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Geópolis

Recuerdo una conversación de hace cuarenta años o poco menos. Coincidimos en el autobús, bajando a Granada, el alcalde de este pueblo y yo. Aquel alcalde, Severiano, era el primer alcalde elegido democráticamente, tras el franquismo y la transición.

Después de oír alguna sugerencia mía, recuerdo que me respondió: “Ahora, por lo pronto, vamos a quitar el barro de las calles”.

Efectivamente, la mayoría de las calles, si no todas, estaban sin asfaltar, y eran barrizales en invierno y terrizales en verano.

El agua corriente y los desagües, con mucha demora respecto a todos los pueblos del entorno, ya habían sido instalados. El lógico siguiente paso era el que se proponía Severiano, para convertir lo que era una aldea terruñera, por más cerca que estuviera de su capital de provincia, en una ciudad.

La transformación de este pueblo era la misma que estaba experimentado todo el país, pasando de la vida rural a la urbana.

Ya todo núcleo poblacional, grande o pequeño, o tiene los acomodos de la vida urbana, o es un campamento y, por tanto, provisional.

Acomodos que afectan no solo al suelo sino también al subsuelo y al aire. Sector este último en el que mejor apreciamos el absurdo de las fronteras, la realidad de la que formamos parte: no una “aldea global”, por más que se haya extendido el uso de tal expresión, sino una ciudad global, una Geópolis. Que ya mira con atención, calibrando potencialidades, otro sector de influencia: el espacio exterior.

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Algos (2018)

Es el título del cuaderno-diario en versos que he ido componiendo a lo largo del año recién acabado.

Lo he revisado y releído íntegro en estos primeros días de 2019 y queda colgado aquí, en la pestaña de Versos.

En contra de lo que yo hubiera preferido, en él se ha ido imponiendo sin competencia la décima, la decimanía.

No reniego de ella, de la décima, pero todo llega a cansar; así que espero no solo no volver a esa forma métrica, sino igualmente no volver a ningún esquema de rima consonante. No mientras me acuerde de haber padecido la decimanía.

Otros tipos de versos, supongo que irán surgiendo en el trascurso del ahora nuevo diecinueve, si sigo en el mundo y con salud suficiente (nadie conoce el futuro).

Tengo la impresión de que mi voz -y mi persona- suena muy distinta según escriba en prosa o en verso. Así que volvería a reunir los versos en un cuaderno independiente, cuaderno-diario, como este de Algos.

Yo no soy escritor. Ni tengo proyectos de escritura. Solo la constatación de que me atrae la escritura como entretenimiento; y cuando me pongo a ello porque ha surgido el impulso y se dan las condiciones ambientales, lo hago con mi mejor esmero, con entusiasmo casi siempre.

La más grata recompensa que por ello recibo es la de tener algún lector ahí fuera. Pero, si no lo hay, me conformaré con ser yo mismo el lector de lo que escribo, sin acritud por la ausencia de otros. Hay tanto que leer incomparablemente mejor que lo que yo haya escrito o escriba…

De la cabeza

No puedo hablar -no sabría- de la cabeza en general o en teoría, ni de la cabeza de nadie en particular. Sólo de la que me tocó en suerte, a la que conozco un poco, después de haberla cargado sobre estos hombros durante cerca de setenta años.

Exteriormente es normal, nunca ha destacado en nada ni para bueno ni para malo. De joven recibió algunos elogios, como todas en la juventud.

Bien entrada en la cuarentena, comenzaron las pérdidas y las debilidades capilares, a la vez que le empezaron a aparecer las canas. Y comenzó a proveerse de gafas para la lectura y para las compras en el supermercado.

Nunca se ha sentido cómoda tocada (de tocar, 2,2). Siempre ha preferido el tacto del aire libre (“Cabeza loca no quiere toca”), aunque a veces no ha tenido más remedio que combatir el frío con alguna prenda de abrigo.

Montó en moto durante un buen puñado de años, pero usó poco el casco de motorista: en aquellos tiempos no era obligatorio. Y alguna cicatriz le quedó por no llevarlo.

Casco de ciclismo sí que ha llevado y sigue llevando. Y no le pesa: es ligero y cómodo. Pero el que ahora usa, está para reponer: en cabeza vieja, casco nuevo, como vino viejo en odre nuevo, para compensar.

Y ya puestos a pensar en lo que necesita esta cabeza bicicletera, diremos que no le vendría mal un conjunto de pañuelos (o uno siquiera) de los que se ponen entre casco y casco, sobre todo para contener los chorreones de sudor que van directos a los ojos o a las gafas.

Y las gafas también. También necesitan sustitutas, ser sustituidas, las de cabeza de maestrillo jubilado, por otras más aerodinámicas, para esas bajadas en las que ella va, adelantada y lanzada, como dispuesta a ganar una etapa del Tour.

Esta cabeza que nunca ha gustado de ir tocada salvo sobre bici, ha encarado las gafas con paciencia: a la fuerza ahorcan.

Y nunca ha hecho un uso habitual de auriculares. Aunque últimamente ha empezado a echarlos de menos, para una recepción discreta del sonido en el móvil.

O sea que, queridos Reyes Magos, traedle a esta cabeza hermana un casco de ciclismo, un juego de pañuelos de lo mismo, unas gafas graduadas, progresivas y ¡deportivas!, y unos auriculares para que pueda oír el móvil sin que se enteren los pies que la pasean. Os quedará enteramente agradecida.

PS

Hubiera querido hablar algo del funcionamiento interno de la cucurbitácea que me tocó (y que yo a veces toco), pero sería abusar de vuestra paciencia, sensatos lectores. Ojalá alguno de vosotros sea Melchor o Gaspar o Baltasar.