• Páginas

  • Archivos

  • enero 2026
    L M X J V S D
     1234
    567891011
    12131415161718
    19202122232425
    262728293031  

Paco y yo

Mi amigo Paco es la persona a la que más admiro.
Aunque criados en el mismo pueblo, no hubo amistad entre nosotros en las primeras fases de la vida: le llevo unos quince años.

Paco, por un desgraciado percance sanitario, perdió mano y brazo izquierdos cuando aún era muy niño, no había llegado a los diez años, creo recordar.

Cómo aquella desgracia lo llevó a una reacción de superación que lo convirtió en un manitas es algo misterioso, casi milagroso. Muy pronto se montó su taller, en el que arreglaba motos y bicis. Ajenas y propias, porque también ha sido siempre ciclista y motero de todo tipo de máquinas. Las adaptaba y adapta él mismo para tener todos los mandos en la mano derecha.

Hace ya bastantes años, en los veranos, libre yo de clases y demás tareas académicas, salíamos con frecuencia con las bicis: él, su hermano y yo. Y no evitábamos las rutas duras y escabrosas, al contrario; y Paco era siempre el más hábil al sortear los obstáculos, el más fuerte a la hora de acometer una subida.

Desde hace muchos lustros, Paco es el motorista municipal, funcionario del Ayuntamiento. Pero desde muy jovencillo tuvo otros trabajos que a priori hubieran parecido inadecuados para su discapacidad; error total: pronto demostraba ser más diestro que cualquiera en la conducción, en las faenas agrícolas, en lo que se terciara.

Ver a Paco trabajar en su taller es asistir a un prodigio de habilidad, limpieza y precisión. Y todo con la sencillez y naturalidad de quien no está haciendo nada extraordinario, sino sólo lo que tiene que hacer, con tranquilidad y buen humor.

Pero bueno, el título que he elegido para la presente entrada requiere que ahora escriba algo más acerca de mí, para no aparecer aquí sólo como testigo de la valía de mi amigo.

Cuando yo tenía once años y el cura me reclutó, junto con otros niños, para monaguillo (acólitos nos llamaba él) empecé a destacar como buen estudiante. Y en los cinco cursos de seminario, además de seminarista devoto y convencido, fui un estudiante de máximas calificaciones.

Pero dejé el seminario, volví al humilde hogar de mis padres, a un ambiente familiar que se me había quedado pequeño, que me resultaba mezquino y asfixiante.

Mi capacidad intelectual se bloqueó, esa fue mi reacción psicológica en aquel ambiente familiar, esa fue mi autoamputación inconsciente, mi neurosis. Seguí siendo un estudiante, no abandoné; pero si yo había sido un río, un joven torrente que baja alegre de la montaña, ahora mis aguas habían encontrado una presa que les cerraba el paso. Empecé a discurrir con las míseras aguas que lograban evadirse por algunas grietas de aquella presa.

No obstante, con aquellas penosas energías intelectuales, con aquellas tristes escurriduras, terminé el bachillerato, hice el PREU, terminé la licenciatura en Filología Románica, todo ello permaneciendo bajo el mismo techo que mis padres, y me fui a la mili.

Siempre con una obsesión: cuando acabara mi etapa de soldado no volvería por nada al hogar familiar.

Aunque sí, al cabo de unos tres años volví, pero ya estaba curado, con una breve ayuda de psicoanálisis había roto la presa y mis aguas volvían a fluir.

Pero habían sido diez años de bloqueo cuando aún estaba en la edad del crecimiento biológico y fisiológico. Diez años con el órgano afectivo-intelectual amputado, autoamputado.

Después de mi curación, de mi toma de conciencia freudiana, de mi caída del caballo sauliana, cada día de mi vida he sentido que seguía creciendo.

He aquí otra diferencia respecto a mi amigo Paco: seguramente él no tiene esa sensación de que su brazo perdido le está creciendo. Pero yo, que sí la tengo, que sí la he tenido desde que tenía 27 años y ya voy a cumplir 72, ¿cuánto he crecido realmente desde entonces?

Tengo que concluir. Creo que mis limitaciones me han llevado a la autoexigencia, y la autoexigencia a la plenitud, a una plenitud siempre incompleta.

Ahora ya estoy en la etapa final. A ver si consigo vivirla con buen tino, lo que sin duda me será más fácil si sigo contando con la ayuda mecánica y afectuosa de mi amigo Paco.

Ministros

Si Zapatero resultó un nefasto primer ministro, qué decir de sus segundos, de muchos de sus segundos. ¡Y sus segundas! Aquellas ministras Vogue, la crème de la progresía glamurosa.

Luego vino el premier Rajoy. El cual lo único que va a hacer bien es irse a finales de año. ¿O no se irá? Debemos animarlo para que complete la ruta jacobea siguiendo la variante que pasa por el estrecho de Bering. A pie, naturalmente, con bordón y vieira. Y no digamos nada de los segundos de Rajoy: veteranos curtidos en mil lides políticas, diplomáticas, académicas. Menuda pandilla de veteranos. Tenía que tenerlos el Imserso acuartelados en una residencia para carcamales insignes. Asistidos por la orden de las Monjitas Malaúva.

Puesto que estamos en precampaña, hay que empezar a exigir que todo el que aspire a ser Presidente del Gobierno presente, con su nombre a la cabeza, la lista de los que van a ser sus ministros, con el nombre de la cartera que van a gestionar, para que en la campaña den la cara, expliquen lo que pretenden llevar a cabo y cuánto nos va a costar a los estúpidos contribuyentes.

Porque la presentación a posteriori del equipo -¡Sorpresa…!- es arbitrariedad, abuso, opacidad, chulería y depestismo. Y una cabronada.

¿Que hay que cambiar también en eso la Constitución? Pues se cambia. Por ejemplo: donde dice El candidato propuesto conforme a lo previsto en el apartado anterior expondrá ante el Congreso de los Diputados el programa político del Gobierno que pretende formar y solicitará la confianza de la Cámara… que diga: El candidato propuesto, acompañado de su equipo ministerial, expondrá, con la colaboración de todos sus ministrables…

La práctica vigente de poner y quitar ministros a voluntad del presidente, en plan él se lo guisa él se lo come, es un residuo sólido de monarquías absolutas, y dictaduras militares al estilo de la de Franco -y su motorista del El Pardo-.

Y no se despide o se cambia un ministro como se despide o se cambia -o no se cambia- un jardinero. Los ministros son «miembros del Gobierno». Y un cuerpo no funciona bien cuando se le amputa un miembro; ni se le encuentra un repuesto por arte de birlibirloque. Así que se van todos, con el Presidente a la cabeza; y se convocan elecciones gubernativas.

Mi pie derecho

No hace honor a su nombre: más bien es un pie torcido en alguna de sus partes vitales. Y, por contagio, me está torciendo la vida entera.

Fui al médico de cabecera -primer fallo: debí haber ido al médico de pies-, el cual me dijo que tomara… ibuprofeno; que podía tomar cuatro al día.

Segundo fallo: sólo he tomado cuatro al mes.

Hoy tengo cita con el traumatólogo, aunque no muchas esperanzas de que él sí me encuentre un remedio.

Lo más probable es que, viendo mi edad y mi aspecto, me diga que ánimo, que sólo me duele un trocito pequeño del cuerpo. «No te duelen los ojos ni los oídos; por tanto, puedes leer las novelas de Philip Roth y escuchar las sinfonías de Schubert». Quizá me diga que ande con bastón: eso ayuda y es elegante.

-¿Y tengo que seguir prescindiendo de las bicicleta, doctor, precisamente ahora que están llenando la ciudad de carriles bici?

-A tu edad, muchacho, la bici está contraindicada. Porque una caída, te rompes el otro pie, y pasas directamente del sillín a la silla de ruedas.

Habrá que consolarse pensando en el refrán que decía la vieja Celestina: «Viva la gallina con su pepita». Incluso con sus pepitas; porque esta será una enfermedad crónica más, que se suma a las que ya son veteranas, y tan familiares como parte de la familia misma. Enfermedades que llegaron por transmisión genética unas, por desafortunada coyuntura otras.

Y para mí que esta del pie «derecho» va a tener su origen en los excesos: exceso de pasos y exceso de peso.

En fin… A ver lo que diagnostica el traumatólogo.