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Salud suficiente

Este título vendría a ser el lema que resume las aspiraciones de los mayores que tenemos la suerte de vivir en un país desarrollado y democráticamente gobernado.

Sabemos, porque tenemos muchos años, que, en cualquier punto del edificio metafórico  que somos, pueden aparecer las grietas, las goteras, los desajustes. Por tanto, el mantenimiento tiene que basarse en una actitud vigilante, diligente, perspicaz.

Y debemos dar tanta importancia a la salud psicológica como a la biológica: están totalmente interconectadas.

Evitamos la soledad, la pereza, los descuidos en la higiene, la falta de entusiasmo, el desinterés ante lo bello y admirable.

Solamente con ver unas escenas de una película que nos emocionó y cautivó cuando éramos jóvenes, podemos sentir que nuestras baterías se recargan, que nuestro deseo de estar y participar en la vida se renueva.

Y nada de encierros excesivamente prolongados: el aire libre nos es tan necesario como la misma libertad.

Anteayer, a la hora del crepúsculo vespertino, me crucé con un tocayo, amigo, paisano, que volvía de echarles de comer a sus gallinas y de recoger los huevos. Él llevaba además algunas bolsas; y se empeñó en regalarme media docena de los huevos más frescos que se puedan servir en una mesa. Esa noche me tocaba cenar solo; pero tuve la suerte de cenar con, entre otras compañías, la presencia simbólica del amigo que me había proporcionado los huevos para la tortilla.

La vida está llena de detalles que nos alimentan y fortifican.

Cortijo de Macairena

No sé si la etimología del nombre responde a lo que a mí me sugiere: el adjetivo griego makarios: dichoso, feliz, bienaventurado.

Ahora está semiderruido y vacío, o semivacío, y sus tierras en régimen de simiabandono. Pero sin duda tuvo sus tiempos de prosperidad para los propietarios: tiempos en los que encontrar una familia de caseros era fácil, y más fácil aún encontrar el peonaje barato, para atender los cultivos y el ganado.

Siendo yo un crío, ansioso por aportar a la economía de mi familia mi jornal de niño, tuve un par de experiencias laborales en este cortijo: dos días de los más largos de mi infancia: uno segando veza, en los interminables y calurosos días de comienzos del verano, integrado en una enorme cuadrilla en la que entraban hombres, mujeres y niños; otro, vareando y recogiendo almendras, en uno de los días templados del otoño, constituyendo la mitad de una cuadrilla formada por dos criaturas, mi vecino Chófer y yo.

Ahora, para los habitantes de este pueblo, el cortijo no es casi nada más que una referencia a su camino, un paseo cuesta arriba que exige esfuerzo, y recompensa, con una bajada relajada y contemplativa del paisaje.

Desde que las mountain bikes han ido imponiendo su presencia en estos pagos, vemos por aquí a muchos ciclistas: subiendo con energía y paciencia o bajando a velocidades de peligro.

Si los peatones tienen buen oído, y no van manteniendo una vocinglera conversación, en el silencio rural reinante, el zumbido de las bicicletas lanzadas se oye con antelación suficiente. Si no se tiene el oído fino, es conveniente la prudencia, y no suponer que yo (o el grupo en el que yo voy) estoy solo y en plena libertad de movimientos.

Amigo caminante que gustas de salir al campo con un grueso garrote, tú sabrás si por ejercitar las manos y los brazos o por sentirte protegido ante posibles perros agresivos: no blandas tu garrote sin asegurarte de que no molestas a nadie; porque podría encontrárselo en su cara algún ciclista de los que bajan ‘a tumba abierta’.

Su reino sí es de este mundo

Hace medio siglo (cincuenta años exactamente), después de haber sido monaguillo un año y seminarista cinco, dejé de ser creyente. Aquella experiencia de seis años fue un antídoto para cualquier tentación religiosa posterior. Acepto las limitaciones y precariedades de la vida; y sé que el final del individuo siempre es la muerte.

Ahora, con este chorreo de escándalos originados por el alto y bajo clero por los casos de pederastia, ni me extraño ni me escandalizo ni me alegro.

Nunca, ni en aquellos tiempos ni en otros, tuve, ni vi, ni oí situaciones relacionadas con la pederastia, ni con cualesquiera otras formas de experiencia sexual.

El sexo no era tabú: era pecado mortal; y lo que aguardaba después del pecado mortal era el infierno.

No ya el sexo: todo el cuerpo era objeto de vergüenza, y no merecía otra cosa que el pudor de ropas y hábitos, y el castigo de la mortificación y la penitencia.

No extrañará, por tanto, que, una vez abandonada la santa institución, a los dieciséis años, tardara pocos meses en convertirme en un ateo irredento y sin paliativos.

No obstante, la fase visceralmente anticlerical se me pasó pronto. La Iglesia, sus jerarquías, sus prácticas y las de sus feligreses, me eran algo ajeno; y merecían mi respeto al mismo tiempo que mi desinterés.

El cristianismo se convirtió en un poder de este mundo en cuanto llegó a ser la religión oficial del Imperio Romano, a principios del siglo IV; y desde entonces, como todos los poderes de este mundo, ha sido buena y mala para la humanidad, no sé si en proporciones de cincuenta/cincuenta, pero así podría ser.

Parece, echando una mirada al mundo actual, que la mayoría de las personas no puede vivir sin un asidero religioso para sus inestables vidas. Con lo cual la Iglesia Católica seguirá teniendo un amplio campo en el que reclutar adeptos. Pero no pasa por su mejor momento.

Aunque se ha modernizado algo, el Concilio Vaticano II, fuente de esa modernización, queda ya muy lejos en la historia. Así que, o se moderniza más -supresión del celibato y admisión de la mujer en el sacerdocio y en la jerarquía, básicamente-, o seguirá languideciendo.

Aun mirando la cosa desde muy afuera, me gustaría que por ahí, por su modernización, pasaran los derroteros del porvenir. Sobre todo porque veo que, si la Iglesia Católica se actualiza poco, otras implantaciones religiosas se modernizan mucho menos, o claramente están en una involución esclavizante de sus creyentes.

E intentando vislumbrar algo en el futuro, pienso que la Iglesia nunca será un peligro general para la humanidad. En caso de conflicto, procurará montarse en el carro de los vencedores, como ha hecho siempre para pervivir. Y en tiempos de paz, siempre contará con creyentes fieles al mandamiento cristiano del amor fraterno.