De la mañana, por supuesto.
”¡Abrimos, son las siete!”, dice Apolo,
o la Aurora, de azafranados bucles a juego con el peplo.
Y entran en la primera tanda de clientes
de la playa las personas mayores, los abuelos.
Pasean por la orilla,
se meten en el agua muy despacio
y, a medias remojados, conversan entre ellos apacibles.
Con su hatillo a la espalda
enganchado en la punta del bastón,
pasa un hombre bajito, camina decidido por la arena:
estampas migratorias nos recuerda
de los años cuarenta.
¿Qué lleva en el hatillo? La camisa y las chanclas.
No son cuerpos ni bellos ni garbosos estos cuerpos
llenos de humanidad.
Muy humana igualmente la esbelta jovencita que se acerca;
se ha colado en un turno que no le corresponde
con el conque de pasear a sus caniches. Lleva
amarrado y sujeto al más pequeño
y suelto al otro: ella sabrá por qué.
El agua está tirando a fría. No hace viento.
Los olores del mar y los del monte se mezclan en el aire.
De naranja y azul,
bronceados, atléticos y jóvenes,
van llegando a las once
los bellos e indolentes socorristas.
Comienzan su servicio con el segundo turno de bañistas.
Seguramente piensa la autoridad municipal
que no los necesitan los mayores,
que no hay mejor socorro para ellos
que el del benigno sol, que el del agua marina
en esta mansedumbre de la orilla.
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