote, después de ser armado caballero en la venta. Cuando Juan Haldudo, el que estaba azotando a Andresillo en un bosque, pronuncia la palabra “miente”, referida a Andrés, don Quijote responde:

–¿”Miente” delante de mí, ruin villano? Por el sol que nos alumbra que estoy por pasaros de parte a parte con esta lanza.

La fina sensibilidad caballeresca de don Quijote no tolera tal voz en sus oídos.

Pero ya se ve que los oídos del actual paisanaje no son tan sensibles, sino más bien (o mal) lo contrario, y hay que acudir a expresiones cuanto más gruesas mejor, para que el interlocutor se entere de lo que estamos diciendo.

Malos tiempos para la cortesía, estúpidos.

Anuncios

Colutorio

Hoy me tocaba escribir acerca de unas minúsculas hormigas que, desde hace algunos días, aparecen en el lavabo, en el trozo de pared de azulejos que llega del lavabo a la repisa, y en la repisa misma.

No se las ve moverse, de tan chicas que son; pero no hay duda de que lo que las atrae son los mínimos restos de colutorio que quedan en el vasito o tapón que usan algunos habitantes de esta casa –yo no–.

No puedo creer que esos restos las alimenten, por pequeñas que ellas sean. Quizá los inhalen o esnifen, quizá los utilicen para perfumarse. Quién sabe.

Y de pronto me ha surgido otro tema. He sentido el impulso de abrir al azar el penúltimo libro de Miguel d’Ors (Átomos y galaxias, 2013) y leer un poema.

Me ha salido “Lactancia”, un poema que no recordaba en absoluto (no voy a decir nada sobre la maestría –en todos los órdenes– de d’Ors). El tema del poema es el de un niño que mira, atraído y fascinado, a un bebé –probablemente su hermanito– mientras su madre le da el pecho.

Quizá las hormigas de nuestro lavabo sienten una fascinación parecida ante las pizcas de colutorio, enormes para ellas.

En fin, luego llegamos nosotros y, sin miramiento alguno, con bayeta o papel, borramos de nuestro cuarto de baño a las intrusas.

Democracia

Continuamente, en los últimos tiempos, estamos leyendo en la prensa, en sus páginas de opinión, que la democracia está amenazada, en todas partes, por populistas, nacionalistas y salvapatrias de toda laya y peligro.

No con tanta frecuencia, pero casi,  leemos que los profesores universitarios constatan que a los mejores alumnos no les atrae la dedicación a la política, que ven como algo corrompido y corrompiente, lo contrario de lo que tendría que ser.

En la tele vemos el Parlamento convertido en lodazal de descalificaciones y de insultos. Diríase que, si en el sistema judicial la presunción de inocencia es primordial, en política la presunción de culpa de los oponentes también lo es; con lo cual, más que oponentes son enemigos, ellos son los malos y nosotros los buenos, ellos quieren hundir al país y nosotros salvarlo. Guerracivilismo puro y duro.

Pero nada de eso es lo que queremos los ciudadanos. Queremos un país con un sistema educativo excelente, mucho mejor que el que ahora tenemos. Queremos un desarrollo económico con empresas altamente cualificadas y competitivas, y con empleo y futuro para todos. Queremos un sistema sanitario público sin listas de espera, unas pensiones aseguradas, una verdadera atención a la dependencia.

Los líderes políticos deberían estar obligados a dirigirse periódicamente, trimestralmente por ejemplo, a toda la ciudadanía, exponer sus programas y su visión del mundo, y exponerse a las preguntas que sus oyentes les hagan. Muchas menos chorradas en la tele pública, y más servicio de calidad.

Los que tenemos muchos años hemos visto cómo ha ido mejorando España, especialmente desde que tenemos democracia y la Constitución del 78 (aunque hay que reconocer que en la última década del franquismo también hubo importantes mejoras).

Ahora tememos que el país que les dejamos a nuestros hijos no está a la altura de los tiempos. Les dejamos un medio ambiente averiado por la contaminación y el cambio climático, unas empresas que laminan los derechos fundamentales de los empleados, unos autónomos asfixiados por los impuestos, paro y economía sumergida, un sistema educativo a la deriva desde la educación primaria hasta la universitaria, y unos hogares donde los ancianos saborean la amarga y deprimente papilla de la soledad.

Tenemos que volver a la senda sana, al desarrollo sostenible, al debate político respetuoso con el oponente, a un sistema educativo eficiente y convincente, a unos comportamientos sociales en los que la educación básica (Normas de urbanidad se titulaba un librito de lectura obligatoria en el centro en el que yo comencé a ser estudiante), el civismo y los buenos modales sean tan sagrados como los dogmas y los ritos para el creyente de cualquier religión.

Y no digo más.

Salud suficiente

Este título vendría a ser el lema que resume las aspiraciones de los mayores que tenemos la suerte de vivir en un país desarrollado y democráticamente gobernado.

Sabemos, porque tenemos muchos años, que, en cualquier punto del edificio metafórico  que somos, pueden aparecer las grietas, las goteras, los desajustes. Por tanto, el mantenimiento tiene que basarse en una actitud vigilante, diligente, perspicaz.

Y debemos dar tanta importancia a la salud psicológica como a la biológica: están totalmente interconectadas.

Evitamos la soledad, la pereza, los descuidos en la higiene, la falta de entusiasmo, el desinterés ante lo bello y admirable.

Solamente con ver unas escenas de una película que nos emocionó y cautivó cuando éramos jóvenes, podemos sentir que nuestras baterías se recargan, que nuestro deseo de estar y participar en la vida se renueva.

Y nada de encierros excesivamente prolongados: el aire libre nos es tan necesario como la misma libertad.

Anteayer, a la hora del crepúsculo vespertino, me crucé con un tocayo, amigo, paisano, que volvía de echarles de comer a sus gallinas y de recoger los huevos. Él llevaba además algunas bolsas; y se empeñó en regalarme media docena de los huevos más frescos que se puedan servir en una mesa. Esa noche me tocaba cenar solo; pero tuve la suerte de cenar con, entre otras compañías, la presencia simbólica del amigo que me había proporcionado los huevos para la tortilla.

La vida está llena de detalles que nos alimentan y fortifican.

Cortijo de Macairena

No sé si la etimología del nombre responde a lo que a mí me sugiere: el adjetivo griego makarios: dichoso, feliz, bienaventurado.

Ahora está semiderruido y vacío, o semivacío, y sus tierras en régimen de simiabandono. Pero sin duda tuvo sus tiempos de prosperidad para los propietarios: tiempos en los que encontrar una familia de caseros era fácil, y más fácil aún encontrar el peonaje barato, para atender los cultivos y el ganado.

Siendo yo un crío, ansioso por aportar a la economía de mi familia mi jornal de niño, tuve un par de experiencias laborales en este cortijo: dos días de los más largos de mi infancia: uno segando veza, en los interminables y calurosos días de comienzos del verano, integrado en una enorme cuadrilla en la que entraban hombres, mujeres y niños; otro, vareando y recogiendo almendras, en uno de los días templados del otoño, constituyendo la mitad de una cuadrilla formada por dos criaturas, mi vecino Chófer y yo.

Ahora, para los habitantes de este pueblo, el cortijo no es casi nada más que una referencia a su camino, un paseo cuesta arriba que exige esfuerzo, y recompensa, con una bajada relajada y contemplativa del paisaje.

Desde que las mountain bikes han ido imponiendo su presencia en estos pagos, vemos por aquí a muchos ciclistas: subiendo con energía y paciencia o bajando a velocidades de peligro.

Si los peatones tienen buen oído, y no van manteniendo una vocinglera conversación, en el silencio rural reinante, el zumbido de las bicicletas lanzadas se oye con antelación suficiente. Si no se tiene el oído fino, es conveniente la prudencia, y no suponer que yo (o el grupo en el que yo voy) estoy solo y en plena libertad de movimientos.

Amigo caminante que gustas de salir al campo con un grueso garrote, tú sabrás si por ejercitar las manos y los brazos o por sentirte protegido ante posibles perros agresivos: no blandas tu garrote sin asegurarte de que no molestas a nadie; porque podría encontrárselo en su cara algún ciclista de los que bajan ‘a tumba abierta’.

Su reino sí es de este mundo

Hace medio siglo (cincuenta años exactamente), después de haber sido monaguillo un año y seminarista cinco, dejé de ser creyente. Aquella experiencia de seis años fue un antídoto para cualquier tentación religiosa posterior. Acepto las limitaciones y precariedades de la vida; y sé que el final del individuo siempre es la muerte.

Ahora, con este chorreo de escándalos originados por el alto y bajo clero por los casos de pederastia, ni me extraño ni me escandalizo ni me alegro.

Nunca, ni en aquellos tiempos ni en otros, tuve, ni vi, ni oí situaciones relacionadas con la pederastia, ni con cualesquiera otras formas de experiencia sexual.

El sexo no era tabú: era pecado mortal; y lo que aguardaba después del pecado mortal era el infierno.

No ya el sexo: todo el cuerpo era objeto de vergüenza, y no merecía otra cosa que el pudor de ropas y hábitos, y el castigo de la mortificación y la penitencia.

No extrañará, por tanto, que, una vez abandonada la santa institución, a los dieciséis años, tardara pocos meses en convertirme en un ateo irredento y sin paliativos.

No obstante, la fase visceralmente anticlerical se me pasó pronto. La Iglesia, sus jerarquías, sus prácticas y las de sus feligreses, me eran algo ajeno; y merecían mi respeto al mismo tiempo que mi desinterés.

El cristianismo se convirtió en un poder de este mundo en cuanto llegó a ser la religión oficial del Imperio Romano, a principios del siglo IV; y desde entonces, como todos los poderes de este mundo, ha sido buena y mala para la humanidad, no sé si en proporciones de cincuenta/cincuenta, pero así podría ser.

Parece, echando una mirada al mundo actual, que la mayoría de las personas no puede vivir sin un asidero religioso para sus inestables vidas. Con lo cual la Iglesia Católica seguirá teniendo un amplio campo en el que reclutar adeptos. Pero no pasa por su mejor momento.

Aunque se ha modernizado algo, el Concilio Vaticano II, fuente de esa modernización, queda ya muy lejos en la historia. Así que, o se moderniza más -supresión del celibato y admisión de la mujer en el sacerdocio y en la jerarquía, básicamente-, o seguirá languideciendo.

Aun mirando la cosa desde muy afuera, me gustaría que por ahí, por su modernización, pasaran los derroteros del porvenir. Sobre todo porque veo que, si la Iglesia Católica se actualiza poco, otras implantaciones religiosas se modernizan mucho menos, o claramente están en una involución esclavizante de sus creyentes.

E intentando vislumbrar algo en el futuro, pienso que la Iglesia nunca será un peligro general para la humanidad. En caso de conflicto, procurará montarse en el carro de los vencedores, como ha hecho siempre para pervivir. Y en tiempos de paz, siempre contará con creyentes fieles al mandamiento cristiano del amor fraterno.

Cuatro puntos (o pilares)

Como a todo el mundo, me gustaría que las noticias no me dejaran la desazón que me dejan. Pero como noticias son las malas noticias, y casi nunca es digno de ser contado lo bueno…

Para ver si me libro de tal desazón, quisiera resumir lo que, desde mi punto de vista, este país necesita para mejorar. Ya estamos en precampaña electoral, y uno, aunque no milita ni está afiliado a ningún partido, también tiene derecho a opinar.

Primero. Una nueva Ley Electoral que propicie que todos los votos valgan lo mismo; no que a un partido le cueste cuarenta mil votos un diputado y a otro partido, cuatrocientos mil.

Segundo. Sanidad, Educación y Medio Ambiente son competencias del Estado, como lo es Defensa. Punto y aparte.

Tercero. El Rey (o la Reina) es el Jefe del Estado. Pero, dentro de la familia real, el orden en la línea sucesoria lo evalúa y decide el Consejo de Estado: no la edad o el sexo o el grado de parentesco.

Cuarto. La continuación en la construcción de la Unión Europea es un bien imprescindible. Y la defensa de Europa es la defensa de sus valores políticos y éticos: democracia, libertad, igualdad, respeto a los derechos humanos, solidaridad. Y una bicicleta para cada habitante del planeta.

Y no digo más.