Estos días recientes he vivido una experiencia que me ha venido acompañando en mis pesadillas a lo largo de la última década: la agonía de mi madre. No ha sido tan atroz en la vida real como en los sueños; quizá porque en los sueños yo compartía su agonía, mientras que, despierto, sólo acompañaba a la agonizante.
Es probable que mi madre, casi nonagenaria, le saque un nuevo plazo a su acreedora; porque siempre mi madre ha gozado de una salud de animal salvaje; y sigue defendiéndose, con ciegas e inofensivas cornadas, ante todo lo que le huela a intento de sacarla de su madriguera.
La vida se aferra a la vida; a veces con una fuerza que hasta la muerte se conmueve.
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