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Sistema educativo

Desde la LOGSE (1990), no ha hecho sino empeorar. Y actualmente, con la ausencia de diálogo entre los dos grandes partidos, imposible consensuar una ley que enderece el desafuero.

Hablo, escribo, desde mi posición de profe que lleva ya una década jubilado, pero al que siguen doliendo los desaguisados, siempre crecientes, en la educación secundaria. Procuraré ser breve.

Uno: profesorado. Tiene que poseer la formación adecuada, y demostrarlo en un proceso de oposiciones y en un curso de prácticas. Pero a continuación, la Administración no puede seguir tratándolo como a un sospechoso, sino como a un profesional competente. Cargarlo de tareas burocráticas y de normativas absurdas es un estúpido abuso.

Dos: institutos. Evitar los centros mastodónticos a los que concurren alumnos de entre doce y veinte años. Demasiadas diferencias de edad y desarrollo para una fluida convivencia.

Tres: grupos de alumnos. Adecuados los de entre 20 y 25 alumnos, o más reducidos, pero nunca mayores. Y tienen que ser homogéneos. Juntar alumnos de muy diferente nivel académico o de muy diversa actitud ante sus obligaciones estudiantiles sólo trae perjuicios para todos.

Cuatro: exigencias. Los alumnos tienen que asimilar que ser estudiantes de un centro público conlleva una serie de obligaciones: tanto de respeto entre todos y especialmente ante los que ejercen la autoridad, como ante las tareas académicas. Las faltas graves se penalizan con multas, sí, económicas, que habrán de abonar los padres. Sólo dos veces: a la tercera el alumno debe ser expulsado, quedando a la entera responsabilidad de los padres el buscarle otro centro que lo admita.

Cinco: libros de texto. Sólo puedo referirme a los correspondientes a las asignaturas que imparten los departamentos de Lengua y Literatura (la verdad es que no sé si esos departamentos siguen existiendo o si ya los han convertido en batiburrillos inservibles). En esas décadas de disparates docentes han ido engordando como si quisieran convertir a los alumnos en acémilas. Deben ser escuetos, ordenados y claros. Y bien corregidos y revisados, y no con una variedad de erratas que producen vergüenza ajena. Y deben dejar al profesor las tareas que son del profesor. Los libros no explican, ni comentan, ni evalúan: eso es trabajo del profesor.

Seis: jornada académica. La de seis clases en una mañana, separadas en dos bloques por un recreo de media hora, es monstruosa. No digo más.

Siete: medios tecnológicos. Cada profesor tiene que ir viendo los que necesita y los que el centro le brinda. Personalmente fui muy parco en sus usos. En cuanto a móviles…

Libertad y exigencia

Ayer comenzó la Selectividad en Andalucía, las pruebas para los estudiantes que han terminado 2º de Bachillerato y quieren acceder a la Universidad. Y pienso: ya han pasado siete años desde que me jubilé y dejé para siempre de participar en tales lides. Cómo no voy a estar viejo y achacoso, si ya lo estaba entonces. Y me acuerdo de los compañeros más veteranos, que aún siguen dando el callo en el instituto; los cuales en lo que más piensan es en su ya cercana jubilación. ¿Qué ha pasado para que una profesión tan noble, bella y respetada se haya convertido en un trabajo tan achicharrante?

Desde que se implantó en España la LOGSE, y la ESO, hace ya treinta años, la enseñanza ha ido a peor de una manera evidente, sin que ello haya propiciado que los políticos, los en el Gobierno y los en la oposición, con la colaboración de todos los expertos en la materia, inicien, elaboren y concluyan un proyecto educativo consensuado y con futuro.

Y no va a ser la crisis de la pandemia, ni los cursos y clases por internet, lo que arregle tan magno desaguisado.

Quizá, me temo, ni España, ni la Europa del desarrollo, la democracia y la vida fácil, tienen otro futuro que no sea el de la decadencia.

Pero el mundo seguirá avanzando, no pedemos saber hacia dónde. La globalización es algo que ya parece imparable. Y lo mismo la degradación del medio ambiente, y el cambio climático. ¿Seguirá creciendo, a nivel mundial, la población humana? ¿Ocurrirá que la generalización de la libertad e igualdad de las mujeres frenará las ganas de meterse en maternidad, de parir hijos para el paro?

Pero bueno… Yo lo que quería era sintetizar mi arbitrio (acepción 4ª en el DLE) sobre la educación. Y digo lo siguiente:

Vuelta a la EGB (Educación General Básica) hasta los 14 años. Si esa educación primaria funcionaba, ¿por qué se cambió? Y nada de educación obligatoria a continuación. Hay que combinar libertad y exigencia. El adolescente elige entre seguir estudios reglados o buscarse un curro como aprendiz en una empresa.

Si quiere seguir siendo estudiante, cursará un Bachillerato en el que podrá elegir las asignaturas en función de sus gustos y habilidades, los consejos que recibe, las expectativas que tiene, y los créditos que tales asignaturas le aportan para una titulación. Y en su currículum no aparecerán otras materias que aquellas en las que él ha querido ser evaluado.

Al alumno se le exige siempre un comportamiento correcto, y las faltas de disciplina consideradas muy graves por el correspondiente comité conllevará la expulsión definitiva. Sin posibilidad de regreso al mismo centro.

Ello implica que el estudiante, a partir de los 15 años (comienzo de un bachillerato de cuatro años), es tratado como un adulto, entra y sale del centro, y del aula, con toda libertad, siempre que lo haga discretamente y sin molestar a nadie. He ahí una regla de oro: no molestar ni entorpecer el trabajo, ni el ocio, de nadie.

Si queremos una sociedad de adultos responsables (que parece que no la queremos, que preferimos la eterna infantilidad y un papaíto Estado), ya a los adolescentes hay que tratarlos como personas básicamente instruidas y responsables. Y concluyo repitiendo el título: libertad (que conlleva responsabilidad) y exigencia.

Décimas y décimos

«Las décimas son buenas para quejas», nos dice Lope en su Arte nuevo de hacer comedias. Y la idea la lleva a la práctica en las suyas. Así, en El caballero de Olmedo:

 

Para sufrir el desdén

que me trata desta suerte

pido al amor y a la muerte

que algún remedio me den…

 

Una décima puede cuadrar un cuento tradicional. Y así lo hace el personaje Rosaura al comienzo de La vida es sueño, de Calderón:

 

Cuentan de un sabio, que un día

tan pobre y mísero estaba,

que sólo se sustentaba

de unas yerbas que cogía…

 

O la fábula de un fabulista de la Ilustración, como Samaniego:

 

Cierto artífice pintó

una lucha en que, valiente,

un hombre tan solamente

a un horrible león venció…

 

Gerardo Diego nos dejó un Viacrucis en décimas que es sin duda una de las más altas cumbres de la poesía religiosa en español:

 

Dame la mano, María,

la de las tocas moradas.

Clávame tus siete espadas

en esta carne baldía…

 

Y un poeta de nuestro tiempo, Miguel d’Ors, escribe un ligero, delicioso y primaveral poemilla a las aves. Y lo titula «Avecedario»:

 

La golondrina, aguzada

como una flecha de Amor;

el mirlo madrugador,

gayarre de la enramada…

 

«¡Pero bueno!», podría decir algún lector de estas líneas, un lector de exquisita conciencia social. «Con la cantidad de problemas y necesidades que hay en el mundo, y este hombre se pone a escribir de versos.»

De acuerdo, hablemos de un problema: el de la educación. El sistema educativo español es pésimo desde que se implantó la LOGSE, hace, más o menos, un cuarto de siglo. ¿Por qué es pésimo? ¿Porque los profesores se dedican a que los muchachos aprendan poesías en lugar de cosas importantes? No. Porque ni muchachos ni muchachas aprenden casi nada —a pesar de contar con tantos medios humanos y materiales—, casi nada de lo importante, en el lote de lo cual también se encuentra la poesía.

Aprender breves textos, fragmentos de los clásicos, de memoria —y el verso ayuda mucho a la memoria— es altamente formativo, aunque no me voy a poner ahora a explicar tal afirmación.

Pues bien. Si hiciéramos una encuesta para saber qué porcentaje de jóvenes bachilleres tienen memorizada una décima, o cualquier otro poema de extensión más o menos equivalente… Porcentaje ínfimo, sin duda.

Pero la cosa no queda ahí. Seguramente que nos sorprenderíamos al ver el porcentaje si aplicáramos la misma encuesta a profesores de Lengua y Literatura que aún no hayan cumplido los cuarenta.