Luis Fraga. EL MUNDO, 22-08-23
Hay dos maneras de entender lo que ha de ser un gobierno de gran coalición entre dos partidos mayoritarios prácticamente empatados en unas elecciones.
El modo más usual (propio de los politicastros de medio pelo ahora de moda) es entender la gran coalición como un apaño para compartir el poder entre todos y repartirse entre la clase política las carteras ministeriales. Pero, si se tiene altura de miras (lo adecuado entre políticos de categoría), una gran coalición que configure una amplia mayoría ha de servir, ante todo, para lograr grandes acuerdos nacionales y emprender con determinación las reformas institucionales y constitucionales necesarias para un país.
Así de sencillo. Y así de difícil. Pero no imposible. El más notorio ejemplo de ello lo tenemos en Alemania. La primera Grosse Koalition después de la Guerra Mundial (CDU/SPD 1966-1969) supo acometer las reformas presupuestarias y de la estructura financiera y económica del país que eran necesarias para afrontar la deuda y las dificultades económicas tras la guerra. Y les salió bien. Pero la GroKo más interesante es la que con Merkel a la cabeza forjaron los dos grandes partidos CDU y SPD desde 2005 hasta 2009, y ello porque construyeron un importantísimo acuerdo para modificar los artículos de la Constitución que había que cambiar, y de este modo racionalizar y mejorar la estructura territorial del Estado Federal. Alemania salió reforzada.
¿Es posible hacer esto en España? Sí, sin duda, pero sólo si se tienen claras las reformas que son necesarias. ¿Hay, entonces, que modificar la Constitución? Probablemente sí se requieran varias reformas parciales (sobre todo en el tema territorial), pero el amplísimo acuerdo para ello necesario es, hoy por hoy, del todo inalcanzable.
En cambio, para reforzar el armazón institucional del Estado sí es posible acometer una profunda reforma institucional sin necesidad de tocar la Constitución. Suele decirse -y es parcialmente cierto- que la reforma más necesaria es la de la Ley Electoral. Pero las cuatro instituciones que, entre otras, a gritos piden una reforma son estas: Parlamento, Justicia, Administración del Estado y sistema educativo.
Parlamento, porque lo que en España tenemos no es un parlamento de verdad como el alemán, el estadounidense o el británico, sino un lugar en el que por encima de diputados o senadores mandan los grupos parlamentarios, que actúan de correas de transmisión de las cúpulas de cada partido para escenificar debates con más ruido que nueces, en unas cámaras con facultades reales e iniciativa legislativa bastante limitadas. Justicia: innecesario explicar por qué. No hay más que echar una mirada al Consejo general del Poder Judicial o al Tribunal Constitucional, cada vez más politizados en una situación que vulnera la separación de poderes que ha de caracterizar a un sistema democráticamente sano. Y la lentitud y otras ineptitudes de la Justicia en España no se deben a indolencia alguna de jueces y fiscales y letrados, sino a la falta de medios y presupuesto, por un lado, y por otro a las carencias de un marco legislativo escasamente cuidado desde un parlamento defectuoso. De la Administración del Estado y el sistema educativo para qué hablar. Para nadie es un misterio que funcionan mal. Y no hay un buen Parlamento que las pueda reparar.
Una gran coalición al estilo alemán podría solucionar estos y otros problemas mediante un amplio acuerdo nacional hecho con seriedad, patriotismo y sentido de la responsabilidad. Pero esto sólo lo veríamos si existiese, como existió en Alemania, voluntad y sobre todo talento político para hacerlo. ¿Somos, entonces, más tontos los españoles que los alemanes? No. En absoluto. Y sabemos improvisar mucho mejor que ellos. ¿Qué falla, entonces?
En 2008 ya hubo una propuesta seria y meditada de forjar en España un gobierno de gran coalición para las elecciones de 2011. La planteamos en el Congreso de Valencia del PP de ese año seis compromisarios, que veíamos venir el lío en Cataluña y la catástrofe institucional a la que España se encaminaba. Como enmiendas a la ponencia política del PP, proponíamos un gran acuerdo nacional para emprender la reformas constitucionales e institucionales que ahora, en 2023, siguen siendo igual de necesarias o incluso más que hace 15 años.
Sorprenderán al lector o lectora los nombres de los seis compromisarios que firmamos aquellas enmiendas: Un alcalde (el de Calviá), un concejal (por Durango), un diputado, el histórico Eugenio Nasarre, un senador, un eurodiputado (Vidal-Quadras) y un diputado autonómico del PP entonces casi desconocido, Santiago Abascal, que también firmó, sí, esas enmiendas que proponían un pacto de Estado con el PSOE y hasta un gobierno de coalición para llevar a cabo las grandes reformas necesarias.
A nadie sorprenderá, en cambio, cuál fue el resultado de la propuesta: el nefasto Rajoy -artífice, por sus posteriores incumplimientos electorales, de la división de la derecha en España- nos purgó a todos de las listas electorales. Y, al primero de todos, al senador que redactó las enmiendas, que también escribe estas líneas. La idea de una gran coalición le sonaba muy extranjera. Nada quería oír hablar de ella. Ni él, ni casi ninguno de los dirigentes políticos que en España pululan. La política, sin embargo, no es como el fútbol; no se trata de ganar, perder o empatar, sino de construir país y, mediante las oportunas reformas, mejorar las instituciones para fortalecer al conjunto de la nación.
Con ello ya empieza a vislumbrarse por qué una Grosse Koalition es posible en Alemania, pero no en España. «¿Gran coalición? ¡Para eso tenemos que ser alemanes!«, suele ser la típica respuesta. Pero ello es una simpleza, pues los españoles -un pueblo bueno, generoso, trabajador y de primera categoría- ni somos ni más incapaces que ellos ni menos organizados.
Llegamos, entonces, al núcleo de la cuestión. Porque el problema es otro. A saber, la escasa calidad de los dirigentes políticos en España desde comienzos del siglo XIX. Hasta la llegada de los Borbones la élite política fue mucho más competente, y por eso España fue grande. Pero desde la invasión napoleónica y la traición del infame Carlos IV y su hijo Fernando VII (y salvo en breves paréntesis del siglo XX, y alguna figura excepcional en el XIX), se instaló en los mandamases políticos de España un encanallado aborrecimiento de la excelencia y el talento. Aborrecimiento en el que como hongos crecen los políticos mediocres a los que sólo mueve el interés propio, y que no entienden el poder como un factor que proteja al interés general, sino al statu quo de unos cuantos. Y en nuestros días esto se sustancia en una partitocracia cortoplacista y de achatadas miras que limita el papel del Parlamento y ahoga lo que tendría que ser una verdadera Democracia y un verdadero Estado de derecho en España.
Nada sorprende, por lo tanto, que oigamos a tan pocos políticos de partido entre las actuales voces que con timidez se atreven a hablar de una Grosse Koalition en España para evitar que un prófugo de la Justicia se convierta en el árbitro. Y casi es mejor que sea así porque, como se decía al principio de este texto, será casi inevitable que la idea que esta gente tenga de una gran coalición sea del todo equivocada. Una gran coalición no está para repartirse carteras ministeriales, sino para emprender las grandes reformas estructurales e institucionales que hoy más que nunca España necesita. Ojalá lo entiendan.
Luis Fraga fue durante 21 años (1989-2011) senador del PP, partido al que sigue afiliado
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