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Cortijo de Macairena

No sé si la etimología del nombre responde a lo que a mí me sugiere: el adjetivo griego makarios: dichoso, feliz, bienaventurado.

Ahora está semiderruido y vacío, o semivacío, y sus tierras en régimen de simiabandono. Pero sin duda tuvo sus tiempos de prosperidad para los propietarios: tiempos en los que encontrar una familia de caseros era fácil, y más fácil aún encontrar el peonaje barato, para atender los cultivos y el ganado.

Siendo yo un crío, ansioso por aportar a la economía de mi familia mi jornal de niño, tuve un par de experiencias laborales en este cortijo: dos días de los más largos de mi infancia: uno segando veza, en los interminables y calurosos días de comienzos del verano, integrado en una enorme cuadrilla en la que entraban hombres, mujeres y niños; otro, vareando y recogiendo almendras, en uno de los días templados del otoño, constituyendo la mitad de una cuadrilla formada por dos criaturas, mi vecino Chófer y yo.

Ahora, para los habitantes de este pueblo, el cortijo no es casi nada más que una referencia a su camino, un paseo cuesta arriba que exige esfuerzo, y recompensa, con una bajada relajada y contemplativa del paisaje.

Desde que las mountain bikes han ido imponiendo su presencia en estos pagos, vemos por aquí a muchos ciclistas: subiendo con energía y paciencia o bajando a velocidades de peligro.

Si los peatones tienen buen oído, y no van manteniendo una vocinglera conversación, en el silencio rural reinante, el zumbido de las bicicletas lanzadas se oye con antelación suficiente. Si no se tiene el oído fino, es conveniente la prudencia, y no suponer que yo (o el grupo en el que yo voy) estoy solo y en plena libertad de movimientos.

Amigo caminante que gustas de salir al campo con un grueso garrote, tú sabrás si por ejercitar las manos y los brazos o por sentirte protegido ante posibles perros agresivos: no blandas tu garrote sin asegurarte de que no molestas a nadie; porque podría encontrárselo en su cara algún ciclista de los que bajan ‘a tumba abierta’.

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Su reino sí es de este mundo

Hace medio siglo (cincuenta años exactamente), después de haber sido monaguillo un año y seminarista cinco, dejé de ser creyente. Aquella experiencia de seis años fue un antídoto para cualquier tentación religiosa posterior. Acepto las limitaciones y precariedades de la vida; y sé que el final del individuo siempre es la muerte.

Ahora, con este chorreo de escándalos originados por el alto y bajo clero por los casos de pederastia, ni me extraño ni me escandalizo ni me alegro.

Nunca, ni en aquellos tiempos ni en otros, tuve, ni vi, ni oí situaciones relacionadas con la pederastia, ni con cualesquiera otras formas de experiencia sexual.

El sexo no era tabú: era pecado mortal; y lo que aguardaba después del pecado mortal era el infierno.

No ya el sexo: todo el cuerpo era objeto de vergüenza, y no merecía otra cosa que el pudor de ropas y hábitos, y el castigo de la mortificación y la penitencia.

No extrañará, por tanto, que, una vez abandonada la santa institución, a los dieciséis años, tardara pocos meses en convertirme en un ateo irredento y sin paliativos.

No obstante, la fase visceralmente anticlerical se me pasó pronto. La Iglesia, sus jerarquías, sus prácticas y las de sus feligreses, me eran algo ajeno; y merecían mi respeto al mismo tiempo que mi desinterés.

El cristianismo se convirtió en un poder de este mundo en cuanto llegó a ser la religión oficial del Imperio Romano, a principios del siglo IV; y desde entonces, como todos los poderes de este mundo, ha sido buena y mala para la humanidad, no sé si en proporciones de cincuenta/cincuenta, pero así podría ser.

Parece, echando una mirada al mundo actual, que la mayoría de las personas no puede vivir sin un asidero religioso para sus inestables vidas. Con lo cual la Iglesia Católica seguirá teniendo un amplio campo en el que reclutar adeptos. Pero no pasa por su mejor momento.

Aunque se ha modernizado algo, el Concilio Vaticano II, fuente de esa modernización, queda ya muy lejos en la historia. Así que, o se moderniza más -supresión del celibato y admisión de la mujer en el sacerdocio y en la jerarquía, básicamente-, o seguirá languideciendo.

Aun mirando la cosa desde muy afuera, me gustaría que por ahí, por su modernización, pasaran los derroteros del porvenir. Sobre todo porque veo que, si la Iglesia Católica se actualiza poco, otras implantaciones religiosas se modernizan mucho menos, o claramente están en una involución esclavizante de sus creyentes.

E intentando vislumbrar algo en el futuro, pienso que la Iglesia nunca será un peligro general para la humanidad. En caso de conflicto, procurará montarse en el carro de los vencedores, como ha hecho siempre para pervivir. Y en tiempos de paz, siempre contará con creyentes fieles al mandamiento cristiano del amor fraterno.

Cuatro puntos (o pilares)

Como a todo el mundo, me gustaría que las noticias no me dejaran la desazón que me dejan. Pero como noticias son las malas noticias, y casi nunca es digno de ser contado lo bueno…

Para ver si me libro de tal desazón, quisiera resumir lo que, desde mi punto de vista, este país necesita para mejorar. Ya estamos en precampaña electoral, y uno, aunque no milita ni está afiliado a ningún partido, también tiene derecho a opinar.

Primero. Una nueva Ley Electoral que propicie que todos los votos valgan lo mismo; no que a un partido le cueste cuarenta mil votos un diputado y a otro partido, cuatrocientos mil.

Segundo. Sanidad, Educación y Medio Ambiente son competencias del Estado, como lo es Defensa. Punto y aparte.

Tercero. El Rey (o la Reina) es el Jefe del Estado. Pero, dentro de la familia real, el orden en la línea sucesoria lo evalúa y decide el Consejo de Estado: no la edad o el sexo o el grado de parentesco.

Cuarto. La continuación en la construcción de la Unión Europea es un bien imprescindible. Y la defensa de Europa es la defensa de sus valores políticos y éticos: democracia, libertad, igualdad, respeto a los derechos humanos, solidaridad. Y una bicicleta para cada habitante del planeta.

Y no digo más.

Mujeres

Sobre la bici, salgo del pueblo y en seguida me encuentro con una concentración de ciclistas mujeres. Están paradas y, según deduzco por otras con las que me voy cruzando, reagrupándose.

Y enseguida pienso en lo que ha cambiado, desde que yo era un veinteañero en las postrimerías del franquismo, la sociedad española.

La democracia, sí. Y la participación femenina en todos los ámbitos de la actividad humana. No me debería extrañar; y no me extraña, pero me congratula y emociona.

Pasé de un instituto masculino, el Padre Suárez de Granada, a una Facultad, la de Filosofía y Letras, en la que la representación femenina era abundante, especialmente en mi especialidad, las Románicas.

Luego he ejercido una profesión, la docente, en la que las mujeres estaban en una proporción similar a la de los varones. En institutos en los que las chicas eran, en general, más estudiosas, y obtenían mejores calificaciones.

Cuánto ha mejorado la sociedad española en los últimos cuarenta años: por la participación femenina en todos los ámbitos. ¿Que no hay todavía una absoluta igualdad? Vale. Pero a ella vamos a buen ritmo.

El problema de la condición femenina ya no lo tiene el mundo (al menos no en grado severo) en los países de cultura occidental, sino en otros.

En otros en los que fracasó la primavera árabe. Un día, pronto, florecerá en ellos una primavera femenina. Y esa no fracasará.

Series

Adoro las series”, nos decía un nuestro amigo hace dos o tres años. La frase me resultó llamativa y no se me ha olvidado. Entonces yo sólo había visto alguna, o más bien partes de alguna, y por coyuntura familiar, no por propia afición.

Pero en los últimos meses del pasado año, y en lo que va transcurrido del presente, he entrado de lleno en el disfrute del invento.

Y tan contento. Primero, porque viendo cómo está el basurero de la televisión abierta… Segundo, porque son como películas desarrolladas en capítulos, lo que nos viene bien a los mayores: porque así dosificamos las emociones (peligrosas para el corazón), porque así nos percatamos sin premura de la realidad humana de los personajes, y porque así vamos atando los cabos de la trama con la misma facilidad con que nos abrochamos los botones de la ropa.

Eso sí: yo no me pongo mi serie sino después de cenar y lavarme los dientes (durante el día, a otras cosas mariposas).

Y justo anoche empecé una. Una en la que Kiefer Sutherland hace de presidente no por accidente sino por ataque terrorista. Me extrañó lo mayor que está este que hasta ayer era un joven de cara pícara y agraciada. No me extrañó lo buen actor que es; ya lo sabía, y de casta le viene al galgo.

Así que me propongo pasar unas cuantas veladas con Kiefer and family. Presumo que me serán amenas; de lo contrario, corto y cuelgo.

Higiene mental

Mis conocimientos de psicología se limitan a mis lejanas lecturas de Freud, allá por mis años universitarios. Después, no recuerdo haber leído otros libros sobre la materia. Sin embargo, sabemos que es una materia omnipresente: en las lecturas y en el trato tanto social como personal o íntimo. Puede que algo sigamos aprendiendo, a lo largo de nuestra vida, acerca de los sentimientos y el comportamiento humano. Y por ello los mayores tienden -tendemos- a ser más tolerantes, menos rígidos en la valoración de conductas ajenas o propias, porque tenemos una más amplia visión sobre el tema.

Para buscar mi propia serenidad, siempre he procurado contar con un espacio propio donde retirarme, donde sumirme en el silencio y la ausencia de estímulos externos. Un retrete, en la última de las acepciones que recoge el Diccionario. En ese silencio la propia intimidad aflora, se esponja y reorganiza.

Para el mismo fin puede valer el paseo solitario y tranquilo; no la caminata turística en la que se requiere, además de ejercitar mucho el cuerpo, encontrar potentes estímulos a los que atender: un paraje, una vegetación, una cascada, una obra de arte.

Claro que puede ocurrir que uno tenga estar preferencias por su tendencia a la introversión. Puede que haya personas que lo que necesiten, para su higiene psíquica, sea zambullirse en el grupo o en la multitud: el bar, la mesa redonda, la reunión del comité, la manifestación. Personas extrovertidas que requieren, para su salud, poner sus almas en debate o esgrima con otras almas. Y de ese encuentro salgan más pulidas o afiladas, como le ocurre al cuchillo cuando se encuentra con el asperón.

El caso es que todos debemos mirar cuanto podamos por nuestra higiene mental. En estos tiempos en que es posible, incluso habitual, el meticuloso cuidado corporal, que llega a incluir la estética en la salud, estaría bien que no perdiéramos de vista la higiene de nuestra mente. Recordando a Jorge Manrique y sus Coplas, no nos empleemos exclusivamente

en componer la cativa,

dejándonos la señora

descompuesta.

Será lo que nos devuelvan

Ayer vi, parcialmente y por casualidad, un reportaje sobre perros. En él se presentaron canes de muchas razas: todos lindos, aseados y amorosamente entregados a sus amos, que les correspondían sin reservas.

Recordé -de leer a Harari- que el perro, lobo en origen, fue el primer animal domesticado por el sapiens, unos cuantos miles de años antes que cualquier otro futuro deméstico. Hombre y perro asociados en la labor de la caza y en el festín de la abundancia.

Pensé en lo imprescindible que es que humanos y canes nos sintamos queridos, gustosamente aceptados, especialmente en el nacimiento y primeras etapas de la vida.

Cuando veo a una madre empujando con una mano el carrito de su bebé y con la otra manipulando atenta en su móvil; a un padre que lleva de una mano a su niño de dos años y va aprovechando la otra para manejar el impostergable artilugio, tengo la sensación de que algo no cuadra, de que algo no va bien.

Cuando he constatado que los centros de educación secundaria -la dichosa ESO- tienen tanto de cárcel como de institutos de enseñanza, he sentido una gran amargura.

Cuando he visto o leído que muchos padres regalan, desmedidamente, juguetes u otros objetos a sus hijos con el inconfesable deseo de justificar o compensar sus desatenciones y ausencias, me reconcome la preocupación.

Recordemos: los sentimientos con que los atendamos y tratemos hoy, determinarán mañana, o al menos marcarán, su trato y atenciones no sólo para con nosotros los testigos de su infancia, sino para con todos los seres vivos de su entorno.