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Páginas finales de un libro

No puede negarse que Occidente aparenta ser, en estos momentos, la civilización de mayor éxito del planeta. Los derechos del individuo garantizados por ley y la democracia parlamentaria, la propiedad privada y la libertad de mercado y la clara separación entre la dimensión religiosa y la política, principales señas de identidad del mundo occidental, constituyen el modelo en el que se miran los pueblos del mundo, tal como desearon las potencias vencedoras en 1945. La extensión efectiva de la sociedad de consumo y, por su mediación, de los valores occidentales, la influencia económica y, si es necesario, incluso la intervención militar directa se han venido usando con el fin de que así fuera desde el término de la Segunda Guerra Mundial, al menos allí donde las naciones occidentales, y sobre todo, los Estados Unidos de América, han tenido capacidad para hacerlo. Por convencimiento o de forma más o menos inconsciente, los derechos humanos, la democracia, el libre mercado y la secularización de la sociedad siguen ganando terreno día a día en Asia oriental y meridional, en Europa del Este, en Iberoamérica e incluso, con mayores dificultades y en menor grado, entre las naciones africanas. Millones de seres humanos, año tras año, arriesgan sus vidas animados por la esperanza de encontrar en Occidente la libertad y el bienestar que no les ofrecen sus países de origen y, en su mayoría, terminan por abrazar los valores de la tierra que los acoge, ya sean ellos mismos, sus hijos o sus nietos. Las fuerzas de la modernidad, al menos tal como se entiende ese concepto en Occidente, son poderosas y continúan avanzando.

Los últimos años, sin embargo, han demostrado que el triunfo de la democracia parlamentaria y el capitalismo está resultando un poco más problemático de lo que se preveía. La integración en los países receptores de muchos inmigrantes pertenecientes a determinadas culturas resulta más trabajosa de lo que a veces se piensa. Además, en numerosas ciudades europeas y norteamericanas, la inmigración no equivale a integración y prosperidad, sino a marginación y miseria. Los recién llegados, muchos de los que llevan ya décadas en el país de acogida e incluso buena parte de los que han nacido en él permanecen apartados de las ventajas que las democracias occidentales garantizan a sus ciudadanos, siguen abrazados a sus valores y tradiciones y, en ocasiones, incluso reaccionan con notable violencia contra la sociedad que parece rechazarlos.

Pero más elocuente es lo que sucede en los propios países de origen de los inmigrantes. Algunas naciones, entre ellas la populosa China, en la que habita uno de cada cinco seres humanos, impugnan sin dudar la sedicente universalidad de los valores occidentales, sin excluir siquiera de su rechazo la democracia y los derechos humanos, y tratan de igualar tan sólo su desarrollo económico y su progreso técnico. Otros estados, como Rusia, que alberga alrededor de ciento cuarenta millones de personas, y la práctica totalidad de las naciones africanas, parecen afrontar notorios problemas para alcanzar la modernidad, aun deseándola en todas sus dimensiones. Pero el problema más grave parece provenir del mundo musulmán.

El problema esencial se encuentra en dilucidar si la civilización islámica puede evolucionar hacia un estadio en el que resulten compatibles la modernidad y el mahometismo. Uno de los rasgos básicos de la cultura occidental y, por ende, de la modernidad, es la nítida separación entre religión y política. En un régimen democrático, el Estado no tiene, ni puede tener, confesión religiosa alguna, ni tampoco abrazar una corriente ética concreta más allá del compromiso genérico con la preservación de los derechos humanos fundamentales, entre los que ocupa un lugar destacado el de elegir y practicar una religión y una moral determinadas. Para el islam, sin embargo, resulta impensable un Estado neutro en materia religiosa, sencillamente porque no existe dimensión alguna de la existencia humana que pueda entenderse ajena a la religión. Por ello, los países musulmanes devienen impermeables en muy alto grado al materialismo, el hedonismo y el relativismo moral que acompañan por doquier a la modernidad, incluso cuando, por efecto de la exportación masiva de petróleo, sus sociedades han alcanzado un importante nivel de riqueza; pero también, y parece que en no menor medida, a la democracia y las libertades individuales. Quizá por ello, sus países generan el mayor número de fanáticos terroristas dispuestos al martirio por atentar contra Occidente, al que consideran la diabólica encarnación de todo mal. Si existe un argumento sólido en contra de la convicción de que el mundo entero avanza hacia la comunión universal con la visión de las cosas propia de la civilización occidental, es la contumacia con que las sociedades islámicas se aferran a sus señas colectivas de identidad.

Es por ello por lo que el pasado reciente, y puede que el inmediato futuro, aparecen definidos ante nuestros ojos con unos perfiles más semejantes a lo que el célebre politólogo de la Universidad de Harvard Samuel P. Huntington denominó «choque de civilizaciones» que a la victoria sin matices de occidente que profetizara Francis Fukuyama en su popular ensayo. Pero las dificultades no se deben tan sólo a la profunda y visceral reacción antioccidental de sectores de población muy amplios fuera de Europa y Estados Unidos, como ha apuntado Huntington, sino a la evidencia de que el mismo Occidente parece sufrir una profunda crisis de identidad. Y si esto es cierto, el futuro inmediato de la dignidad del individuo, la democracia parlamentaria y la economía de mercado podría ser morir de éxito.

No es exagerado afirmar que la sociedad occidental languidece en nuestros días adormecida por el narcótico de la opulencia. El desarrollo económico, que fue posible gracias, entre otras cosas, a la extensión de los valores que han hecho de occidente lo que es, puede ahora causar su destrucción. Y no porque riqueza y libertad sean incompatibles, sino porque la riqueza ha tenido como efecto colateral e indeseable minar las bases de la libertad. Como de algún modo le sucedió a la civilización romana en los últimos siglos del Imperio, y sin necesidad de compartir las jeremíacas profecías de Huntington acerca de la decadencia moral, el suicidio cultural y la desunión política de Occidente, sí es posible apreciar en el presente ciertos síntomas preocupantes y quizá similares a los que han jalonado en el pasado la lenta marcha de las civilizaciones hacia la decadencia.

Una prueba convincente de la pérdida de fe en sí misma en la civilización occidental es el creciente descrédito que parecen sufrir la democracia y sus instituciones. Tanto en los Estados Unidos de América, en mucho mayor grado, como en la misma Europa, disminuye día a día el interés de los ciudadanos en la política; la participación en las consultas electorales decrece; la afiliación a partidos y sindicatos se reduce, y sólo parece incrementarse la dificultad para percibir diferencias entre las opciones. Todo ello va extendiendo la idea, sin otra alternativa aparente una vez que se ha hecho evidente el fracaso histórico del comunismo soviético, de que todos los líderes políticos son iguales y actúan movidos más bien por intereses personales que por el deseo de servir a la colectividad. Esta actitud, sin embargo, podría disfrazar el pretexto tras el que una sociedad embotada por la opulencia y el materialismo oculta su escasa disposición a ejercer con responsabilidad las funciones propias, y a menudo gravosas, de la ciudadanía consciente y responsable.

Por desgracia no se trata de un hecho aislado. La desaparición progresiva de la ética basada en el esfuerzo y el compromiso ha infectado todos los ámbitos de la vida. Las famosas palabras de John F. Kennedy que aconsejaban a los jóvenes no usar su tiempo como una hamaca, sino como una herramienta, resultan hoy poco atractivas para las nuevas generaciones crecidas en la abundancia fácil. Los medios de comunicación, siervos sumisos de la imparable maquinaria del consumo, siembran sin miramientos en las conciencias cada vez más indefensas valores radicalmente opuestos a los que se suponen propios de la democracia occidental. El materialismo sin disfraces, la búsqueda del placer fácil y rápido, el rechazo visceral del compromiso y el culto desmedido al dinero parecen ser las pautas reales de comportamiento en las que la sociedad occidental educa a sus hijos. Y la asimilación acrítica de ciertas ideas tenidas por políticamente correctas no ayuda demasiado a evitarlo. En especial, va arraigando de manera inconsciente en la mayoría de la población una sorprendente y errónea identificación entre la tolerancia moral y el relativismo ético que olvida que el respeto a las ideas de otros en modo alguno equivale a la falta de ideas propias. Si la primera es connatural a la democracia, el segundo no lo es, porque priva a la colectividad que lo sufre del eficaz elemento de coherencia que nace de la posesión de unos valores compartidos y porque, sobre todo, convierte en imposible la tarea de socializar a las nuevas generaciones.

Pero el relativismo alcanza el máximo de su potencial disgregador cuando se une al complejo de culpa. Durante las últimas décadas ha llegado a convertirse en un lugar común la necesidad de pedir perdón al mundo por el daño que occidente le ha hecho. Esa actitud, en sí misma, no es mala; es más, se trata incluso de un rasgo propio de nuestra cultura, la única que ha producido una conciencia crítica lo bastante fuerte para superar un tanto el etnocentrismo característico de toda civilización. Pero una cosa es denunciar cuanto de malo ha hecho y hace Occidente y otra bien distinta renunciar a defender cuanto tiene y hace de bueno en un mundo en el que los derechos humanos, la libertad y la democracia siguen siendo, por desgracia, más la excepción que la regla.

Por último, el declive de Occidente parece alcanzar también a la economía. En los primeros años del siglo xxi, los índices de crecimiento alcanzados por algunos grandes países asiáticos y americanos, en especial China, la India y Brasil, multiplican varias veces los tímidos progresos que exhiben Estados Unidos y Europa. Su penetración en los mercados y, en consecuencia, su porcentaje de participación en el comercio mundial no han hecho sino incrementarse en detrimento de los países occidentales. Su progreso tecnológico en sectores relevantes como las telecomunicaciones, la informática o incluso el aeroespacial se hace cada vez más evidente. Y la crisis iniciada en 2008, quizá la más profunda de la historia del capitalismo, no ha servido sino para acelerar el proceso. A diferencia de lo ocurrido en otras ocasiones, han sido los denominados países emergentes los que menos han sufrido el impacto de la depresión, que en el caso de China incluso ha permitido alimentar unos índices de crecimiento económico superiores a los ya muy altos que venía registrando su producto interior bruto en las últimas décadas del siglo xx, hasta llegar al recalentamiento.

Así las cosas, el futuro inmediato de la humanidad plantea muchas incertidumbres, pero también alguna certeza. El desarrollo de estas naciones, que suman en conjunto una cifra próxima a la mitad de la humanidad, pone en tela de juicio el modelo actual de desarrollo, que sólo puede conducir a corto plazo al agotamiento de los recursos estratégicos y a una feroz competencia por los restantes que pondría en peligro la paz mundial y la supervivencia misma de la especie. En este contexto, y en el marco de una sociedad internacional cada vez más multipolar, no sólo en lo político y lo económico, sino también en lo social y lo cultural, Occidente, y en especial Europa, lejos de adoptar una actitud de despreocupación irresponsable o aferrarse a una superioridad que ya no podrá sostener por la fuerza, deberá esforzarse por compatibilizar la defensa de los valores que son, a un tiempo, universales y propios de Occidente con el respeto a las creencias de otras civilizaciones, cada vez más pujantes y no siempre dispuestas a asumir sin más las formas de vida occidental. No caben ya imposiciones. El único camino posible es el diálogo y el respeto entre las diferentes culturas desde un firme compromiso colectivo con la paz y el progreso de la humanidad en su conjunto. En nuestras manos está lograrlo. Si no lo hacemos, una nueva Edad Media, mucho más oscura y prolongada que la que sobrevino en Europa tras la caída del Imperio romano, podría cernirse sobre nosotros. Y en esta ocasión quizá no habrá un Renacimiento esperándonos a la salida.

Luis E. Íñigo Fernández, Breve historia del mundo

Ed. Nowtilus, 2011

Cap. 9. ¿El fin de la historia?

 

 

Tres huesos de cereza

Un día apareció en la cabaña del hospital un hombrecillo vestido con un blusón azul y unos grandes pantalones sueltos, un hombre muy alto, completamente calvo y con un bigotito rubio tan tenue que era casi invisible. Se dirigió a mí con toda formalidad y me dijo que su nombre era Anton Bruckner. Bruckner, el célebre compositor austriaco. Era idéntico que en las fotografías que había visto de él. Nos estrechamos la mano y luego le dije que se sentara y él, después de mirar a su alrededor un poco confundido, cogió un taburete de madera, lo colocó cerca de la cama y se sentó a mi lado.

Herr Bruckner -le dije-. Siempre he amado su música.

Es usted muy amable -me dijo-. ¿Es usted músico también, sin duda?

-Sí. Compositor -dije yo-. Pero no tengo éxito.

-No se preocupe por el éxito -dijo él-. La música no tiene nada que ver con el éxito ni con los aplausos. Aunque a todos nos guste recibirlos.

-Es evidente que la música no es eso -dije yo-. Pero ¿cómo se puede componer cuando uno no obtiene ningún reconocimiento? ¿Cómo es posible componer cuando uno pierde la fe en sí mismo?

-Usted tiene que comprender lo que es realmente la música -dijo él-. Entonces la preocupación por el éxito no se convertirá en la fuerza dominante de su vida.

Hablaba un inglés extraño, con un fuerte acento alemán, un acento alemán que también resultaba peculiar. Yo no sabía que Bruckner hablara inglés, aunque sí que había sido muy bien recibido en Inglaterra y que siempre había sentido afecto y admiración por ese país, y también que había intentado en varias ocasiones emigrar a los Estados Unidos. Aunque supongo que aquella figura que acababa de entrar en mi cabaña no era realmente Bruckner, sino una creación de mi imaginación.

-Dígame, Herr Bruckner, ¿qué es realmente la música?

-Si se lo digo, estropearé la posibilidad de que usted lo descubra por su cuenta -me dijo él-. Y eso no estaría bien. Es posible que usted haya venido a este lugar exclusivamente para eso.

-¿Es usted realmente Anton Bruckner?

Se sacó de uno de los bolsillos de su blusón una bolsa de papel llena de cerezas y se puso a comer. Me ofreció. Estaban muy rojas y tenían un aspecto delicioso. Pero yo tenía miedo a comer alimentos del mundo de los sueños, y rechacé su oferta.

-La música es una forma de alabar a Dios -dije yo-. ¿Es eso lo que usted cree?

El frunció ligeramente el ceño. Escupió un par de huesos al suelo y luego se guardó de nuevo la bolsa de cerezas en el bolsillo de su blusón de campesino.

-Dios es una palabra que se les dice a los niños -dijo Bruckner limpiándose los labios con el dorso de la mano-. Aquí no solemos utilizar esa palabra.

-Usted siempre fue un buen católico, un hombre de fe.

-En efecto. Pero eso no me salvó de la desdicha. Siempre fui desdichado, señor Barbarín. Toda mi vida, desde niño, siempre fui un desdichado y un solitario. Nadie me quiso nunca, en toda mi vida. Jamás logré tener un verdadero amigo ni inspirar cariño a ninguna mujer. ¿Le parece fácil vivir así una vida entera?

-Dígame, ¿qué es la música realmente?

-La música tiene un lado humano y un lado que no es humano -dijo Bruckner-. La música representa al ser humano en toda su complejidad y también el cosmos en toda su complejidad, y representa el vínculo que existe entre los dos. Representa lo que conocemos del ser humano y también lo que no conocemos. La totalidad de la realidad. La totalidad del alma y la totalidad del mundo. Y el puente que une el alma del hombre con el alma del mundo.

Quedé en silencio, pensando que Bruckner jamás habría dicho cosas como aquéllas.

-Usted no es realmente Bruckner -le dije-. Usted es una creación de mi imaginación, y dice cosas que yo he pensado o que yo podría pensar.

Cuando salió, me quedé pensativo durante un largo rato. Luego descubrí que en el suelo de la cabaña había tres huesos de cereza. Los cogí y los guardé debajo de la almohada y me dispuse a dormir un rato. Estaba seguro de que cuando me despertara, los tres huesos de cereza habrían desaparecido, pero no fue así. Los tres huesos seguían donde los había dejado, y todavía hoy, cuando escribo estas memorias, siguen en mi poder.

Andrés Ibáñez, Brilla, mar del Edén (págs. 321-323)

Ed. Círculo de Lectores (Licencia editorial de Galaxia Gutenberg)

Barcelona, 2015.

Premio Nacional de la Crítica 2015.

Como un reloj suizo

Franco había aplastado sin la menor astucia, a su manera borde y primaria, todo cuanto sonara a catalán, vasco y gallego, contando con la colaboración de las clases altas catalanas, vascas y gallegas. Estas mismas clases altas estaban dispuestas a quedarse en usufructo el País Vasco, Cataluña y Galicia, en cuanto desapareciera el Amo. Para lo cual bastaba con DECIR que no habían sido ellos los trituradores del País Vasco, Cataluña y Galicia, sino unos extrañísimos hombres de Madrid (que a su vez eran vascos, catalanes o gallegos), y que ahora ELLOS iban a rehacer el País Vaco, Cataluña y Galicia. Una de las razones por las que las clases altas son altas, es decir, sojuzgan, es porque las clases bajas son bajas, es decir, se someten. El plan funcionó, años más tarde, como un reloj suizo.

Félix de Azúa, Historia de un idiota contada por él mismo

Editorial Anagrama. Barcelona, 1986