JUAN CLAUDIO DE RAMÓN. EL MUNDO [28-03-24]
Vestigio de una religión de hombres sencillos y duros, de la Semana Santa española admira, ante todo, su obstinada vigencia. El viento de la historia barre regímenes, deslustra leyes, escarnece prestigios: todo parece sujeto a término salvo los ritos pascuales que hermandades y cofradías se pasan de hombro en hombro como costaleros de una tradición que no solo se niega a declinar sino que experimenta un auge sorprendente. En la muy secular España, donde el anticlericalismo es de buen tono y la práctica institucional de la religión cae en picado -apenas uno de cada diez jóvenes va a misa- el número de cofrades se dispara y se organizan más procesiones que nunca, incluso en lugares donde apenas había costumbre. Donde sí la había, es difícil que una familia no tenga un miembro implicado en hacer desfilar los pasos. Tal vez el fenómeno no sea tan misterioso: el poder civil cree que las catedrales y las procesiones se hicieron para atraer el turismo y pone todas las facilidades; el poder eclesial abraza una espectacularización del culto que roza la idolatría pero que le ayuda a legitimarse socialmente frente al laicismo imperante; a muchos jóvenes, en fin, volcarse en el ritual les permite reafirmar los códigos de su identidad local sin comprometerse por ello a ninguna ascesis que suponga apartarse del profano guion que preside sus vidas las cincuenta y una semanas que van de Pascuas a Ramos.
¿Bastan estas razones -las que podría invocar una rudimentaria y desdeñosa sociología de la religión- para explicar la buena salud de los ritos pascuales? Añadamos de buena gana la indudable belleza plástica de unos tronos que, ataviados de cirios y de flores, se mecen sobre un mar de túnicas al ritmo de cornetas y tambores. Sin embargo, pienso que eso no es todo; que hay algo más profundo que explica la continuada popularidad de la fiesta de la Pascua en una sociedad secular y que no cabe explicar con la aséptica mirada del científico. Para comprender el perdurable hechizo de la Semana Santa hay que partir de este hecho esencial: se trata de un rito que dramatiza una tragedia histórica. Un drama de impronta antigua que nos inició en la infancia en no pocas verdades desagradables de la vida: que hay amigos que traicionan, que hay condenas a inocentes, que hay cálices amargos que nadie puede apurar por nosotros. De la noche en Getsemaní a la tarde en el Gólgota, la historia de Jesús de Nazaret es demasiado humana para dejarnos indiferentes. Ni siquiera hace falta creer en el colofón sobrenatural del drama terrenal para ser consolado por el hondo mensaje que encierra la Pascua: que después de una desdicha, por terrible que sea, es posible renacer; que no tiene el dolor la última palabra sobre nuestra vida. La España que procesiona no ha tenido este año buena suerte con el tiempo. La ansiada lluvia ha caído de golpe; dolorosas y crucificados han debido permanecer en las iglesias; las saetas, cantarse a cubierto. No importa, nazarenos: la próxima primavera está siempre a la vuelta de la esquina.
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