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No hay educación sin libertad

Por una parte, me siento el menos indicado para hablar de educación: «Tú ya te has ido. Deja a los que aún continúan en la briega la búsqueda de soluciones».

Por otra parte, me sigo sintiendo parte del tinglado, porque la docencia es un sacramento que imprime carácter, como el sacerdocio: «Toma el boli y escribe. Coopera de alguna forma, siquiera de esa tan cómoda, para que la cosa -la casa- vaya a mejor».

Creo que las vivencias más penosas durante los últimos años de instituto surgieron enfangadas en el agobio por la falta de libertad.

Falta de libertad para los profesores a la hora de impartir sus materias. ¿Por qué se nos exige tanta preparación, tanto magisterio, tanta autoridad profesional, si se nos va a seguir tratando hasta el último día como a sospechosos de ignorancia, torpeza y haraganería?

Falta de libertad para los alumnos, a los que se recluye cada día en el instituto como si este fuera una cárcel. ¿Cómo se les puede prohibir ir a los servicios incluso en el descanso entre clase y clase? ¿Cómo se les puede prohibir que vayan a su casa durante el recreo, si viven a cinco minutos del centro? ¿Cómo se les puede prohibir que se queden estudiando en la biblioteca, o en un banco del pasillo, en lugar de ir a la siguiente clase, en la que, lo saben, van a perder el tiempo? Porque se han quedado rezagados en Matemáticas y no se enteran de nada; porque sienten antipatía por el profesor de Historia y creen que aprovechan mejor la hora si la dedican al estudio del libro de texto; porque están hasta las narices de análisis morfosintáctico en las clases de Lengua y Literatura.

Si queremos una sociedad de ciudadanos libres y responsables -¿cómo se le puede exigir responsabilidad a quien previamente no se le ha reconocido el derecho a la libertad?-, comencemos por tener unos institutos de educación secundaria en los que la libertad y la responsabilidad sean pilares imprescindibles, ya que sin ellos el edificio se desploma; y, sin institutos, las ciudades son páramos; y, sin ciudades, los países no son sino la selva.

Sobrepeso

Dicen las estadísticas, los estudios y los pronósticos que, cuando pasen unos cuantos años, todos los españoles menos tres o cuatro vamos a tener -o van a tener- sobrepeso.

Yo a ratos aspiro a ser de los tres o cuatro del peso perfecto. En esos ratos me hago un análisis -autoanálisis- seguido de un plan.

Un plan que dictamina: «Si bebes menos, comerás menos; entonces adelgazarás».

Eso ha dictaminado hoy el plan en cuanto me ha visto despierto, a las cinco de la mañana. Así que paso esta mañana, hasta la hora del almuerzo, concienciándome, mentalizándome: «Hoy, con la comida, sólo agua».

Hasta la hora del almuerzo, que ya llega. Han pasado, desde aquel lejano despertar voluntarioso y abstemio, nueve horas y media. Y ahora me siento como si llevara nueve años y medio sin beber. ¿Comer sólo con agua?, me pregunto retóricamente. ¡Anda ya! Y me echo un vaso antes del primer bocado. Y así sucesivamente.

¿Sobrepeso? Eso consiste en ir a la báscula demasiadas veces, por desocupación y aburrimiento.

«Yo estoy en mi peso perfecto», decía mi amigo Rafael cuando todavía andaba en plena producción profesional. «Que como más, peso ciento diez kilos; que como menos, peso ciento diez kilos. Estoy en mi peso perfecto». Ahora, jubilado, Rafael se dedica a cuidar de sus nietos, de su hortaliza y de sus ciento diez kilos.

Por su parte Murakami -en su libro De qué hablo cuando hablo de correr– sopesaba que hay que ver lo que supone ganar tres kilos y tener que llevarlos con uno a todas partes, especialmente lo que supone llevarlos con uno a los entrenamientos y a las carreras pedestres. ¡Claro! Pero lo sabio no consiste en que uno se adapte a las carreras, sino en que las carreras se adapten a uno.

O dicho con palabras de Cristo. «No se hizo el hombre para el sábado, sino el sábado para el hombre». Cristo sí que sabía de la vida. Y del peso perfecto.

Cagar sin daño

En mi pueblo, allá por los cincuenta del veinte, no había agua corriente, ni cuartos de baño, ni cosa que se les pareciera. Y las personas humanas hacíamos nuestras necesidades como las personas caprinas, es decir, donde las necesidades se presentaban; aunque, eso sí, con un punto de discreción y vergüenza que no tenían las cabras: elegíamos el rincón menos visible.

Los hombres lo buscaban en el campo; las mujeres, en corrales o cuadras; los niños, por doquier. Recuerdo ver a alguno de los muchos Silvestricos haciéndolo encaramado en la copa de la higuera, como si fuera un gorrión.

Cuando se me presentó tener que irme al seminario, a los doce años, pensé que lo que me resultaría más difícil sería cagar en un váter. Pero no fue así como ocurrió, me acostumbré a la primera.

A los dieciséis, cuando deserté de la curillanía y me quedé con mi familia y en mi pueblo, volví a la ausencia de agua corriente, de duchas y de cuartos de baño.

Y una malhadada y plácida tarde de primavera, estando yo a lo mío de la evacuación al abrigo de un balate gratamente cubierto de parras y de pastos, oí voces femeninas y apresuré la acción. Así que, estando yo aún con los pantalones a medio subir y con el regalo aún entre las piernas, hicieron su aparición la madre y la hija (la madre, una matrona entrada en carnes; la hija, una belleza).

Después de aquel inoportuno encuentro, no cejé hasta habilitar la rústica casa familiar con cuarto de baño, con ducha, inodoro y pozo ciego -robándole un trozo al corral-. Pasados algunos años, llegó el agua corriente.

Y fue pasando el agua. Y fue pasando el tiempo. Pero hemos seguido siendo parientes de las cabras, aun con cuartos de baño.