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Lloraron los caballos

Empieza a tener copa verdirroja mi granado, los mirlos se comen el pienso de mi perrita, mis encantadoras vecinas –Mary, Nora– me llaman para preguntarme si necesito algo. Miro a mi calle y no pasea nadie; los pájaros se han adueñado del aire y la primavera se adelanta con la albura de los lirios y el bermellón de las rosas. Lo que estamos viviendo en estas horas es una pesadilla que al despertar no se desvanece. Presenciamos en directo con redes sociales, vídeos, telediarios una película de ciencia ficción sin extraterrestres, ni «etés» o encuentros en la tercera fase, pero que da más miedo.

Si nos hubieran dicho hace un mes que la mujer del presidente de Gobierno, un par de ministras, la presidenta de la Comunidad de Madrid, el president y el vicepresidente del Govern catalán, varios diputados y senadores iban a dar positivo en las pruebas del coronavirus hubiéramos pensado que eran exageraciones del guion, pero todo lo que se teme estos días termina siendo verdad. Se desploma la Bolsa, se hunden las compañías aéreas, se temen millones de parados y una explosión de la deuda. No nos habíamos imaginado a paracaidistas ayudando a los mendigos, a soldados llevando camas a las bibliotecas convertidas en clínicas o a la Guardia Civil requisando mascarillas o respiradores. Se van a cerrar las fronteras antes de que nos las cierren.

Se está haciendo una medicina de guerra. Se posponen las cirugías. Sigue el colapso en las UCI y ya nos vamos haciendo a la idea de que lo que vivimos no es invención sino un cataclismo, es decir, una hecatombe que afecta a todo el planeta. No esperábamos esta calamidad y, sin embargo, los desastres naturales han sido constantes a lo largo de la historia desde la extinción de los dinosaurios al final del Jurásico, cuando cayó un meteorito de 5 kilómetros de diámetro y provocó un incendio mundial. No se ha escrito tanto y tan bien como de la peste de Atenas, que llegó en los barcos al Pireo y acabó con un tercio de la población y con Pericles. El elegido estratego en 15 ocasiones fue procesado y acusado de malversación porque seducía a la plebe con repartimientos, subidas de jornal y les regalaba espectáculos. Al político modelo de demócrata, que hizo posible el siglo de oro de Atenas y culminó el Partenón con sus estatuas, lo acusaron de malversar el tesoro. Pero no murió por el castigo, sino por la peste. Lo escribe Plutarco: «En aquel tiempo, la peste acometió a Pericles. Cuando hubo muerto, sus caballos dejaron de comer y se dieron al llanto».

Una ejemplar decisión

https://www.elmundo.es/opinion/2020/03/15/5e6e9ed4fdddfff93c8b4617.html

Cesar a César

A César, el adivino,
insistente, le decía:
“Ay César, la profecía
me canta que el asesino
afilando está el hocino
para los virus de marzo”.
Y César, cuerpo de cuarzo,
al adivino responde:
“El asesino se esconde,
pero lo ve mi ojo garzo”.

El arranque de un libro

Introducción

Imaginemos un mundo sin instituciones. Es un mundo en el que las fronteras entre países parecen haberse disuelto, dejando un único paisaje infinito por donde la gente viaja buscando comunidades que ya no existen. No hay gobiernos, ni a nivel nacional ni tan siquiera local. No hay escuelas ni universidades, ni bibliotecas ni archivos, ni acceso a ningún tipo de información. No hay cines ni teatros, ni desde luego televisión. La radio funciona de vez en cuando, pero la señal es remota, y casi siempre en una lengua extranjera. Nadie ha visto un periódico durante semanas. No hay trenes ni vehículos a motor, teléfonos ni telegramas, oficina de correos, comunicación de ningún tipo excepto la que se transmite a través del boca a boca.

No hay bancos, pero no constituye una gran adversidad porque el dinero ya no tiene ningún valor. No hay tiendas, porque nadie tiene nada que vender. Aquí nada se produce: las grandes fábricas y negocios que solía haber han sido destruidos o desmantelados como lo ha sido la mayoría de los edificios. No hay herramientas, guardad lo que se pueda extraer de los escombros. No hay comida.

La ley y el orden prácticamente no existen, porque no hay fuerzas policiales ni judiciales. en algunas zonas ya no parece haber un claro sentido de lo que está bien y lo que está mal. La gente coge lo que quiere sin tener en cuenta a quién pertenece –de hecho, el sentido de la propiedad en sí ha desaparecido en gran medida. Los bienes sólo pertenecen a aquellos lo bastante robustos para aferrarse a ellos y a los que están dispuestos a defenderlos con su vida. Hombres armados deambulan por las calles, cogiendo lo que quieren y amenazando a cualquiera que se interponga en su camino. Mujeres de todas las clases y edades se prostituyen a cambio de comida y protección. No hay vergüenza. No hay moralidad. Sólo la supervivencia.

KEITH LOWE, Continente salvaje

Europa después de la Segunda Guerra Mundial

Traducción de Irene Cifuentes

Ed. Galaxia Gutenberg – Círculo de Lectores

Barcelona, 2012

Historiadores

No todo va a ser hablar –o escribir– acerca del coronavirus, o padecer su veneno. Venceremos al virus, y la solidaridad y cooperación a nivel mundial saldrán reforzadas.

Ahora lo que quiero es hacer una explicación de la explicación que fue mi entrada sobre El infinito en un junco, de Irene vallejo.

Mencionaba uno ahí a tres historiadores –Harari, Ferguson, Vallejo– cuya lectura le ha resultado de gran impacto: por su preparación, su capacidad de comunicación y por su honestidad y sencillez personal.

Esta tercera cualidad, aunque parezca que tiene poco que ver con el trabajo del historiador, es fundamental. Porque no es lo mismo que el autor parta de una posición ideológica, o política, muy definida, que si investiga y escribe desde su honesta, y humilde, perspectiva personal, siempre abierta a una posible modificación, a partir de los datos que va encontrando.

Es decir, un historiador es un intelectual independiente –valga la redundancia–, no está sometido a una escuela, a un partido político, a una ideología, a una teoría, a una religión.

Y el lector lo ve venir, presentarse con su bagaje de información, con su sensibilidad personal, su íntimo interés por esclarecer el pasado, su manera de contar y de escribir.

Si se suele decir, en literatura, que el ensayo es el hombre, por lo personal que es este género, una monografía histórica será un ensayo histórico o será un mamotreto de los que se hojean, se colocan en la estantería y se olvidan.

Un historiador no es un pontífice –y menos un acólito– de ninguna religión o poder, es un hombre –o una mujer– que ha investigado unos temas del pasado, y los expone desde su personalidad y perspectiva, y escribe con plena conciencia de que otros historiadores podrán venir después con otros datos y otra visión de ese pasado. Y así avanza el mundo.

Irene Vallejo, acosada en el cole

En los últimos años me han maravillado especialmente tres escritores, historiadores los tres: Yuval Noah Harari, Niall Ferguson y ahora (acabé ayer su lectura) Irene Vallejo, con El infinito en un junco.

Un libro entusiasmante y conmovedor desde el prólogo hasta los agradecimientos. Instructivo a tope, ameno todo lo que se pueda imaginar.
El primer estímulo para despertar mi deseo de leerlo fue, en El País, una columna de Juan José Millás titulada “Vallejo”; en la que, con su habitual riqueza imaginativa y verbal, confesaba haber encontrado en este libro, sorpresivamente, un territorio maravilloso a la vez que propio.
La autora dosifica con maestría la presencia de su propia vida en la exposición del tema, “La invención de los libros en el mundo antiguo”, según reza el subtítulo.

Cuán próxima se nos hace la historia con estas apariciones en escena de la profesora. Sí, profesora; porque, leyéndola, entran unas enormes ganas de volver a tener catorce años, y de tenerla a ella de profesora en el instituto.

Por ello, cuando llegamos al capítulo 86, penúltimo de la primera parte, y nos cuenta que fue una niña acosada y maltratada pro sus compañeros en el colegio, sentimos una desolación inmensa.

Copio ahora una secuencia, dos párrafos, de dicho capítulo:

Los perseguidores se repartían los papeles; uno era el líder, y otros sus fieles secuaces. Inventaban motes para mí; hacían imitaciones grotescas de mi aparato de dientes; me lanzaban esos balonazos cuyo golpe seco, cuyo aturdimiento todavía me parece sentir; me rompieron el dedo meñique en clase de gimnasia; disfrutaban con mi miedo. Los demás imagino que ni siquiera se acuerdan. Tal vez, escarbando en su memoria, dirían, bueno, le gastamos algunas bromas pesadas. Colaboraban precisamente así, con su indiferencia.

Durante el periodo más crudo, entre mis ocho y doce años, hubo otras marginadas; no fui la única. Una repetidora, una inmigrante china que apenas hablaba nuestro idioma, una chica exuberante con la pubertad adelantada. Éramos los ejemplares débiles de la manada, que el depredador observa y aísla desde lejos.

La décima que apareció aquí ayer, “La libertad, Sancho” (Don Quijote II, 58), era un intento de evitarme esta entrada de hoy (lamento haber llegado a este grado de decimanía: si tengo que escribir algo, o lo meto en una décima, o no lo escribo).

Un intento. Tenía que explicar mi posición de forma algo más clara. Si queremos que no haya acoso ni violencia en colegios e institutos, tenemos que crear un sistema educativo en el que los niños y los adolescentes se sientan libres –e iguales–, en el que decidan a qué clases y actividades asisten, y a cuáles no; y asuman su responsabilidad en el resultado. Si lo que les hemos creado es un régimen de plato único –e igual– para todos, de represión, de prohibiciones, de obligaciones, de encierro carcelario, de odiosas comparaciones, de suspensos y broncas, no nos extrañe que los sentimientos de algunos de ellos –no hace falta que sean los de muchos para que envenenen el ambiente– se pudran y se conviertan en rencor, agresión, maldad, daño para los más inocentes.

Yo a la escuela faltaba mucho: o porque hacía rabona (así lo llamábamos entonces) o porque mi padre me mandaba cualquier tarea en el campo. Compartíamos la idea de que, una vez que sabías leer, escribir y “las cuatro reglas”, ya la escuela era tiempo perdido.

Había peleas en nuestra escuela; y tortas y varazos del maestro. Yo me llevé una buena tunda por llamarlo, en voz alta y en tono de reproche además, por su mote. Por supuesto, allí no había niñas: sólo cabezones.

Pero la épica de las peleas estaba fuera, en las eras del pueblo sobre todo, y tampoco en ellas había niñas: era otro mundo, muy diferente del que fue llegando con el desarrollo y después con la democracia.

Para mí acabó pronto aquel ambiente: cuando el nuevo cura párroco nos tomó a unos cuantos bajo su égida (poco después algunos estábamos en el seminario).

Concluyendo. La vida (y los libros, claro) me ha enseñado que todos, o casi todos, llevamos un mal bicho dentro, que se despierta cuando se dan las circunstancias adecuadas. Hay que evitar que eso ocurra, de la mejor manera posible. Y en los centros educativos, ello supone respetar mucho más la libertad, la idiosincrasia y la responsabilidad de los alumnos.

La libertad, Sancho

La educación no va bien.
Si quieren que el joven sea
responsable, su tarea
ha de asumir cien por cien
convencido. No le den
un centro penitenciario
para que en él, a diario,
aprenda a ser ciudadano.
Sin la libertad, hermano,
toda vida es un calvario.