Quizá estas vivencias las he dejado escritas en alguna entrada de hace tiempo. No me importa, las repito. Me fui a la mili recién muerto Franco, en enero del 76, ya licenciado yo en Filología Románica. En el acuartelamiento tuve compañeros de todas las regiones, porque entonces la norma era que los reclutas, todos, pasáramos a otra región militar que no fuera la de nuestro domicilio para prestar nuestro servicio a la patria: una manera de reforzar las conexiones entre las distintas regiones de la ídem.
A veces me veía en un corrillo de soldados todos catalanes menos yo, andaluz de Granada. Hablaban en catalán; y cuando alguno se daba cuenta de que estaba yo en el corro, me pedía perdón. Yo contestaba: no pasa nada, seguid hablando en catalán, me entero de casi todo.
Yo no había estado nunca en Cataluña, pero había tenido una asignatura de catalán en la Facultad, había leído libros en catalán…
–Eres el único, Antonio, así de comprensivo con nosotros.
Desde mis primeros años de profe de instituto, en la segunda mitad de los ochenta, pensaba que otra forma de reforzar las conexiones regionales habría sido que cada instituto, para algún curso del Bachillerato, tuviera una asignatura y un profesor de Lengua y Cultura de otra comunidad hablante de las bilingües de España: un par de horas a la semana, obligatoria.
Ya han pasado unas cuantas décadas, se han cometido unos cuantos errores garrafales a nivel nacional, los nacionalismos periféricos se han crecido en su virulencia y, con el Gobierno que se ha formado después de las últimas Generales, a saber lo que el futuro nos depara.
No sé lo que dirían hoy las encuestas, pero me temo que la inmensa mayoría de estudiantes no querría en absoluto una asignatura como aquella con la que yo fantaseaba. Me temo que la rabia nacionalista haya provocado mucho odio; que estará generalmente soterrado porque hay que convivir. Pero ahí andará ese virus (recuerdo: virus, veneno en latín).
Escribo acerca de todo esto porque ayer, con cierto retraso, leía en El Mundo una crónica de Luis Alemany, del pasado día 4, en la que el periodista daba cuenta de la reunión anual del Patronato del Instituto Cervantes, “la institución estatal que se dedica a la enseñanza de los idiomas españoles en el extranjero”, escribía el periodista. Lo que a mí me chocó, dado que, según mi información previa, el Cervantes difunde el español y la cultura española. Y me chocaba también otro párrafo de la crónica que dice: “el número de actividades dirigidas a promocionar las lenguas cooficiales en España se ha incrementado un 225% en esta legislatura. No entiendo: ¿hablamos de actividades, no de euros?
No voy a meterme en cómo lleva el director actual, Luis García Montero, las misiones de la institución.
Después de leer la crónica de Alemany me fui a Wikipedia, donde leí:
Los objetivos del Instituto Cervantes según el artículo constituyente número 3 de Ley 7/1991, de 21 de marzo, son los siguientes:7
- Promover universalmente la enseñanza, el estudio y el uso del español y fomentar cuantas medidas y acciones contribuyan a la difusión y la mejora de la calidad de estas actividades.
- Contribuir a la difusión de la cultura en el exterior en coordinación con los demás órganos competentes de la Administración del Estado.
Para ello se encarga de:
- Organizar cursos de lengua española.
- Organizar cursos de lenguas cooficiales en España.
- Organizar los exámenes y expedir los Diplomas de Español como Lengua Extranjera (DELE)
- Actualizar los métodos de enseñanza y la formación del profesorado.
- Apoyar la labor de los hispanistas.
- Difundir la lengua española.
- Colaborar con instituciones, sociedades y países hispanoamericanos en la difusión de su cultura.
Y con esta secuencia wikipediana doy por concluida la presente.
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