De aquel tiempo en que fui seminarista
pocas cosas añoro. Algunas las recuerdo con pavor:
el frío de los cuartos en invierno,
el potaje impotable de habichuelas,
los sermones sin fin del legionario
reconvertido en padre espiritual.
Alguna evocación hay, sin embargo,
que mantiene vigente su atractivo
o que tal vez lo aumenta según pasan los años:
los ratos que pasaba en la capilla
recluso y en silencio; cuando el ruido del mundo se apagaba,
incluidas las voces de los curas.
Entonces yo charlaba muy amigablemente
Con el dios que en mí mismo se alojaba
y se sigue alojando.
¡Qué paz me deparaba su palabra! La paz de la oración…
Todavía después de tantos años,
recluido en mi estudio algunas madrugadas,
me quedo quieto, ajeno a cuanto me rodea;
y ese dios ermitaño que en mí tiene su gruta
se asoma al exterior;
y aunque está cada vez más taciturno,
me saluda y me habla. Si me ve decaído
afirma que no soy tan miserable
como a veces me siento;
e insiste en que este mundo es muy hermoso
a pesar de la mugre.
Y concluye aceptando que él tampoco es joven,
que ya le va pesando lo vivido;
mas no por eso añora la mocedad lejana
de aquel tiempo en que fue seminarista.
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