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Ayer y hoy

De joven profesé de anacoreta.

Yo detestaba el siglo. Hice voto

de ignorarlo por siempre. Y, pronto roto

ese voto, fui profe, no profeta.

Combatí la bacteria Analfabeta,

que hace a un hombre un tonto muy devoto

de un listo que aparenta un terremoto

y no tiene otra dote que su jeta.

Ahora soy un pureta jubilado,

solitario, cerril, medio chiflado,

lector y observador meditabundo.

Cercano siempre y siempre en las afueras,

atento a realidades y a quimeras;

un prójimo lejano de este mundo.

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Romper el huevo

Son dos escenas, o dos acciones, muy diferentes: la de romper el huevo desde dentro y la de romperlo desde fuera.

Lo rompe desde dentro el pollito que quiere, necesita, salir al aire y a la luz. Presenciar esta escena en vivo y en directo es asistir a un momento hermoso, especialmente hermoso.

Yo me crié en el campo, como los pollos. Mi madre criaba hijos y criaba pollos, así que el momento solemne de la rotura del cascarón me fue familiar casi desde que yo rompí el mío.

Lo mismo que me fue familiar y cotidiana la misteriosa escena subsiguiente: el primer alimento que mi madre proporcionaba a los recién salidos de su cascarón, eran miguitas de huevo hervido, que ellos picoteaban entusiasmados. Caso inquietante, aunque yo entonces no lo pensaba, de canibalismo precoz.

Romper los huevos desde fuera es otra cosa. No sé qué edad exacta tenía yo cuando lo hice por primera vez, quizá andaría por los veinte; he ido siempre con bastante retraso en cuanto a tareas culinarias. Después he roto muchos: el huevo frito es el plato en el que nos especializamos los que no aprendemos nunca a cocinar. Lo que no he hecho nunca ha sido cascarlos con una sola mano, con ese movimiento ágil, delicado y rápido de los verdaderos cocineros. La primera vez que lo vi hacer, en la cocina del Hotel Andalucía de Lanjarón, me quedé maravillado. De eso hace casi medio siglo.

También, para romperlo desde fuera, hay un modo subrepticio y sutil, más propio de depredadores que de cocineros: un minúsculo agujerito en cada extremo, y a sorber tan ricamente.

Lo cual nos lleva, inevitablemente, al primer encuentro de Juanito Santa Cruz y Fortunata, en esa obra de Don Benito que debería ser inexcusable para cualquier vida en castellano. El narrador nos dice que la chica, al ver al buen mozo, se esponja como gallina. Leamos el pasaje:

Pensó no ver nada y vio algo que de pronto le impresionó, una mujer bonita, joven, alta… Parecía estar en acecho, movida de una curiosidad semejante a la de Santa Cruz, deseando saber quién demonios subía a tales horas por aquella endiablada escalera. La moza tenía pañuelo azul claro por la cabeza y un mantón sobre los hombros, y en el momento de ver al Delfín, se infló con él, quiero decir, que hizo ese característico arqueo de brazos y alzamiento de hombros con que las madrileñas del pueblo se agasajan dentro del mantón, movimiento que les da cierta semejanza con una gallina que esponja su plumaje y se ahueca para volver luego a su volumen natural.

Juanito no pecaba de corto, y al ver a la chica y observar lo linda que era y lo bien calzada que estaba, diéronle ganas de tomarse confianza con ella.

-¿Vive aquí -le preguntó- el Sr. de Estupiñá?

-¿Don Plácido?… en lo más último de arriba -contestó la joven, dando algunos pasos hacia fuera.

Y Juanito pensó: “Tú sales para que te vea el pie. Buena bota”… Pensando esto, advirtió que la muchacha sacaba del mantón una mano con mitón encarnado y que se la llevaba a la boca. La confianza se desbordaba del pecho del joven Santa Cruz, y no pudo menos de decir:

-¿Qué come usted, criatura?

-¿No lo ve usted? -replicó mostrándoselo-. Un huevo.

-¡Un huevo crudo!

Con mucho donaire, la muchacha se llevó a la boca por segunda vez el huevo roto y se atizó otro sorbo.

Fortunata y Jacinta (Primera parte, cap. III)

Fortunata, “gallina” que rompe apenas el huevo para comérselo crudo. ¿Tiene la escena algún simbolismo dentro de la obra? Léanla ustedes, si quieren, y opinen.

Gozo y pena

Afán de gozo nos rige.

Hemos venido a triunfar

como ancho brazo de mar

que a la tierra se dirige.

Pero luego nadie elige

para sus ondas la vía.

A poco que uno se fía,

fuerza de amor lo encadena.

Mas si ha valido la pena,

esa pena es alegría.

Títulos

A los títulos de mis cuadernos de poemas me refiero; a los cuales no llamo libros puesto que no están, ni llevan camino de ello, editados como libros.

Si el visitante de este blog abre la pestaña de nombre Versos, verá que aparecen los títulos de nueve cuadernos:

-Eternamente

-Recogido en la playa

-Cuando llega el dolor

-Calendario de otoño

-Cálamo cano

-Haz de leña

-Pasatiempos

-Grajo gris

-Frutos secos

El titulado Sonetos no cuenta, pues los sonetos que recoge han ido apareciendo, cada uno en su momento, en los otros cuadernos. El cuaderno en el que actualmente guardo los versos que escribo, muchos de ellos ya presentados aquí, en Certe patet, se titula Pureta pirado.

Hace ya bastantes años, no sé cuántos, ideé, como título general para todos ellos, el de Antofonías, que, aunque en principio sólo quería significar “los sones de Antonio”, tiene también ciertas resonancias litúrgicas -parecido a antífonas– y de artilugio particular, como greguerías.

Pero, en los últimos meses transcurridos, se ha ido imponiendo en mí el deseo de titularlos Algos. La referencia literaria que contiene tal palabro se encuentra en Don quijote, II, 29.

Hace poco aparecía en el periódico El País una entrevista a Francisco Rico, en la cual decía dos cosas que me llamaron especialmente la atención:

-Yo ya no leo el Quijote, me lo sé de memoria (cita de ídem, como la siguiente).

-A los que se proponen leer el Quijote les recomiendo que empiecen por la segunda parte.

Pues bien, yo, autorizándome en Rico, sugiero ahora, a quien estas líneas lee, que lea el capítulo 29 de la segunda parte; y a lo mejor le resulta tan divertido y sabio que sigue y sigue, y pasa de II, 74 a I,1; y cuando quiere acordar, se ha metido en el alma la magna obra de nuestras letras.

Mejor eso que leer las poesías de Antoñico el gojareño, dónde va a parar.

De todas formas, ahí están mis versos. He escamoteado, o censurado, o excluido, los dos primeros cuadernos (Nictario de caracol y Albores): por humanamente inmaduros, insoportablemente quejumbrosos y técnicamente descuidados. Aunque, quién sabe, quizá literariamente los mejores.

Todos los poemillas que he escrito a lo largo de mi vida, para mí, personalmente, han tenido un valor: el de hacer que me sienta mejor, más contento conmigo mismo. Un valor terapéutico, o literapéutico, por tanto.

Cuando yo muera, en ellos quedará bastante más de mí que en mi cadáver (que bien podría ser almuerzo para las aves de rapiña o pienso para el ganado), y serán bastante más fácilmente conservables, si eso a alguien le interesa: tal vez ocupen menos memoria informática que una simple fotografía.

Y si a nadie interesan, comprendo que nada más lógico: al final, el ancho olvido es el agujero negro que a todos nos aguarda.

Páginas finales de un libro

No puede negarse que Occidente aparenta ser, en estos momentos, la civilización de mayor éxito del planeta. Los derechos del individuo garantizados por ley y la democracia parlamentaria, la propiedad privada y la libertad de mercado y la clara separación entre la dimensión religiosa y la política, principales señas de identidad del mundo occidental, constituyen el modelo en el que se miran los pueblos del mundo, tal como desearon las potencias vencedoras en 1945. La extensión efectiva de la sociedad de consumo y, por su mediación, de los valores occidentales, la influencia económica y, si es necesario, incluso la intervención militar directa se han venido usando con el fin de que así fuera desde el término de la Segunda Guerra Mundial, al menos allí donde las naciones occidentales, y sobre todo, los Estados Unidos de América, han tenido capacidad para hacerlo. Por convencimiento o de forma más o menos inconsciente, los derechos humanos, la democracia, el libre mercado y la secularización de la sociedad siguen ganando terreno día a día en Asia oriental y meridional, en Europa del Este, en Iberoamérica e incluso, con mayores dificultades y en menor grado, entre las naciones africanas. Millones de seres humanos, año tras año, arriesgan sus vidas animados por la esperanza de encontrar en Occidente la libertad y el bienestar que no les ofrecen sus países de origen y, en su mayoría, terminan por abrazar los valores de la tierra que los acoge, ya sean ellos mismos, sus hijos o sus nietos. Las fuerzas de la modernidad, al menos tal como se entiende ese concepto en Occidente, son poderosas y continúan avanzando.

Los últimos años, sin embargo, han demostrado que el triunfo de la democracia parlamentaria y el capitalismo está resultando un poco más problemático de lo que se preveía. La integración en los países receptores de muchos inmigrantes pertenecientes a determinadas culturas resulta más trabajosa de lo que a veces se piensa. Además, en numerosas ciudades europeas y norteamericanas, la inmigración no equivale a integración y prosperidad, sino a marginación y miseria. Los recién llegados, muchos de los que llevan ya décadas en el país de acogida e incluso buena parte de los que han nacido en él permanecen apartados de las ventajas que las democracias occidentales garantizan a sus ciudadanos, siguen abrazados a sus valores y tradiciones y, en ocasiones, incluso reaccionan con notable violencia contra la sociedad que parece rechazarlos.

Pero más elocuente es lo que sucede en los propios países de origen de los inmigrantes. Algunas naciones, entre ellas la populosa China, en la que habita uno de cada cinco seres humanos, impugnan sin dudar la sedicente universalidad de los valores occidentales, sin excluir siquiera de su rechazo la democracia y los derechos humanos, y tratan de igualar tan sólo su desarrollo económico y su progreso técnico. Otros estados, como Rusia, que alberga alrededor de ciento cuarenta millones de personas, y la práctica totalidad de las naciones africanas, parecen afrontar notorios problemas para alcanzar la modernidad, aun deseándola en todas sus dimensiones. Pero el problema más grave parece provenir del mundo musulmán.

El problema esencial se encuentra en dilucidar si la civilización islámica puede evolucionar hacia un estadio en el que resulten compatibles la modernidad y el mahometismo. Uno de los rasgos básicos de la cultura occidental y, por ende, de la modernidad, es la nítida separación entre religión y política. En un régimen democrático, el Estado no tiene, ni puede tener, confesión religiosa alguna, ni tampoco abrazar una corriente ética concreta más allá del compromiso genérico con la preservación de los derechos humanos fundamentales, entre los que ocupa un lugar destacado el de elegir y practicar una religión y una moral determinadas. Para el islam, sin embargo, resulta impensable un Estado neutro en materia religiosa, sencillamente porque no existe dimensión alguna de la existencia humana que pueda entenderse ajena a la religión. Por ello, los países musulmanes devienen impermeables en muy alto grado al materialismo, el hedonismo y el relativismo moral que acompañan por doquier a la modernidad, incluso cuando, por efecto de la exportación masiva de petróleo, sus sociedades han alcanzado un importante nivel de riqueza; pero también, y parece que en no menor medida, a la democracia y las libertades individuales. Quizá por ello, sus países generan el mayor número de fanáticos terroristas dispuestos al martirio por atentar contra Occidente, al que consideran la diabólica encarnación de todo mal. Si existe un argumento sólido en contra de la convicción de que el mundo entero avanza hacia la comunión universal con la visión de las cosas propia de la civilización occidental, es la contumacia con que las sociedades islámicas se aferran a sus señas colectivas de identidad.

Es por ello por lo que el pasado reciente, y puede que el inmediato futuro, aparecen definidos ante nuestros ojos con unos perfiles más semejantes a lo que el célebre politólogo de la Universidad de Harvard Samuel P. Huntington denominó “choque de civilizaciones” que a la victoria sin matices de occidente que profetizara Francis Fukuyama en su popular ensayo. Pero las dificultades no se deben tan sólo a la profunda y visceral reacción antioccidental de sectores de población muy amplios fuera de Europa y Estados Unidos, como ha apuntado Huntington, sino a la evidencia de que el mismo Occidente parece sufrir una profunda crisis de identidad. Y si esto es cierto, el futuro inmediato de la dignidad del individuo, la democracia parlamentaria y la economía de mercado podría ser morir de éxito.

No es exagerado afirmar que la sociedad occidental languidece en nuestros días adormecida por el narcótico de la opulencia. El desarrollo económico, que fue posible gracias, entre otras cosas, a la extensión de los valores que han hecho de occidente lo que es, puede ahora causar su destrucción. Y no porque riqueza y libertad sean incompatibles, sino porque la riqueza ha tenido como efecto colateral e indeseable minar las bases de la libertad. Como de algún modo le sucedió a la civilización romana en los últimos siglos del Imperio, y sin necesidad de compartir las jeremíacas profecías de Huntington acerca de la decadencia moral, el suicidio cultural y la desunión política de Occidente, sí es posible apreciar en el presente ciertos síntomas preocupantes y quizá similares a los que han jalonado en el pasado la lenta marcha de las civilizaciones hacia la decadencia.

Una prueba convincente de la pérdida de fe en sí misma en la civilización occidental es el creciente descrédito que parecen sufrir la democracia y sus instituciones. Tanto en los Estados Unidos de América, en mucho mayor grado, como en la misma Europa, disminuye día a día el interés de los ciudadanos en la política; la participación en las consultas electorales decrece; la afiliación a partidos y sindicatos se reduce, y sólo parece incrementarse la dificultad para percibir diferencias entre las opciones. Todo ello va extendiendo la idea, sin otra alternativa aparente una vez que se ha hecho evidente el fracaso histórico del comunismo soviético, de que todos los líderes políticos son iguales y actúan movidos más bien por intereses personales que por el deseo de servir a la colectividad. Esta actitud, sin embargo, podría disfrazar el pretexto tras el que una sociedad embotada por la opulencia y el materialismo oculta su escasa disposición a ejercer con responsabilidad las funciones propias, y a menudo gravosas, de la ciudadanía consciente y responsable.

Por desgracia no se trata de un hecho aislado. La desaparición progresiva de la ética basada en el esfuerzo y el compromiso ha infectado todos los ámbitos de la vida. Las famosas palabras de John F. Kennedy que aconsejaban a los jóvenes no usar su tiempo como una hamaca, sino como una herramienta, resultan hoy poco atractivas para las nuevas generaciones crecidas en la abundancia fácil. Los medios de comunicación, siervos sumisos de la imparable maquinaria del consumo, siembran sin miramientos en las conciencias cada vez más indefensas valores radicalmente opuestos a los que se suponen propios de la democracia occidental. El materialismo sin disfraces, la búsqueda del placer fácil y rápido, el rechazo visceral del compromiso y el culto desmedido al dinero parecen ser las pautas reales de comportamiento en las que la sociedad occidental educa a sus hijos. Y la asimilación acrítica de ciertas ideas tenidas por políticamente correctas no ayuda demasiado a evitarlo. En especial, va arraigando de manera inconsciente en la mayoría de la población una sorprendente y errónea identificación entre la tolerancia moral y el relativismo ético que olvida que el respeto a las ideas de otros en modo alguno equivale a la falta de ideas propias. Si la primera es connatural a la democracia, el segundo no lo es, porque priva a la colectividad que lo sufre del eficaz elemento de coherencia que nace de la posesión de unos valores compartidos y porque, sobre todo, convierte en imposible la tarea de socializar a las nuevas generaciones.

Pero el relativismo alcanza el máximo de su potencial disgregador cuando se une al complejo de culpa. Durante las últimas décadas ha llegado a convertirse en un lugar común la necesidad de pedir perdón al mundo por el daño que occidente le ha hecho. Esa actitud, en sí misma, no es mala; es más, se trata incluso de un rasgo propio de nuestra cultura, la única que ha producido una conciencia crítica lo bastante fuerte para superar un tanto el etnocentrismo característico de toda civilización. Pero una cosa es denunciar cuanto de malo ha hecho y hace Occidente y otra bien distinta renunciar a defender cuanto tiene y hace de bueno en un mundo en el que los derechos humanos, la libertad y la democracia siguen siendo, por desgracia, más la excepción que la regla.

Por último, el declive de Occidente parece alcanzar también a la economía. En los primeros años del siglo xxi, los índices de crecimiento alcanzados por algunos grandes países asiáticos y americanos, en especial China, la India y Brasil, multiplican varias veces los tímidos progresos que exhiben Estados Unidos y Europa. Su penetración en los mercados y, en consecuencia, su porcentaje de participación en el comercio mundial no han hecho sino incrementarse en detrimento de los países occidentales. Su progreso tecnológico en sectores relevantes como las telecomunicaciones, la informática o incluso el aeroespacial se hace cada vez más evidente. Y la crisis iniciada en 2008, quizá la más profunda de la historia del capitalismo, no ha servido sino para acelerar el proceso. A diferencia de lo ocurrido en otras ocasiones, han sido los denominados países emergentes los que menos han sufrido el impacto de la depresión, que en el caso de China incluso ha permitido alimentar unos índices de crecimiento económico superiores a los ya muy altos que venía registrando su producto interior bruto en las últimas décadas del siglo xx, hasta llegar al recalentamiento.

Así las cosas, el futuro inmediato de la humanidad plantea muchas incertidumbres, pero también alguna certeza. El desarrollo de estas naciones, que suman en conjunto una cifra próxima a la mitad de la humanidad, pone en tela de juicio el modelo actual de desarrollo, que sólo puede conducir a corto plazo al agotamiento de los recursos estratégicos y a una feroz competencia por los restantes que pondría en peligro la paz mundial y la supervivencia misma de la especie. En este contexto, y en el marco de una sociedad internacional cada vez más multipolar, no sólo en lo político y lo económico, sino también en lo social y lo cultural, Occidente, y en especial Europa, lejos de adoptar una actitud de despreocupación irresponsable o aferrarse a una superioridad que ya no podrá sostener por la fuerza, deberá esforzarse por compatibilizar la defensa de los valores que son, a un tiempo, universales y propios de Occidente con el respeto a las creencias de otras civilizaciones, cada vez más pujantes y no siempre dispuestas a asumir sin más las formas de vida occidental. No caben ya imposiciones. El único camino posible es el diálogo y el respeto entre las diferentes culturas desde un firme compromiso colectivo con la paz y el progreso de la humanidad en su conjunto. En nuestras manos está lograrlo. Si no lo hacemos, una nueva Edad Media, mucho más oscura y prolongada que la que sobrevino en Europa tras la caída del Imperio romano, podría cernirse sobre nosotros. Y en esta ocasión quizá no habrá un Renacimiento esperándonos a la salida.

Luis E. Íñigo Fernández, Breve historia del mundo

Ed. Nowtilus, 2011

Cap. 9. ¿El fin de la historia?

 

 

Balcón de Alma

En el balcón de Alma (16-01-16)

Hazañas domésticas

Porque con frecuencia son tema de conversación los accidentes domésticos sin tipificar, o sea, sin distinguir los que se producen en el desarrollo de una acción rutinaria, sin dificultad aparente ni peligro alguno, de los que tienen lugar en la realización de tareas que entrañan riesgo en mayor o menor grado. No es el mismo riesgo el de caer al vacío por o desde una ventana que el de despellejarse un trocito de dedo con el rallador.

Ya sé que hablar de los peligros que nos acechan en casa es algo que suena a limitado, pobre, gris. Pero este ámbito es parte esencial de casi cualquier vida. Y recordemos: donde el cuerpo, el peligro.

Además, para hablar de los peligros que se ciernen (lleguen o no a golpear) por el ancho mundo, están los periódicos, las televisiones y los blogueros intrépidos y aventureros. Este, en cambio, es el blog de un profe de lengua y literatura jubilado.

Anteayer, por ejemplo, estaba un servidor enfrascado en su sección de lectura matutina cuando sonó un ruido extraño y próximo. Pero no tan neto y definido como para que identificara su origen: me pareció proceder de la casa de los vecinos. Craso error. Cuando inspeccioné mi entorno con intención de asegurar el perímetro, pude ver que la persiana del cuarto en que estaba, y ahora estoy, se había desplomado por la rotura de la cinta. Sin peligro alguno para mi persona, bien es cierto. Yo no estaba asomado a la ventana ni la persiana cayó sobre mi cuello como una guillotina. ¿No había peligro entonces? No lo había; solamente un bloqueo absoluto para la luz solar. ¡Ah! Pero habrá que cambiar la cinta, y he ahí la hazaña doméstica. No la de comprar la cinta en la ferretería, claro que no. Sino la de instalarla. Tendré que subirme a la escalera de mano. ¡Ah, la escalera de mano! De ella me caí cuando estaba instalando estas estanterías que ahora me rodean. Ocurrió, por tanto, hace veinte años. Caí y, cuando choqué contra el suelo, con todo el cuerpo a la vez, sentí que me había matado. Por suerte me levanté, me sacudí y comprobé que no tenía fractura ni magulladura. Seguramente había sido eso lo que me había salvado: golpear el suelo con todo el cuerpo a la vez, con lo cual se repartió y se aminoró el impacto. Eso y tener veinte años menos que ahora.

No obstante, yo he seguido poniendo los pies en la escalera de mano cada vez que ha hecho falta, con algún que otro susto que no ha pasado de tal.

En fin, la cinta ya ha sido repuesta, no obstante algunas incidencias por las que asomó su mirada oscura la tragedia. La hazaña doméstica ha sido llevada a cabo con éxito.

A saber en qué consistirá la próxima. Lo que sí sé es que yo, que nunca he tenido manos de menestral sino manos educadas por curas (para coger con primor objetos litúrgicos, o la estilográfica para la escritura de asientos en los libros de registro parroquial), cada año o cada mes, voy a estar más torpe para este tipo de empresas: torpe de manos, de vista y de pies.

Así que no hace falta salir de casa para constatar que la vida es milicia; y que al soldado que llega a convertirse en veterano, porque no ha muerto antes en combate, no le queda otro futuro que una oscuridad como la que se produce cuando se rompe la cinta de la persiana.