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El Partido Socialista ha programado su propia obsolescencia

JUAN CLAUDIO DE RAMÓN. EL MUNDO, 23-02-24

Antes de conocer el desenlace de la contienda electoral en Galicia -esto es, si el Partido Popular tendría suficientes votos para seguir gobernando en esa comunidad-, se sabía con certeza que el Partido Socialista había renunciado a ganar las elecciones. Por decirlo mejor: el Partido Socialista habría celebrado como propio el triunfo de la candidata del Bloque Nacionalista Galego. Conviene recalcar este hecho clave que cifra la rareza política de nuestro país: la absoluta naturalidad con que la izquierda española -sus partidos y medios afines- deseaba la victoria de una aspirante autodeterminista que no cree que Galicia deba ser parte de España. Todo antes de que gobierne el centroderecha (y en Galicia no pesaban en el cálculo los acechos de la extrema derecha, pretexto habitual en la izquierda para justificar su sectarismo).

Esa pulsión antagonista no es simétrica. Si bien la derecha no siempre auspicia el acuerdo con el izquierda, en última instancia, y en lo tocante a la unidad territorial, domina en el ala conservadora del país la resignación que da en preferir una España roja antes que rota (y eso que José Calvo Sotelo, que acuñó la sentencia, podía hacerse una somera idea, a fines de 1935, del trato poco fraterno que recibiría él de una España roja). En la izquierda es lo contrario: España, mejor rota que azul, aunque sea el azul tecnocrático y poco chillón que encarna el Partido Popular. A qué llamamos «romper España», sintagma que produce hilaridad en muchos, será tema de otra columna. Basta ahora avizorar el futuro que espera al Partido Socialista si persiste en esta actitud: no muy bueno. El PSOE es irrelevante en Galicia y ancilar en el País Vasco. En Andalucía no tiene visos de recobrar la hegemonía y en Madrid ya es tercero, por detrás de los regionalistas castizos de Más Madrid. En Cataluña… ¿existe el PSOE en Cataluña? Da igual: ahí también está sometido al nacionalismo. En España, en fin, ya no es el primer partido ni quiere serlo (en las pasadas elecciones generales, no ocultó que salía a ser segundo y formar barricada con las fracciones enemigas de lo común).

En resumen, no parece que la apuesta plurinacional del PSOE esté echando buen pelo. Se diría más bien que, perdida la vocación mayoritaria, el Partido Socialista ha programado su propia obsolescencia, como hacen algunos fabricantes para inducir a los consumidores a la compra de un nuevo producto. Solo que aquí las nuevas siglas preferidas por el elector ya no serían las socialistas, sino las abiertamente nacionalistas, más convincentes lo mismo en la exaltación de las identidades particulares que en la pasión triste del odio a la derecha. En realidad, nadie sabe cuál es el proyecto, ni territorial ni ideológico, del PSOE. Al menos en las regiones -y no es una buena noticia para España- la vida útil del producto se acerca a su final. A lo que siempre habrá quien objete, y no es poco, con esa otra española fórmula de resignación: que me quiten lo bailao.

Convivencia, expectativas y amnistía

Gabriel Tortella

EL MUNDO, Jueves, 8 febrero 2024

Va siendo hora -quizá esté ya pasada- de preguntarnos qué se ha hecho mal en la cuestión de los nacionalismos periféricos, que durante la Transición eran un problema más y hoy se han convertido en un monstruo que amenaza con destruir el marco democrático tan trabajosamente construido entonces, y con devolver a España a los peores momentos de su historia: los reinos de taifas, la Guerra de Independencia -que tuvo su lado heroico, pero también grandes dosis de caos-, la Primera República y la Guerra Civil. ¿Cómo es posible que, después de 40 años de democracia y madurez económica y social, nos encontremos ahora amenazados por nuestros tradicionales demonios familiares, que parecen empujarnos hacia abismos que creíamos haber dejado atrás para siempre?

Ha llegado el momento de buscar en los errores cometidos durante aquellos años optimistas que llamamos la Transición la raíz de la grave situación en que nos encontramos. La élite política de aquel tiempo incurrió en una grave equivocación que aún hoy influye en nuestras premisas políticas. Esta élite tenía un componente de políticos que habían colaborado con el franquismo, pero estaban convencidos de que España era ya un país maduro que debía gobernarse democráticamente. Había en esa élite otro componente de políticos que se habían opuesto al franquismo, pero que creían que era mejor una transición pacífica que una ruptura traumática y que, por lo tanto, estaban dispuestos a hacer causa común con los ex franquistas reconvertidos para instaurar la democracia con la menor cantidad de fricción y violencia posible. Esta élite mixta recibió un apoyo muy mayoritario por parte de la ciudadanía, como se demostró en los referéndums y elecciones que se celebraron por entonces. En general, como es bien sabido, la Transición constituyó un gran éxito, aunque ETA y otros grupúsculos de izquierda y de derecha cometieron graves crímenes en su oposición a la instauración de la democracia.

Pero hubo entre los políticos ex franquistas un sentimiento de culpa, consciente o inconsciente, que pesó como una losa sobre la derecha política española durante los años de la Transición, que ha persistido hasta nuestros días y que ha causado un daño incalculable; un sentimiento de culpa que los políticos de izquierdas han aprovechado con fines electorales y dialécticos, pero que también, aunque en menor medida, les ha afectado a ellos. Tanto unos como otros se han sentido endeudados con los nacionalistas periféricos, sobre todo catalanes y vascos, por haber sido estos, supuestamente, las mayores víctimas de la opresión centralista del franquismo. A causa de este sentimiento de culpa, el nacionalismo español se convirtió en algo casi equivalente al franquismo. De ahí la ruptura de la igualdad fiscal en favor de vascos y navarros, y la pertinaz tolerancia con las infracciones de la ley en materia lingüística, y muchas otras, en ambas comunidades. Y de ahí el galimatías del Título VIII de la Constitución y el vacío sistemático que los políticos nacionales han hecho a las mayorías no nacionalistas en esas comunidades. En aras de este sentimiento de culpa, la palabra «nación» se dejó de utilizar para designar a España, y hasta la red «nacional» de carreteras pasó, absurdamente, a ser «estatal». Los nacionalistas periféricos no se esperaban tanta pleitesía por parte de los gobernantes de «Madrid», pero pronto comprobaron con alborozo que cuanto más oprobio se vertiera sobre ellos -«centralistas, franquistas, opresores, ladrones»- más dispuestos estaban los gobiernos «estatales» a ofrecer concesiones para hacerse perdonar su inexistente (subrayémoslo) pecado original.

La dialéctica del nacionalismo catalán y vasco fue adquiriendo tonos cada vez más ofensivos y agresivos. Los gobiernos españoles trataban de acallar el victimismo y los vituperios con dinero y permisividad. Pero, increíblemente, ni la opinión ni los gobiernos españoles advertían que esta actitud autoinculpatoria, esta cesión al chantaje, tenía exactamente los efectos contrarios a los perseguidos: si los insultos estaban tan bien remunerados, lo lógico era redoblarlos. Pero, además, había otro efecto, quizá aún más peligroso. La debilidad obsequiosa, el deseo de «mejorar la convivencia», según el estribillo de Pedro Sánchez, volvía como un bumerán contra los convivientes. Las acusaciones de los nacionalistas hacían un gran efecto sobre la población local. Si sus reclamaciones no eran rebatidas por los políticos de «Madrid» sería porque eran ciertas. Así crecían las adhesiones al nacionalismo.

Y aún operan dos factores más: primero, el dinero y las cesiones permiten a los nacionalistas, cada vez más separatistas, hacer proselitismo entre la población, subvencionando los medios de comunicación adictos, repartiendo sueldos y prebendas entre los correligionarios. Y segundo, las expectativas: si son los separatistas los que llevan la iniciativa y los centralistas los que hacen una concesión tras otra, parece claro que, más pronto o más tarde, van a ganar los separatistas: luego hay que estar con ellos. Todo esto explica el gran crecimiento del sentimiento nacionalista y separatista. Hacia 1980, en Cataluña los separatistas no llegaban al 5% de la población. Cuarenta años de cesiones y «mejoras de la convivencia» han elevado esta proporción a un entorno del 30-40%. Cuantas más claudicaciones y más «generosidad» reciben los separatistas, más apoyo obtienen, porque más inminente parece la independencia de Cataluña y el País Vasco.

Nadie parece haber aprendido las lecciones del otoño de 2017, cuando, entre dudas y zozobras, el Gobierno de Mariano Rajoy, con el apoyo vacilante y tembloroso del PSOE de Sánchez y el Ciudadanos de Rivera, por fin osó aplicar la Constitución en Cataluña (el artículo 155), destituyendo al Gobierno rebelde de Puigdemont y nombrando presidenta en funciones de Cataluña a Soraya Sáenz de Santamaría. ¿Qué ocurrió? ¿Hubo protestas, motines, levantamientos? No, señor. Los funcionarios acudieron al trabajo sin rechistar, los consejeros separatistas se fueron a su casa y eventualmente a la cárcel, Puigdemont se metió en el maletero de su coche camino de Bruselas, se cerraron las «embajadas» catalanas en el exterior y allí no pasó absolutamente nada.

La convivencia mejoró de verdad en cuanto cambiaron las expectativas y pareció que el Gobierno español no iba a tolerar astracanadas separatistas. Aquello pudo haber sido el fin del separatismo en España. Pero prevalecieron la cobardía y el sentimiento de culpa de los políticos españoles. Rajoy quedó tan asustado de su propio atrevimiento que no veía el momento de soltar la patata caliente de la intervención en Cataluña. Se traslució inmediatamente su falta de ideas y convicciones. Los separatistas, por su lado, recobraron el aplomo; la tercera parte de la población catalana adicta al separatismo recuperó enseguida las convicciones de las que acababa de renegar y todo volvió al statu quo anterior. El año siguiente, cuando Sánchez e Iglesias le urdieron una falaz moción de censura, a Rajoy todavía le temblaban las piernas del susto que pasó en el otoño de 2017, cuando estuvo a punto ser un político íntegro y con convicciones. Fue sin duda ese temblor lo que le impidió desmentir las trolas de Sánchez, escapar a un bar cercano y entregar mansamente el poder a un rival que, por desastrosa que fuera la ejecutoria de Rajoy, iba a dejarle en buen lugar por comparación.

La amnistía flagrantemente inconstitucional que el Gobierno Puigdemont-Sánchez nos prepara es el penúltimo paso hacia la destrucción de la España democrática, que un sentimiento de culpa injustificado y varios errores garrafales de la Constitución han permitido perpetrar al separatismo y a sus secuaces socialistas. Es evidente que si, por un milagro, europeo o divino, saliéramos más o menos incólumes del atolladero en que nos hallamos, debemos plantearnos una reforma profunda de nuestra estructura constitucional y una reconsideración de nuestra historia reciente. Además de exigir responsabilidades penales.

Gabriel Tortella es economista e historiador, coautor de Cataluña en España. Historia y mito (con José Luis García Ruiz, Clara Eugenia Núñez y Gloria Quiroga; Ed. Gadir) y de La semilla de la discordia. El nacionalismo en el siglo XXI (con Gloria Quiroga; Ed. Marcial Pons)

Enero

1

Alternancias

El vigor, la enfermedad;
la enfermedad, el vigor.
Vivimos llevados por
el afán de potestad;
y por la contrariedad
que la enfermedad nos planta.
Con frecuencia el cuerpo aguanta,
resiste, se recupera;
con su potencia guerrera
el caído se levanta.

2
Animales

Casa de animales llena:
conejos, pavos, gallinas,
un gallo con asesinas
garras y un pico de hiena
(me quería para cena);
burra buena con matices
de riesgo de que aterrices
de su lomo; gata, chota…
Y yo aportaba mi cuota
cuando cagaba lombrices.

3
Jotabé

Derretido y derrotado
me deja mi Jotabé;
no el de la botella, el que
me tiene tan embobado
que quiero estar a su lado
como ángel protector.
En el huerto es un reactor
de fuerza casi infinita:
la que al abuelo derrita
y derrote a su sabor.

4
Fiestas

Los gastos superfluos son,
religiosas o profanas,
las fiestas. Qué pocas ganas
de juerga o de devoción
siente el viejo en su rincón,
que es también su observatorio.
Ni beato ni tenorio,
por el mundo se interesa
y ve que el mundo progresa
entre rezos y jolgorio.

5
De Orlando

Los europeos, de Orlando
Figes, un libro precioso,
ameno, instructivo, hermoso.
Por ello estoy deseando
que los Reyes Magos, cuando
nos visiten esta noche,
me dejen, en su derroche
de regalos, otra historia
de este autor, a cuya gloria
esta décima se abroche.

6
Regalos de Reyes

Calcetos de cornetas y tambores;
el libro del Setenta Aniversario
(no digo septuagésimo: peores
errores los cometo yo a diario)
del TJUE, en el que ejercen sus labores
mi hija Clara y mi yerno; y escenario
que proporciona Orlando Figes para
tener de Rusia una imagen clara.

7
De resaca

Es domingo de resaca;
y todo el que se ha excedido
por sacarle más partido
a la fiesta, una placa
se pone que dice “En caca
me ha convertido el exceso”.
El hombre que tiene seso
no se deja engatusar
por vicios del paladar
ni por sentirse travieso.

7
Con seis docenas de años

La edad en que a la famosa
Celestina dieron muerte.
No sé cuál será mi suerte.
La enfermedad que me acosa
puede llevarme a la fosa
o a un cirujano bendito.
Mientras voy dejando escrito
lo que del boli me sale,
por más que jamás iguale
a Rojas, me importa un pito.

8
Niños mejor que mascotas

Viendo crecer a mis nietos,
su increíble progresar,
siento un amargo pesar
por los jóvenes sujetos
desde económicos vetos
que se apañan con mascota.
Vamos por una derrota
que nos lleva hasta el ocaso.
Evitemos el fracaso
o el tiempo se nos agota.

9
Esperando

Quedarse en casa esperando
al repartidor. Lo feo
de esa espera es que me veo
prescindiendo de ese blando
placer que me viene dando
la música, tan amada.
Vaya a ser que la llamada
del repartidor no llegue
a mi oído, y él despegue
tras entregarme la nada.

10
Agradezco

Cuánta gente de valía
ha muerto en su juventud
dejándonos la virtud
de su obra, que nos guía
en la pena y la alegría
para seguir construyendo.
Ellos son el reverendo
altar de mis devociones,
alzar de mis emociones,
magisterio que defiendo.

11
Pertenezco

Pertenezco a la nación
humana, que en el planeta
Tierra vive y se sujeta,
por norma y por convicción,
para que la destrucción
de otros seres de la Tierra
no suceda, si la guerra
no han declarado al humano.
Muera el virus, viva el sano
cachorro hijo de perra.

12
Cuánta cuita

El azul en mi ventana
es de pureza infinita.
Aquí abajo, cuánta cuita
por aspirar a una insana
paradisiaca manzana
que nos llevará a la ruina.
El humano es una mina
de proezas y torpezas.
Humano, cuánto tropiezas.
El azul no te ilumina.

13
Están creciendo

Los días, desde el solsticio,
están creciendo y se nota.
La hierba en el campo brota
y ya vemos el suplicio
del frío dando intersticio
a la benigna templanza.
Nos renace la esperanza
de ver otra primavera.
La vida es más duradera
de lo que la vista alcanza.

14
Esta templanza

Esta templanza de hoy,
impropia del mes de enero,
está anunciando un febrero
primaveral, mas no estoy
optimista y no le doy
mucho crédito a este año.
Creo que hará mucho daño
la imperturbable sequía;
con la que aquí no se cría
fruta, hortaliza o rebaño.

15
Ya no busco

Ya no busco la aventura.
Con la bici me limito
a recorrer el circuito
habitual: me procura
luz, aire puro, hermosura.
Intelectual tampoco
sé ser: no me ponen loco
las vastas filosofías;
mas amo las melodías
que en mi memoria convoco.

16
Dos elogios recibidos

El uno, de un compañero
de mili. Años después,
yo era aún joven sin parnés,
del discreto camarero
de un restaurante que esmero
servía con la comida.
Merecerlos en mi vida,
mi objetivo principal.
Espero que no muy mal
sea la nota merecida.

17
De Arvo Pärt

Martín Llade esta semana
la música nos presenta
de Arvo Pärt: es maxilenta,
apaciguadora y llana;
es religiosa y profana,
es mística y terrenal;
nos vale en un funeral
y en una coronación.
Martín, tu presentación,
otra lección magistral.

18
Esta tarde

Cuando la tarde se muere
de tanta melancolía,
se inicia una algarabía
de pájaros que le quiere,
no entonar un miserere
sino cantarle: “La siesta
ha terminado y la fiesta
ahora va a comenzar.
Ponte ya, tarde, a danzar
alegre, bella, inmodesta”.

19
El encuentro

El encuentro fortuito
con amigo fraternal…
Vamos cual guiso sin sal
andando nuestro circuito,
o con un ahogado grito
de rabia, dolor o miedo;
y ese diálogo quedo
con quien sabe nuestra historia
pone unos granos de euforia
en nuestro penoso enredo.

20
Me adelanta

Me adelanta una ciclista
muy joven, y me saluda
al adelantarme. Acuda
a mi boli una optimista
celebración que resista
mi tendencia al pesimismo.
No andamos en un abismo,
lo bueno gana terreno,
alguien verá un mundo lleno
de bello igualitarismo.

21
El aseo

Cómo gozan mis manos   si les corto las uñas.
Cómo gozan mis pies   si arreglo sus pezuñas.
Cómo goza mi piel   si la froto en la ducha,
cómo goza después   con la crema hidratante.
Cómo gozan mis dientes   de cepillo y dentífrico.
Cómo gozan mis pelos   si les hago un buen corte.
Cuando yo ya no pueda   asearme cual debo,
que la Muerte me lleve   a donde nadie vea
en qué me he convertido.

22
Mi señora

Mi señora es cocinera.
Yo no soy sólo su pinche,
soy también el que se hinche
con cada obra cimera
que en su mesa la quisiera
el rey o el emperador.
Tengo esa suerte, señor;
y por esos buenos ratos
soy con gusto el friegaplatos,
un humilde servidor.

23
Todavía

Tarjeta médica espero:
miro el buzón y no hay nada.
Pero uno no se enfada.
Yo no pienso que me muero
si ese doctor hechicero
no me arregla la avería.
Andaré aquí todavía
a mis dolencias atado.
Si la salud ha mermado,
no mermó la valentía.

24
Medicina

El vino es la medicina,
en sabiéndolo beber,
que cura con su poder
el mal que tu vida arruina.
Siempre algún mal se empecina,
con un poder superior,
en ir llevándote por
la calle de la amargura.
Eso el vino no lo cura,
mas te ayuda su favor.

25
Atenea

Y del aceite de oliva,
¿qué me dices? Atenea
donó a la tierra europea
el santo árbol que viva
y salva de una deriva
ruinosa la mantuviera.
Su fruto es nuestra primera
y más grata protección,
bien en la sagrada unción,
bien en receta cualquiera.

26
Cada acto

Siempre vigilo la hora,
me encanta ser puntual.
Convertir en ritual
cada acto lo mejora,
lo mismo que lo desdora
la triste desatención.
Salir del lecho es la acción
primera de cada día:
sal siempre con alegría
y con cronoprecisión.

26
El futuro

Si mi mente no me miente,
por mejorar el futuro
todos trabajamos duro.
Si no todos, una ingente,
enorme masa de gente.
Pero de lo que vendrá,
nadie nos diga que ya
tiene grabado un retrato.
Ha de ser un mentecato
quien a tal, crédito da.

27
Si vis pacem para bellum

De este que el boli aquí usa
Niall Ferguson ha sido
historiador preferido.
Él es hoy aquí mi musa,
el que le dice a la obtusa
hornada de gobernantes:
la paz se prepara antes
disuadiendo al enemigo;
ese es un menor castigo
que luchar contra gigantes.

29
Libertad

Pertenecer a un partido
es una desgracia grande.
El hombre libre, que ande
sin sentirse sometido
y sin miedo a su despido.
La libertad de la mente
es la que siembra simiente
que dé fruto en el futuro.
No seas peón oscuro
de un indigno presidente.

30
El periódico

Un libro que a diario se renueva,
un cuadro que me muestra el mundo vario
que discurre ahí fuera de mi cueva,
un mundo que es jolgorio y es calvario
y coso de la lid de quien se atreva.
El periódico es el necesario
maravilloso y fino catalejo
con el que el gran teatro ve este viejo.

31
El seco enero se acaba

Se cuela a primera hora
el sol en mi habitación;
y ya las noches no son
tan largas. Lo que deplora
el paisano es la demora
con que nos incumple el cielo
su bendición: este suelo
será de los alacranes;
no dará vinos ni panes
sino pena y desconsuelo.