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RS versus RC

En mi entrada anterior reconocía (¡confesaba!) que yo no soy creyente. Opino, además, que la enseñanza de la religión, de cualquier religión, debería tener lugar fuera de los centros educativos estatales en un Estado laico; o aconfesional.

No obstante, me parece poco decente el mal trato que desde la Administración se dispensa a los profesores de Religión Católica. ¿Sólo a los de Religión Católica?, ¿Cómo es eso? ¡Ah! Es que de otras religiones no hay.

En mi instituto –después de veintidós años ejerciendo en él mis buenas intenciones docentes bien puedo llamarlo mío–, entre los chavales de cualquier nivel, desde 1º de la ESO hasta 2º de Bachillerato, hay alumnos de:

-RC: Religión Católica.

-RE: Religión Evangélica.

-RI: Religión Islámica.

-R que R: la Religión es un Tostón.

Pues bien, sólo tienen profesor, ¡qué privilegio!, los de RC. Pero los socialistas, que son una religión aparte que quiere imponerse como única religión, fastidian continuamente con diversas marrullerías a los únicos profesores de religión del instituto que no pertenecen a la RS, la Religión Socialista. Y a mí me da pena.

El profesor de RC de mi instituto –de su instituto: si yo llevo veintidós, él lleva veinticuatro años ejerciendo en sus aulas, desde que se inauguró—es el párroco de la parroquia del barrio: la Parroquia del Espíritu Santo. Y es un santo varón; al que quiere de corazón no sólo toda la gente de su parroquia, sino cualquiera que tiene la suerte de conocerlo.

¿Y los alumnos de las demás religiones que no son ni RS ni RC? Lo llevan todo con paciencia. Ellos saben –como yo sé—que Dios es consciente de que el ser al que dio corona y título de Rey de la Creación, le salió un poco estúpido; pero tiene que sobrellevarlo, ¡también Él, qué remedio!, con muchísima paciencia: al fin y al cabo es hijo suyo.

La superioridad moral de la izquierda

Creímos en ella mientras estuvimos sometidos a la dura derecha del franquismo. Pocas jornadas habrá habido en la historia de España que hayan despertado la ola de optimismo o de entusiasmo que suscitó el triunfo socialista del 82. Pero después de una década de gobierno felipista cundió por doquier el sentimiento del desengaño. No era esto, no era esto lo que nos prometíamos: los líderes socialistas aupados a los modos de vida de los oligarcas, la disculpa de los casos de inmoralidad y de corrupción cuando los merecedores de la ignominia estaban en las propias filas, las actitudes de quienes se sienten por encima del común de la ciudadanía.

Cundió el desencanto y los socialistas perdieron las elecciones del 96. Y pudimos comprobar que España, con el Partido Popular en el Gobierno, no caía en un franquismo revivido. Los españoles no perdieron ni un ápice de las libertades ciudadanas, la economía del país remontó y sintonizó con la de la Unión Europea; y, aunque con demasiada lentitud y vacilaciones, salió una Ley de Educación que iba a poner fin a los mayores males derivados de la LOGSE.

Luego volvieron a ganar los socialistas. Dos victorias poco limpias, por cierto: la primera fraguada aprovechando turbiamente la conmoción del 11M (culpando de los atentados al Gobierno de Aznar  por su apoyo al Gobierno norteamericano en la guerra de Irak: aquella jornada de reflexión tan poco pacífica…); la segunda, negando una crisis económica que ya había visto llegar todo el mundo (aquel triunfo de Solbes frente a Pizarro: véase ahora en qué ha quedado).

Educados en el nacionalcatolicismo –hablo de muchos de mi generación-, creímos en Dios y en la Iglesia Católica. Luego dejamos de ser creyentes. Pero no demos de ser ingenuos, y creímos en la izquierda redentora. Hasta que nos caímos del guindo.

¿Superioridad moral de la izquierda? ¡Y un cuerno! Llegan al poder y lo que de verdad les preocupa es afianzarse en el poder. “Los ideales pueden esperar. Lo primero es asegurarse de que ningún partido tenga suficiente fuerza como para desalojarnos del Gobierno.”

Pero ya veis: los gobiernos se ganan y se pierden. Es lo normal en la democracia. Y normal que quien pasa unos años ejerciendo un cargo público, vuelva a su antiguo puesto de trabajo a ganarse el jornal como cada quisque. Lo que no deberíamos considerar nunca normal ni gobernantes ni gobernados es la pérdida de la vergüenza cívica, del sentido personal de la honestidad.

Diario de un cadáver. Otra página en blanco

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