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Andrés Neuman

Antes de este verano, una mañana, mientras desayunaba en la cocina, puse Radio Clásica. Sonaba Sinfonía de la mañana, el programa que dirigen y presentan Martín Llade y Clara Corrales. Pero además tenían un invitado: que hablaba tan bien, que me interesé por su vida y milagros. Resulta que era Andrés Neuman, de cuya existencia yo no tenía ni remota idea. En Wikipedia obtuve suficiente información sobre su vida y obra, pero no me animé a pedirme ni a descargarme ningún libro suyo: no puede uno leer tanto como quisiera, ni mucho menos.

Pero hace unas pocas semanas me vi en la librería-papelería de Ángeles curioseando en la estantería giratoria y lo vi, creo que en la balda más baja, amarillento el canto superior: Andrés Neuman, El viajero del siglo. Premio Alfaguara de novela 2009, Premio Nacional de la Crítica 2010. Col. Punto de Lectura, 406 -1. Santillana. Madrid. Primera edición, mayo de 2010.

Anteayer terminé su lectura, incluidas las cincuenta páginas finales tituladas Extras: reseñas, fotos comentadas, entrevistas. Del último de estos textos, entrevista de Pedro Pablo Guerrero al autor, publicada en El Mercurio de Chile el 5 de julio de 2009, extraigo un par de frases, aunque hay muchas geniales; de las respuestas, claro:

Una: Con el violín yo era un auténtico desastre, y mi santa madre me consolaba diciéndome: eso es porque a ti la música te sale en las palabras. ¡Pobrecita! En fin, no sé. Puede que la sintaxis sea un pentagrama.

Dos. A mí me atraía la idea de escribir una historia del siglo XIX con los recursos estilísticos de las vanguardias contemporáneas, y también del mundo audiovisual: el cine, el zapping.

Ahora estoy esperando que el repartidor de Amazon llame a mi puerta y me entregue Fractura, obra diez años posterior. Si Neuman tenía apenas treinta años cuando concluyó El viajero, y ya le salió una obra maestra, Fractura, con diez años más de maestría literaria por parte del autor…

Escribir

«Cuando desde el móvil tratamos con la administración y hasta con el médico, ya no sirve el dictamen ‘hay que ir a Madrid para hacer las gestiones'».

Es una frase del artículo «¿Y si el problema no es el nacionalismo?» (22-03-23), de Félix Ovejero, uno de los más doctos colaboradores del diario El Mundo. No me voy a detener en hacer una síntesis del artículo, sí en recomendar la lectura de Ovejero siempre que sea posible.

A lo que iba. Cuando llegué a la frase copiada al principio, en mi lectura de esta tribuna, confieso que tuve que pararme y releerla despacio para entenderla. Puede que por culpa de mi torpeza; pero puede también que fuera en parte porque en el original no venía la coma que yo he añadido donde acaba la proposición subordinada que comienza en el ‘Cuando’ inicial.

Se ha escrito y hablado bastante, en días recién pasados, acerca de una tilde concreta, la de sólo cuando es adverbio. Otras tildes puede haber cuyo uso se preste a discusión, pero prácticamente todo el sistema del uso de la tilde en nuestro idioma es diáfano y sabiamente organizado.

Como lo es también el del uso de los signos de puntuación: coma, punto y coma, punto y seguido, punto y aparte, punto final, puntos suspensivos, dos puntos, paréntesis, raya, comillas…

En mis tiempos de profe de instituto tuve que lidiar con alumnos que categóricamente afirmaban que ellos no ponían nunca el punto en la iminúscula. Eran ya tiempos de ombliguismo, en los que a mí ya nadie me dicta normas.

Hace pocos días vino a esta casa un técnico para hacer una inspección. Al acabar, rellenó un breve formulario: a duras penas y sólo parcialmente lo entendí cuando lo leí, a pesar de que el asunto era diáfano.

¿Estamos en vías de ir perdiendo la escritura manual? Sería una pena. Han pasado muchos milenios desde que nuestros ancestros descendieron de los árboles para vivir pisando sobre el suelo, mas no por ello hemos perdido todas nuestras capacidades para trepar a un árbol y movernos por sus ramas.

Una exhortación final, por tanto: que escribir sea para nosotros sinónimo de escribir bien; como preparar un guiso o montar en bici son actos que se llaman de ese modo cuando se hacen bien.

Y no nos enorgullezcamos cuando hagamos las cosas bien: pensemos que tan solo hemos hecho lo correcto.

En la diferencia, hacia la igualdad

Aunque llevo muchos años ejerciendo de jubilado, creo que no he perdido el carácter de maestrillo de instituto, así que el tema que más en carne viva me afecta sigue siendo el tema de la educación.

Veinticinco cursos seguidos en el mismo instituto me permitieron ser testigo de cómo se degradaba el sistema de educación publica a partir de la implantación de la LOGSE. Donde había habido un ambiente de disciplina, exigencia y respetos mutuos, se iba imponiendo una convivencia asilvestrada que apenas permitía minutos aislados para la atención a los temas que la transmisión del conocimiento requiere.

Algunos grupos de los primeros cursos de la ESO me parecían similares en descontrol, ruido y pendencias al de la escuela unitaria que yo había vivido de niño, antes de que el cura párroco me rescatara (no a mí sólo) de ella para prepararme y mandarme al seminario.

Me he puesto a escribir estas líneas al venirme a la mente la columna de ayer en El Mundo de Lucía Méndez, “Babuinos de rango alto y de rango bajo”. El nudo temático de su texto es el escandaloso sueldo de Antonio Garamendi, presidente de la CEOE. No sé si esta columnista, y magnífica periodista sin duda, se escandaliza lo mismo ante la cifra que cobra un deportista de élite o un cirujano estético de esos que les arreglan los defectillos corporales a la gente de pasta.

La conclusión para la periodista: cuando se crió mi generación, parecía que el mundo de los pobres, “gracias a la educación pública que nos sirvió de trampolín” caminaba hacia la igualdad social; pero aquello fue un espejismo generacional; ahora el mundo vuelve a avanzar por los rumbos de siempre, los de la injusticia y la opresión de los ricos y poderosos sobre los pobres y menesterosos.

Yo no creo que la cosa sea tanto así. No digo que ahora mismo no haya mucha injusticia social; no digo que no sea para rabiar de indignación que un trabajador (o trabajadora) que cumple en su puesto sólo pueda obtener un sueldo de miseria (también eso lo viví en mi propia carne, de niño y de joven).

Siempre va a haber diferencias: de rendimiento en el puesto que ocupamos, y de retribución económica. “Sábete, Sancho, que no es un hombre más que otro si no hace más que otro”, dice don Quijote (I, 18). Luego según él, y seguramente también según Cervantes, hay diferencias en lo que valen unas personas y otras; y esas diferencias están en lo que hacen.

Ahora bien, si la generación de Lucía Méndez (que es casi la mía, casi, porque no fue igual criarse como niño pobre en los años sesenta que criarse en los años cincuenta) llegó a alcanzar la dignidad social y laboral gracias a una buena educación pública, cómo llevamos ya más de treinta años permitiendo que esa educación pública se degrade; no por falta de presupuesto o de personal cualificado, sino por la pérdida de los principios esenciales que deben regir en la institución: libertad, responsabilidad, exigencia, respeto y fraternidad.

Y, ya para terminar, una pregunta: ¿estamos relacionando adecuadamente la degradación del sistema educativo con el alarmante y escandaloso paro juvenil?