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Junio

1
Intervenido

He vuelto a dedicar, cada día, varias horas a la lectura de periódicos. Por ello voy a empezar esta escritura declarándome de acuerdo con tantos articulistas que han decidido nominar este 30 de mayo, dejando en la bruma del pasado a San Fernando, como el Día del Sanchazo o Día de la Infamia.

Hay mucho mundo más allá de las fronteras de esta maltratada España (maltratada por sus políticos, que están muy por debajo del nivel medio de su ciudadanía). De todo ese amplio mundo dan noticia los periódicos. Y en todas partes hay felicidad y tragedia, sólo que en distinta proporción.

Yo no soy periodista ni filósofo: sólo un jubilado que siempre ha sido amante de la buena literatura en cualquier género que se diere; y ahora un mayor recién intervenido de una estenosis lumbar severa. Cuatro noches de hospital, y a casa. Tengo que dar las gracias por tanta pericia, atención y amabilidad médicas y hospitalarias. A lo largo de mi vida he necesitado muy raramente la asistencia médica. Quizá por ello me ha impresionado más la calidad del servicio hospitalario. Ahora queda la cura y cambio de apósito hasta el día que el doctor me ha fijado para quitarme los puntos: el 12 del presente.

Si todo va como se espera, mejorará mucho la calidad de mi vida cotidiana; mas no soy un iluso, voy a seguir siendo un viejo, ya estoy a punto de cumplir los 73. Pero mientras siga sintiendo que la vida y la convivencia son hermosas, que la participación familiar es grata y enriquecedora, que los paseos tranquilos son una delicia, que la atención a la marcha del mundo a través de los periódicos es alimento del espíritu, que la lectura de una página hermosa es como comulgar una hostia consagrada, aquí estaré bien.

2
Convalecencia

Anoche, cuando ya estaba acostado pero no dormido, comenzaron a sonar cañonazos, como si una batería artillera se hubiera propuesto arrasar el pueblo. Yo seguía sin dormirme, así que me levanté, me senté en la butaca adjunta a la cama y abrí un periódico en el móvil. Así supe que los cañonazos no eran tales, sino cohetes por una victoria futbolística.

Pensé y pienso: los jóvenes no se interesan por lo que hacen o dicen los políticos, no votan en las elecciones, sino que organizan sus vidas y hazañas al margen de la vida de los mayores. Los políticos lo saben y los dejan así, infantilizados para siempre.

Ahora hablo de lo mío. Como mi cirujano me dijo que “andar, cuanto más mejor”, en cuanto estuve en casa empecé a darme caña. Pero pronto la rodilla izquierda se me resintió y me quiso frenar en seco. La verdad es que esta rodilla de la que hablo tiene un largo historial de penalidades, de todas las cuales se ha repuesto con ánimo y tesón. Espero que lo mismo esta vez. Ya en el paseo de ayer por la tarde, pasado el primer tramo/primer trauma, se sometió a mi voluntad, y a la de mi querido doctor, y, piano piano si va lontano, cumplimos con éxito la misión.

No coger cosas de peso, no hacer esfuerzos (por tanto, claro está, nada de bici, tómate un descanso, querida) y “andar, cuanto más mejor”. Más los cócteles de analgésicos, los antiinflamatorios, la inyección de heparina…

Mi padre no llegó a cumplir la edad que ahora tengo, murió como un año antes. Mañana, si no hay cambio de planes, le dedicaré la página del día.

3
Tinajilla (I)

Tiempo hermoso. A través de la ventana puedo ver, al otro lado de la calle, la belleza de un alto seto de flores rojas. No sé el nombre de esta planta. Y oigo el canto de muchas aves, entre las que destaca la sutilmente silbada melodía del mirlo.

Y bien, ahora, a lo prometido. Su mote era Tina o Tinajilla. Su mote personal. El familiar era Turro. Mi abuela paterna, Trinidad la Turra, crió felizmente, a pesar de ser los tiempos tan difíciles y tan precarios en medios, nueve hijos, de los cuales ocho varones. Mi padre era de los mayores, el tercero o el cuarto, ya no lo recuerdo con seguridad.

Vidas de mucha pobreza, pero todos salieron adelante. El que no llegó a longevo fue el padre, mi abuelo Francisco. Su esposa le sobreviviría unos treinta años.

En el medio rural los pobres no iban a la escuela, se ocupaban de tareas de subsistencia desde que estaban mínimamente cuajados. Mi padre no pisó (tampoco mi madre) nunca una escuela.

Durante el servicio militar (una larga mili de tres años) aprendió a leer y escribir, saberes de los cuales se sintió siempre orgulloso, aunque hiciera poco uso de los mismos. Después, recién licenciado, lo llamaron a filas otra vez: había empezado la guerra civil. Fue soldado en los frentes, incluidos algunos de los de muy alta mortandad. Al final fue de los que, en primera tanda, ocuparon las calles de un Madrid vencido.

Lo licenciaron, entregándole por toda paga un documento (que yo guardo) que acreditaba en qué unidades había servido, y en qué frentes.

Pobre como una rata, pero ardidoso, creo yo, por lo aprendido en la escuela del sufrimiento, conquistó a la que había de ser mi madre y, antes, la madre de mis hermanos. Ella de veinte años y muy guapa; él de veintisiete, bajito pero resiliente, como ahora decimos.

No simpatizó con su suegro, mi bien amado abuelo Miguel, a pesar de que, después de unos cuantos cambios de alojamiento, pobreza obliga, se instalaron con él, y con la hermana soltera de él, en la casa que él había comprado.

Mi madre era huérfana de madre desde la edad de seis años. Tenía tres hermanos varones mayores que ella, pero los perdió a los tres: dos al comienzo de la guerra; el más joven por una enfermedad fulminante que lo tumbó el año antes de mi nacimiento. Yo heredé su nombre.

He de cerrar este cuaderno. Mañana continúo.

5
Tinajilla (II)

Tengo suerte. Gracias a las previsiones de mi señora, en esta convalecencia dispongo de amplia habitación con baño y de espacio doméstico por el que pasear sin obstáculos de escalones; y de otras muchas comodidades. Mi sueño nocturno es intermitente, pero, después de un buen desayuno, me siento totalmente recuperado.

Y ahora, a lo que toca. A seguir contando algo acerca del Tinajilla.

Nació en el 12; yo, en el 51: el tenía 39 años cuando yo nací. Recuerdo verlo, yo muy niño, trabajar en la variada gama de tareas agrícolas: con el almocafre, con la azada, con el azadón, con la hoz, con el bieldo, con la acémila, con la yunta. Todo lo hacía con energía y precisión. Bajito, sí, pero nervudo, valiente y orgulloso de su saber.

En los ratos de expansión salían a relucir las que habrían podido ser sus aficiones de juventud de haber tenido los medios para cultivarlas: el cine (había visto pocas películas, pero las recordaba con entusiasmo), la música (lo que le impresionó y entusiasmó que una orquesta amenizara la comida en sus días de “descanso del soldado”), el compadreo jovial y bien regado en las tabernas y los bares.

Cuando dejé el seminario y volví al hogar familiar, a los dieciséis años, comencé a odiarlo. Odiaba su mal olor, su suciedad, sus chascarrillos repetidos hasta la náusea, su llegar a la mesa cargado de vino de taberna, sus comentarios despectivos a mi madre (que se los devolvía sin demora). Mis hermanos paraban poco en la casa: por sus trabajos en el campo o en la construcción, por sus largas emporadas en la emigración. Y a mí el hogar familiar se me fue convirtiendo en una losa que me aplastaba, que me impedía crecer.

Mañana continúo.

6
Tinajilla (III)

Casi siempre en mi moto y con mi bolsa de costado, acudía a las clases de la Facultad y al acabar volvía al pueblo, al hogar familiar. Qué cercanos y cuán distantes el mundo aldeano en el que todo el mundo se conoce y quiere saber todo de sus vecinos, y el mundo urbano y universitario en el que, a pesar de que aún vivíamos bajo la dictadura de Franco, se podía mirar más allá del entorno vecinal, de las necesidades más inmediatas, otear el futuro o estudiar el pasado, que nos había llevado a donde estábamos.

A sus sesenta y dos años, a mi padre le reconocieron la invalidez absoluta y le concedieron la pensión por haber cotizado como peón agrícola eventual. Verdaderamente tenía una salud muy mermada. Y demasiado le resistió su mala vida, teniendo en cuenta que, una vez dejadas sus obligaciones agrícolas, no tuvo más afición que la taberna.

Yo fui siempre, desde los doce años, desde primer curso de Latín y Humanidades en el Seminario, estudiante becario. En los años de Facultad, mi beca era la beca-salario: una ayuda económica bastante sustanciosa. Sacaba buenas notas y no, no me metía en política ni tenía ningunas convicciones políticas que defender. Bastante tenía yo con lo mío: acabar la Filología Románica, hacer la mili, para la que andaba pidiendo prórrogas por estudios y largarme de mi pueblo como alma que lleva el diablo.

Mi padre vivió diez años, mes arriba mes abajo, como jubilado. Pero, ya digo, una vida poco ilusionante, poco gratificante, enfocada hacia atrás, a rememorar la mala vida pasada, a comentarla con algún otro jubileta del pueblo, mientras llegaba la hora de meterse en la taberna.

En abril del 84 mi padre murió. Y en septiembre del 84 yo me casé con Marga, con la que he tenido la inmensa e inmerecida suerte de vivir desde entonces. Nuestras tres hijas son ya mayores, cada una anda en lo suyo, ganándose la vida. Marga sigue siendo mi compañera, mi enfermera ahora (dentro de un rato me ducharé y ella me quitará el apósito de la espalda para ponerme otro nuevo), mi taxista (pasado mañana le tocará llevarme al hospital para que me hagan allí la siguiente cura), mi cocinera (más fina que toda la tropa de arguiñanos que se exhibe en las televisiones) y mi ángel de la guarda (sin su continua referencia, es muy probable que tardara poco tiempo en extraviarme).

Algo me queda que escribir acerca de mi padre. Quede para mañana.

7
Tinajilla (y IV)

Nunca he sido aficionado a visitar cementerios; y estos cementerios españoles abarrotados de mármoles me tiran para atrás. No así los cementerios europeos y americanos, que son parques llenos de vida y verdor a la par que cementerios. Este de aquí, donde yacen los restos de mi padre y de mi madre y de la mayoría de mis parientes ya difuntos, me parece tan feo como el que más.

A mi entender, un hoyo en la tierra en cualquier lugar discreto y apartado es totalmente suficiente para cualquier cadáver. Sin lápida ni cruz ni otras gaitas pretendidamente edulcorantes. Ya ahí no hay nada, sólo tierra, porque de la tierra salimos y a la tierra volvemos.

Lo que queda vivo de los muertos está en la memoria de quienes los conocieron, los trataron, convivieron con ellos, aprendieron de ellos, los amaron, los odiaron; también en lo que crearon y quedó cuando se fueron.

En ese sentido, puedo afirmar que yo soy muy domicilio de mi padre, que en mí sigue vivo, que siento, casi constantemente, su presencia junto a mí, que le hablo, le explico cosas, sobre todo para ponerlo al día de cómo es ahora la vida en este país, en este pueblo. Le muestro las comodidades de una vivienda con varios cuartos de baño, con pequeña despensa bien abastecida y cocina siempre a punto para preparar lo que haga falta. A él, que anduvo tan escaso de dientes y muelas (su cena siempre era un par de quesitos o un huevo pasado por agua, siempre fue muy austero en la comida) le cuento todo lo que nos pueden arreglar los dentistas, y él puede verme y oír cómo mastico, con solvencia y apetito, mi ensalada de verduras crudas, incluida la zanahoria con su punto de dureza. Se viene conmigo en el coche, sobre todo cuando viajo solo, y ve las autovías de ahora, la cantidad y calidad de vehículos que circulan por ellas, la velocidad y precisión con que se mueven. Está presente en nuestra vida familiar, conoce a las tres nietas que le he dado, y a sus dos bisnietos.

Yo, desde que tuve la suficiente madurez para ello, vi lo mucho que me parecía a él (también lo que me parecía a mi madre), a pesar de llevar una vida tan diferente de la suya. Incluso en aquella mi larga adolescencia, que parecía que no iba a terminar nunca, en la que tanto lo odié porque su vida era como un fardo que yo tuviera que transportar, veía nuestra enorme semejanza, sentía que yo era el fruto de su semilla.

9
Rodilla izquierda

Ayer, en el hospital, al cambiarme el apósito de la costura quirúrgica, se sorprendió la enfermera de lo limpio que estaba el que me quitaba. Me lo mostró: ni la más leve mancha después de dos días sobre la costura. Y me preguntó, creo que retóricamente, si me había operado el Dr. López Alcázar. Supongo que ellos, los enfermeros, ven la firma del cirujano en cada costura que curan.

Así que dentro de tres días, el miércoles, día en el que estoy citado para el levantamiento de puntos, una hilera de unas treinta grapas, mi cirujano aplicará su maestría y sus manos para convertir la costura en un sutil tatuaje testigo callado de lo que fue.

Y entonces le mencionaré al doctor lo de mi rodilla izquierda. Esta cabrona no me deja andar, o sólo me deja andar con sufrimiento. No se ha llevado ningún golpe ni esfuerzo extraordinario. Hasta el día anterior a la operación me ha permitido, sin protesta alguna, mis dos horitas de bici reglamentarias. Y ahora, después de restituido, mediante cirugía, el caudal nervioso a las piernas, se me pone imposible.

Verdad es que, a estas alturas de mi vida, esta pobre rodilla izquierda guarda memoria de un largo historial de traumas y calamidades. Desde aquel accidente de moto –yo conducía la vespa de mi hermano Manuel y llevaba de paquete a mi amigo Manolo Palomino– cuando estábamos en primero de Facultad. Tuvo después otras lesiones, pero nunca la llevé al médico. Hasta la penúltima vez, hace seis o siete años, en que quedó maltrecha después de haberme dedicado durante un par de horas a la poda de nuestro enorme falso pimentero. La doctora me dijo algo sobre cierto ligamento cruzado, me puso una inyección, me recetó unos comprimidos, estuve un par de días con la pata estirada sobre el sofá, y luego las aguas volvieron a su cauce y la rodilla ¡zquierda a sus labores.

A ver qué pasa esta vez.

10
Bastones de senderismo

Pocos días antes de mi paso por quirófano, mi atenta señora me regaló unos bastones de senderismo. En previsión de que podría necesitarlos después de la operación. La verdad es que, hace como un año, a mí se me pasó por la cabeza que quizá unos bastones pudieran ayudarme en mi penosa, agónica caminata imposibilitada por la estenosis. Pero preferí no precipitarme, probar primero con un par de cañas indias que tenía en la casa, muy adecuadas para tal prueba. Así probé y constaté que no me servían para nada, que tan paralítico estaba con cañas como sin cañas.

Que la intervención quirúrgica había sido exitosa me pareció evidente desde el primer momento. Después de siete horas dormido, en las que no m enteré absolutamente de nada, reingresado en la habitación y suficientemente despierto, pude comprobar que movía las piernas y todo el cuerpo a mi entera voluntad, aunque no estuviera para echar una carrerita.

Quizá, una vez dado de alta tras cuatro días de hospital, en mi afán de recuperar pronto el vigor corporal, me esforcé un poco más de lo debido. Y empezó a protestarme la rodilla izquierda.

Ayer, ante el dilema de la prescripción facultativa que me decía que “andar, cuanto más mejor” y el lamento de la rodilla que me exigía que parara, opté por caminar con la ayuda de los bastones. Con un resultado más que plausible. De hecho, el circuito de la mañana lo repetí por la tarde. Gracias, esposa mía, por tu regalo.

Ahora, dentro de un rato, tengo cita con la oftalmóloga (no recuerdo su nombre). La pedí hace tres meses, después de más de cinco años con las mismas gafas. Y la pedí al constatar que veía mejor la tele si me las quitaba. A ver qué ve la oculista.

11
Ajo y agua (1)

Los vecinos Luis y Paco me ven con los bastones y me preguntan qué tal ando con ellos. Les contesto que me están resultando una buena ayuda para el paseo. Lo digo sin entusiasmo ni alborozo, no vayan a pensar que los estoy animando a que se haga cada uno con su propio par y así puedan ampliar el radio de sus caminatas. Ellos so mayores que yo un puñado o dos de años, siempre salen de casa con lo equivalente al cayado de nuestros abuelos, y siempre prefieren pararse a charlar con cualquier vecino a forzar la maquinaria del desplazamiento pedestre.

Para despedirme, Luis me suelta a modo de sentencia: ¡ajo y agua! Yo no lo habría entendido si Paco no me traduce el acortamiento: ¡a joderse y aguantarse!

Dicho sin acritud, por supuesto, sino con la ruda camaradería viril que aprendimos cuando fuimos jóvenes: quejas y lloriqueos fuera.

Unos minutos antes de ponerme a escribir estas líneas, me llega la triste nueva de que a Javier, compañero de fatigas docentes y ciclista infatigable, le ha embestido un coche que, entre otros daños quizá menores, le ha provocado la fractura de dos vértebras. Amigo Javier, todavía quedan conductores a los que les puede el desprecio por el ciclista (quizá no es tu caso), lo sé por experiencia propia. Cuídate, recupérate pronto y, mientras tanto, ajo y agua.

  • Al parecer, este dicho no es tan desconocido o local como yo había pensado. Once días después de escribir este apunte, lo encuentro en la columna de Jon Juaristi en ABC, exactamente con el mismo sentido.

12
Un libro

Hacía mucho tiempo que no leía nada de Orhan Pamuk. A pesar de que todo lo que leí de él me pareció lúdico, poético, cercano, entrañable.

Leyendo a Pamuk, Iberia y Anatolia, los dos extremos del Mediterráneo, resultan, creo, mucho más cercanos. Quizá la huella de la cultura islámica, después de la pérdida de Granada, ganada por los Reyes Católicos, fue quedando cada siglo más soterrada en la mentalidad de los cristianos. Quizá la modernización y occidentalización de Turquía con Atatürk, que en gran medida ha querido ser ahogada por regímenes o gobiernos posteriores, tiene ya en ese país un arraigo indestructible.

Luego está el atractivo de Estambul, tanto para occidentales como para orientales, reconocible incluso por este individuo que apenas ha viajado, que apenas ha salido de su rincón.

Para mí, leyendo a Pamuk, también cuenta el atractivo de la coetaneidad: yo nací en el 51, Pamuk en el 52.

El caso es que, al llegar, desde el hospital, a esta casa convertida por ahora en la casa de la convalecencia, me he encontrado, como esperándome a mí, El museo de la inocencia. Un ejemplar nuevo y señero, sin nombre de propietario (aunque bien me sé yo quién es o quiénes son), con claros indicios de no haber sido leído aún por nadie.

Todas las tardes, cuando la luz que se mete por la ventana es óptima (mi vista no es la que fue, anteayer me confirmó la oftalmóloga mis cataratas incipientes) le dedico un buen rato. Leo y revivo aquellos años de mi juventud y de la juventud del protagonista, nacido siete años antes que el autor, pero en un ambiente muy cercano al de éste.

Voy por el capítulo 63, pero el libro tiene 83 capítulos; así que todavía me quedan muchas páginas para ir amenizando, dulcificando incluso, esta nada penosa convalecencia.

13
Fuera grapas

Hoy es el día de San Antonio, pero bueno, no debemos ser chovinistas tampoco en esto: todos los días tienen su santo, o sus santos, y el nombre propio es lo menos propio que tenemos.

Ayer el cirujano me quitó los puntos, la hilera de grapas de mi lomo. Diálogo previo:

–Qué tal, todo bien?
–Muy bien.
–¿Está contento de haberse operado?
–Muy contento.
–Es que algunos van diciendo por ahí que te operan de la columna y sales del hospital en silla de ruedas.
–Yo he estado andando bastante; y, como se me ha resentido la rodilla izquierda, se ve que ya estaba desacostumbrada, he echado mano de los bastones de senderismo.
–Muy bien. Andar, cuanto más mejor. Puede hacerlo con los bastones de senderismo. Y montar en bicicleta, y nadar. Esos deportes son muy buenos; pero no haga esfuerzos ni coja cosas pesadas. Y le voy a mandar una radiografía de rodilla para que se la presente a mi colega especialista de las rodillas, el Dr. Alcántara. Y otra de columna para que yo la vea en la primera quincena de agosto. ¿De acuerdo?
–Todo claro.
–Pues vamos allá. Túmbese boca bajo (yo no me había dado cuenta de que tiene un cuarto de curas detrás del despacho).

Tardó un minuto, aproximadamente, en quitarme las grapas.

–Listo. A lo dicho. Cuídese.
–Muchas gracias.

Ya en casa, mi esposa me hizo unas fotos de la zona (ya me había hecho, algunos días antes, otras fotos cuando estaban las grapas). La cicatriz, muy bien. El lomo, muy distinto de cuando andaba por la treintena.

21
Así andamos

Desde el día en que el doctor me quitó los puntos, no he tomado ningún analgésico ni otro tipo de medicamento. Hasta hoy. Esta mañana me ha parecido que podría venirme bien un nolotil 575. Vamos a ver.

Parece que la rodilla izquierda ya se me va acostumbrando a la vida de caminante. Hasta ahora, con bastones de senderismo. Ayer, sin embargo, la vi tan valiente, que voy a dejar los bastones.

Mi vida de convaleciente es muy tranquila: lectura y paseos. A veces algún conocido o amigo del pueblo, al verme con bastones, me pregunta qué me pasa. Y ya no hay más remedio que echar un ratico de charla con él.

Las noches sí se me hacen penosas y largas. Echo sueños de una hora como máximo, llenos además de fantasmagorías obsesivas y febriles. Mi último sueño largo, siete horas, fue el del quirófano.

Pero bueno. Estoy muy bien para la edad que tengo. Y hoy me traen otro libro de Pamuk, Me llamo Rojo. Se ve que la lectura de El museo de la inocencia me ha dejado con apetito de más Pamuk. Con él celebraré, si no se tuerce nada, el inminente solsticio de verano.

23
Esta nave

Un insignificante personaje
soy de esta nave que nos va llevando.
Atento, sí, al qué, al cómo, al cuándo,
al quién del variopinto paisanaje.
Próximo está el puerto en que me baje
y diga adiós a la entrañable tropa.
Y la tierra será cálida ropa
que dé calor a mis cansados huesos.
Adiós, muchos abrazos, muchos besos.
Tú, nave, por tu espacio, ve, galopa.

25
Su tictac

Somos de frágil arcilla
y el tiempo nos erosiona.
El tiempo, que no perdona:
nadie escapa a su mirilla.
Pero, mientras no nos pilla
un ciclón devastador
nuestro reloj interior
su tictac sigue emitiendo;
suena sano, sin estruendo:
buena pieza su motor.

26
El retiro

Para la convalecencia
el retiro es lo mejor;
apartarse del fragor
de la vana efervescencia
social; que nuestra dolencia,
para su eliminación,
concentre nuestra atención.
Lo primero es lo primero:
reposo, buen atempero
y docta medicación.

28
De papel

Suenan las notas de Marie Jaëll
traídas por la brisa de la siesta;
quizá llegan en barco de papel
que en esta orilla plácida se acuesta
y sueña que es intrépido bajel
jamás intimidado ante una apuesta.
Suena suave el dulce violonchelo
y el barco de papel ya surca el cielo.

30
Día a día

Esto es ser viejo: que tus debilidades corporales estén continuamente llamando tu atención, exigiéndote cuidados, imponiéndote limitaciones.

Máxime, si además eres convaleciente de una intervención quirúrgica importante. El cuerpo débil pide ayudas; médicas o de otra índole; si las obtiene, recupera fuerzas (no las de la juventud, eso no) y continúa su marcha por este variado valle de lágrimas y sonrisas.

Se acaba este mes de junio, que ha sido para mí de convalecencia y recuperación, de resiliencia corporal. El cuerpo humano es tan complejo, tiene tantas piezas, tantos mecanismos, tantas interrelaciones… que pueden fallar… Y basta con que falle algo para que todo el sistema se debilite, se frene, se ve obligado a aflojar la marcha o a parar.

El 13 de junio de 1975, cuando estaba a punto de cumplir los veinticuatro años y a punto de acabar mi licenciatura universitaria, amanecí con fiebres de Malta. Aquel fue un largo verano de cura y recuperación.

Y cuánto he vivido después de aquel verano; hasta el día de hoy, en el que estoy a punto de cumplir los setenta y tres. Y aquí seguimos, sin melancolía, sin aspiraciones, en el día a día; completando el “bástele a cada día su propio mal” de Jesucristo con el bástele a cada día su propio bien.