Y de pronto se forma
en lo hondo del vientre de una esposa
un nódulo de células que crece
y crece y crece y crece sin parar.
Ya no cabe en la madre.
Ya sale de la madre
un cachorrillo diminuto, feo,
mamoncete llorón y desvalido
que crece sin parar.
Ya va al colegio.
Ya va de marcha a un parque de atracciones.
Ya va de campamento a un parque natural.
Ya abre los brazos
y une con sus manos las antípodas.
Ya no cabe en el mundo,
otea los espacios, busca mundos mayores.
Ve una estrella que brilla con resplandores mágicos
y se lanza a atraparla;
pero no lo consigue.
Se queda pensativo; no comprende
qué ha fallado en su salto.
Otra estrella lo atrae:
se lanza con más brío a conquistarla
y fracasa otra vez.
Otra vez queda quieto, pensativo;
sigue sin entender y se enfurece.
Mas luego poco a poco va cesando la furia
del cazador de estrellas fracasado.
Su mirada se torna
menos altiva, un punto melancólica.
Su enormidad comienza a reducirse;
su voz no es tan vibrante, es más grave y serena.
Sus manos, sus miradas
se orientan a otros seres más cercanos
que por doquier pululan.
Una mujer lo llama; él se siente transido
de su cálida luz: es la estrella que busca.
Se abrazan y la dicha los inunda.
No quieren ni podrían separarse.
Juntos gozan y sufren, trabajan y descansan,
andan por los espacios de la tierra.
Ya sostienen en brazos
un cachorrillo diminuto, feo,
un lindísimo niño
que crece incontenible.
Querrán tener más hijos, los tendrán.
Y crecerán los hijos
y un día partirán quién sabe adónde.
Ellos se mirarán, aún enamorados,
y estarán invadidos de tristeza,
desolados en su pequeña casa.
Y otro día al ocaso se mirarán de nuevo
y se verán ancianos, consumidos.
Definitivamente descordados
dejarán de latir sus corazones.
Quizá sus hijos guarden
sus restos en dos urnas funerarias.
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