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Los libros como vida y redención

Lucía Méndez. EL MUNDO, 20-04-24

En casa no había libros, del mismo modo que tampoco había agua corriente. Los libros y el agua. Dos cosas de primera necesidad. El agua corriente nos permitió la comodidad de quitar la roña eterna de las casas. Los libros nos hicieron las personas que ahora somos.

Los libros llegaron al pueblo con los vendedores ambulantes del Círculo de Lectores, por el mismo camino que la furgoneta-mercería de Lauro nos surtía de ropa interior y que el camión cisterna de Toribín llenaba las garrafas de vino a granel. Antes de la llegada esporádica de esos pocos libros que nos podíamos permitir, en casa sólo me acuerdo de un libro con las hojas desbaratadas y sucias del uso. Era La Cabaña del Tío Tom, un libro de mucha pena que fue la novela más vendida del siglo XIX. Mi abuelo la leía, la releía, nos la leía a mi hermano y a mí, al pie de la lumbre y de las bombillas desnudas. Algunas vecinas del cuartel de la Guardia Civil me dejaban leer telenovelas.

Un libro de aquella época no era un libro. Era un tesoro. Una joya. Los libros no eran un pasatiempo, ni un hobby. Los libros fueron la más potente razón de vida de mi generación, el camino hacia la redención de la ignorancia y el engranaje del ascensor social. Este concepto del ascensor social entonces no existía. Funcionaba sin nombre. Ahora tiene nombre y es cuando ha dejado de funcionar. Yo no sabía entonces que los libros estaban ahí para rescatarme si era capaz de leerlos. Pero mi madre y mi padre lo intuyeron, quién sabe por qué. Cuando el resto de los niños y adolescentes iban a ayudar a la era, a mí me mandaban leer para saber más. El conocimiento les parecía algo no sólo necesario, sino casi sagrado. Diría que incluso por encima del dinero, en una casa donde faltaba.

Los libros me ayudaron a crecer, a conocer, a maravillarme, a llegar aquí. Los libros me hicieron lo que soy. Los libros me ayudaron a no poner faltas de ortografía y me abrieron la mente al resto de los mundos. Los libros me consolaron en las desgracias. Los libros me confortaron cuando fue necesario y me tendieron la mano para salir de los agujeros de la vida. Los libros me fortalecieron en los valores humanos. Los libros me enseñaron a no rendirme. Los libros me acompañaron en las pérdidas y me socorrieron en los duelos. Los libros me ayudaron a educar a mis hijos y a mí misma.

En mi casa no había libros. Y ahora tengo las estanterías llenas. La lectura de libros no es tendencia. Me pregunto qué será de ellos.

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