Alguna vez aquí, en uno de estos escritillos de Certe patet, he comparado el blog con un huerto… Sé de quien tiene un blog, más o menos como éste, pero, en la práctica, totalmente abandonado, porque se pasa los meses enteros sin hacer en él labor alguna; mientras ha convertido el jardín de su casa, el pequeño trozo de tierra de la trasera de su casa, en un huerto que cultiva sin tregua, orgulloso de sacar de él unos tomates, unos calabacines, unas berenjenas… Todo en mínima cantidad porque no tiene tierra para más. Yo, en cambio, hijo de campesino, prefiero que los productos de la ensalada o de la sopa los críe el supermercado: entiendo que salen mil veces más baratos.
A mí me va el sentirme un hortelano sólo como metáfora. Al fin y al cabo el verbo latino colo, cultivar, tiene muchos significados, o sea, los humanos tenemos muchos campos donde labrar. Así, estoy en clase con mis alumnos y también me siento, como en este blog, un hortelano que cava o rastrilla, que arranca hierbas locas o siembra útiles semillas. Ahora me voy a la parata de 2º B.
Y hasta mi casa es un huerto: no el trocito de tierra de la trasera de mi casa, sino mi casa entera… Y miro a mis hijas como hermosas frutas que van madurando lentamente, pero que siguen necesitando mis cuidados, y los de su hortelana madre; que, a su vez, es como la ancha parra que antecedía el umbral de las casas campesinas de antes: sombra fresca del verano, fruta dulce en otoño, tibio sol de invierno, verdor vital de primavera.
Hasta me veo a mí mismo, el hortelano, como materia vegetal: un humilde (o sea, pegado a la humus) chaparro melancólico, una machadiana encina, un alcornoque superviviente, como ésos que ahora reverdecen en medio de las cenizas, en los montes quemados de mi pueblo.
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