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Protección

Habitante del desierto:
mastica tu mascarilla;
porque aquí el virus te pilla
y puedes darte por muerto.
Te será otro buen acierto
que uses gafas submarinas:
las miasmas asesinas
entran también por los ojos.
Y dejarás tus despojos
protegidos si así finas.

Tres estampas con perro

De mi paseo matutino de ayer.

Primera. Tomo el camino rural más cercano: cuanta más soledad, menos mascarilla. No obstante, me he colocado ese adminículo en el codo (por si tengo que saludar a alguien con codazo, me digo). En la confluencia del camino con la última calle, un hombre, de mi edad o poco menos, pela o peina a su perro. Un perro gran y peludo. Al rebasarlos yo, el hombre se ha puesto a recoge manojos de pelos del suelo. No tiene una bolsa en la otra mano, se ha puesto a recogerlos porque paso yo, y los tirará en la hierba del borde del camino. De este tramo del camino que está siempre llovido de cacas caninas. No he saludado al hombre, allá se pudran amo y perro.

Segunda. Cruzo el río, seco por aquí desde hace muchos meses. El tramo del camino que ahora tengo delante es recto, y en leve pendiente. Al fondo veo un bulto, color algo chillón. Parece un hombre parado. ¿Habla con alguien que desde aquí no puedo ver? Hay otro bulto negro en el suelo. Al llegar a su altura, veo que lo que hay en el suelo es un enorme perro negro y peludo, totalmente inmóvil, del que el hombre, de mi edad o poco menos, no aparta la vista. Aminoro la marcha, los miro… El hombre está llorando debajo de su mascarilla, no ha pensado en quitársela. El perro inmóvil tiene a su lado, no enganchado al cuello, un grueso y vistoso cordón. “¿Está muerto?”, le pregunto. El hombre aumenta al llanto al contestarme que sí, que le ha debido de dar un infarto. Yo no sé qué decir, retomo mi caminata despacio, compungido. De pronto me vuelvo y le pregunto: “¿tiene móvil?”. No me he dado cuenta, antes de preguntarle, de que el hombre ya está con su móvil en la oreja, y con la otra mano me hace el gesto de que no puede oírme. Es que soy gilipollas: el que no lleva móvil soy yo.

Tercera. Me desvío de mi ruta habitual para acercarme a la finca de Jacinto, de mi edad. Aunque no he estado nunca en tal finca, pienso que encontraré la entrada fácilmente. Así sucede, pero busco algunos indicios que me lo confirmen antes de llamar al timbre. Y, antes de que me acerque a pulsar, comienzan los estridentes ladridos de perro gozque. Llamo al timbre, comienza a abrirse la cancela automáticamente, y veo al autor de los ladridos, más o menos como una lenteja en tamaño y color. Ya se acerca también Jacinto a la cancela y me invita amablemente a que entre. Elogio el lugar y el dueño me lo muestra orgulloso, me señala algunos elementos concretos, construidos con sus propias manos. Llama a su señora, que está dentro de la casa, para que me salude. Yo, hecha la pregunta que me ha llevado hasta allí, procuro abreviar la visita, siempre al aire libre y sin aproximaciones físicas. Al salir, Jacinto me acompaña nuevamente hasta la cancela, y me dice que la próxima vez que vaya por allí, que llame al timbre. “¡Pero si he llamado!, yo pensaba que tú me has abierto al oír el timbre”. “No. Yo he oído ladrar al perro, ¿será que el timbre se ha averiado?” Pero comprueba que el timbre sí suena. Lo que pasa es que el gozque suena más.

Fuera dogmas

Lo más triste y aberrante
de la sociedad humana:
que haya gente que se afana
por acatar cada instante
unos dogmas. Que no aguante
tu mente esa sumisión.
Es la humana condición
ir errando y aprendiendo.
De la verdad el refrendo
lo da la comprobación.