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Formas

Ayer, ya al final de mi caminata urbana, una señora, cargada con varias bolsas, me sonrió y me dio las gracias cuando le cedí el paso en un estrechamiento de la acera.

¿Qué por qué lo cuento? Porque ya esas formas de obligada cortesía se han vuelto insólitas. Y agrada comprobar que no han desaparecido del todo.

Hace unos minutos, mientras desayunaba solo en la cocina, oía en el programa de Carlos Alsina cómo éste, refiriéndose a Pablo Iglesias, decía que “es mentira” lo que el podemita dice cuando se excusa para no acudir a ser entrevistado en Más de uno.

Yo no dudo de la verdad del contenido de lo que afirma Alsina, lo que me suena raro es la expresión literal: “es mentira”.

Pero, claro, habiendo sido una fórmula tan repetida por el Presidente (en funciones) Pedro Sánchez, en el doble debate electoral, se diría que ha dado licencia a toda la ciudadanía de la nación española para que use lo que hasta hace poco se consideraba una bofetada verbal.

–Se dice “no es verdad”, nunca “es mentira”, nos decían, a mí y a mis compañeros, los curas y demás profesores cuando empezaron a asumir la tarea de hacer de nosotros personas educadas, en lugar de paletos silvestres.

Y ahora recuerdo, cómo no, la primera aventura de don Quijote, después de ser armado caballero en la venta. Cuando Juan Haldudo, el que estaba azotando a Andresillo en un bosque, pronuncia la palabra “miente”, referida a Andrés, don Quijote responde:

–¿”Miente” delante de mí, ruin villano? Por el sol que nos alumbra que estoy por pasaros de parte a parte con esta lanza.

La fina sensibilidad caballeresca de don Quijote no tolera tal voz en sus oídos.

Pero ya se ve que los oídos del actual paisanaje no son tan sensibles, sino más bien (o mal) lo contrario, y hay que acudir a expresiones cuanto más gruesas mejor, para que el interlocutor se entere de lo que estamos diciendo.

Malos tiempos para la cortesía, estúpidos.

Colutorio

Hoy me tocaba escribir acerca de unas minúsculas hormigas que, desde hace algunos días, aparecen en el lavabo, en el trozo de pared de azulejos que llega del lavabo a la repisa, y en la repisa misma.

No se las ve moverse, de tan chicas que son; pero no hay duda de que lo que las atrae son los mínimos restos de colutorio que quedan en el vasito o tapón que usan algunos habitantes de esta casa –yo no–.

No puedo creer que esos restos las alimenten, por pequeñas que ellas sean. Quizá los inhalen o esnifen, quizá los utilicen para perfumarse. Quién sabe.

Y de pronto me ha surgido otro tema. He sentido el impulso de abrir al azar el penúltimo libro de Miguel d’Ors (Átomos y galaxias, 2013) y leer un poema.

Me ha salido “Lactancia”, un poema que no recordaba en absoluto (no voy a decir nada sobre la maestría –en todos los órdenes– de d’Ors). El tema del poema es el de un niño que mira, atraído y fascinado, a un bebé –probablemente su hermanito– mientras su madre le da el pecho.

Quizá las hormigas de nuestro lavabo sienten una fascinación parecida ante las pizcas de colutorio, enormes para ellas.

En fin, luego llegamos nosotros y, sin miramiento alguno, con bayeta o papel, borramos de nuestro cuarto de baño a las intrusas.

Democracia

Continuamente, en los últimos tiempos, estamos leyendo en la prensa, en sus páginas de opinión, que la democracia está amenazada, en todas partes, por populistas, nacionalistas y salvapatrias de toda laya y peligro.

No con tanta frecuencia, pero casi,  leemos que los profesores universitarios constatan que a los mejores alumnos no les atrae la dedicación a la política, que ven como algo corrompido y corrompiente, lo contrario de lo que tendría que ser.

En la tele vemos el Parlamento convertido en lodazal de descalificaciones y de insultos. Diríase que, si en el sistema judicial la presunción de inocencia es primordial, en política la presunción de culpa de los oponentes también lo es; con lo cual, más que oponentes son enemigos, ellos son los malos y nosotros los buenos, ellos quieren hundir al país y nosotros salvarlo. Guerracivilismo puro y duro.

Pero nada de eso es lo que queremos los ciudadanos. Queremos un país con un sistema educativo excelente, mucho mejor que el que ahora tenemos. Queremos un desarrollo económico con empresas altamente cualificadas y competitivas, y con empleo y futuro para todos. Queremos un sistema sanitario público sin listas de espera, unas pensiones aseguradas, una verdadera atención a la dependencia.

Los líderes políticos deberían estar obligados a dirigirse periódicamente, trimestralmente por ejemplo, a toda la ciudadanía, exponer sus programas y su visión del mundo, y exponerse a las preguntas que sus oyentes les hagan. Muchas menos chorradas en la tele pública, y más servicio de calidad.

Los que tenemos muchos años hemos visto cómo ha ido mejorando España, especialmente desde que tenemos democracia y la Constitución del 78 (aunque hay que reconocer que en la última década del franquismo también hubo importantes mejoras).

Ahora tememos que el país que les dejamos a nuestros hijos no está a la altura de los tiempos. Les dejamos un medio ambiente averiado por la contaminación y el cambio climático, unas empresas que laminan los derechos fundamentales de los empleados, unos autónomos asfixiados por los impuestos, paro y economía sumergida, un sistema educativo a la deriva desde la educación primaria hasta la universitaria, y unos hogares donde los ancianos saborean la amarga y deprimente papilla de la soledad.

Tenemos que volver a la senda sana, al desarrollo sostenible, al debate político respetuoso con el oponente, a un sistema educativo eficiente y convincente, a unos comportamientos sociales en los que la educación básica (Normas de urbanidad se titulaba un librito de lectura obligatoria en el centro en el que yo comencé a ser estudiante), el civismo y los buenos modales sean tan sagrados como los dogmas y los ritos para el creyente de cualquier religión.

Y no digo más.