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La muerte de Ebrahim Raisi: un tsunami para Irán

Alberto Priego. EL MUNDO, 22-05-24 

Cuando parece que ya nada puede asombrarnos, surge algo que nos deja atónitos. La madrugada del lunes conocíamos que el presidente de Irán fallecía en un accidente de helicóptero, un accidente en el que hay más sombras que luces, lo que ha permitido que surja un sinfín de teorías conspiratorias cuyo centro -en el 90% de los casos- pasa por Israel. Este artículo va a tratar de dar alguna luz a ese conjunto de sombras intentando descifrar quién fue el presidente Ebrahim Raisi, cuáles fueron sus principales enemigos y qué implicaciones tendrá su desaparición. 

Son muchos los apodos que se le han atribuido a Ebrahim Raisi, pero quizá los más elocuentes sean el de «presidente de los comités de la muerte» y «carnicero de Teherán». En todos los momentos oscuros de Irán siempre ha aparecido la figura de Raisi. Por mencionar solo algunos podemos hablar de los 5.000 condenados a muerte entre 1985 y 1988 cuando era vicefiscal general, de la dura represión empleada contra los organizadores de la Revolución Verde de 2009 o, más recientemente, de las sentencias a muerte contra aquellos que se manifestaron para protestar contra el asesinato de Mahsa Amini en 2022. En todos estos periodos de agitación, Ebrahim Raisi ha sido la punta de lanza sobre la que se articuló la represión. Además, a nivel internacional ha sido un pilar de la estrategia de Irán apoyando a Hamas, Hezbola y los hutíes, y sobre todo gestando el acuerdo que llevó a Teherán y a Riad a restablecer relaciones diplomáticas. 

Una vez que hemos hecho el dibujo de quién ha sido el presidente de Irán, podemos preguntarnos quiénes eran sus enemigos. Los años en los que Raisi ha estado implicado en la maquinaria de represión han servido para que el presidente de Irán se granjeara un sinfín de enemigos, tanto dentro como fuera del régimen. Si bien es cierto que las relaciones con Azerbaiyán han mejorado ostensiblemente, no es menos cierto que la minoría azerí (35%) se sigue quejando de maltrato y de violación de sus derechos. Algo similar ocurre con los baluches, quienes también han expresado su disconformidad con el trato recibido por la Administración Raisí. El Estado Islámico no solo ha expresado su animadversión hacia el presidente de Irán, sino que ha perpetrado atentados en suelo iraní, algunos tan sonados como el cometido en el funeral de Suleimani en Kerman, que se llevó la vida de 80 personas. 

Aunque Irán sigue manteniendo la versión del accidente como principal hipótesis de la muerte de Raisi, son muchas las voces que han apuntado a una posible acción de Israel. Ni Israel ni Irán han confirmado ni desmentido oficialmente esta posibilidad, lo que tampoco le resta credibilidad ya que, en otras ocasiones, la actitud de Teherán y de Tel Aviv ha sido la misma cuando han muerto líderes iraníes en extrañas circunstancias. Evidentemente Israel no va a atribuirse este tipo de acción, y por supuesto Irán no va a admitir que no es capaz de garantizar la seguridad de su propio presidente. En todo caso, si descartáramos la opción del accidente, son muchos los sospechosos que podrían ser los responsables de esta acción, ya que a lo largo de los años en los que Raisi ha estado activo se ha granjeado muchos y muy peligrosos enemigos. De hecho, no hemos hablado de los enemigos dentro del propio régimen, pero la realidad es que Raisi no era precisamente el político más querido en Irán. 

Una vez visto quién era y qué enemigos tenía Raisi, solo nos queda analizar cuáles pueden ser las consecuencias de su muerte. Aunque se ha magnificado la importancia que para la región puede tener su desaparición, la repercusión de lo ocurrido el domingo en el Azerbaiyán iraní es mucho mayor en el plano doméstico que en el internacional. Lo primero que tenemos que decir es que se ha desatado una crisis política en Irán de dimensiones bíblicas. El mecanismo previsto por el sistema teocrático iraní es que el presidente, Malek Rahamti, asuma el poder por un periodo de 50 días. Pasado ese periodo, Irán tendría que celebrar otras elecciones presidenciales, algo que se traduce en un verdadero test de estrés para el sistema político. En las últimas elecciones se vetaron prácticamente todas las candidaturas que podían hacerle sombra a Raisi, lo que se tradujo en un incremento significativo de la tensión en las calles. Las protestas ocurridas en 2022 por el asesinato de Mahsa Amini pusieron contra las cuerdas al Gobierno de los ayatolás, y unas nuevas elecciones podrían ser la puntilla del régimen. 

Otro elemento que debe ser destacado de la desaparición de Raisi es cómo afecta a la sucesión de Jamenei. Por todos es conocido que Ebrahim Raisi era el elegido para suceder al Líder Supremo, quien cuenta ya con 87 años. La principal alternativa que se plantea al desaparecido Raisi es Mojtaba Jamenei, el hijo del actual líder, aunque también han surgido otros nombres como el del presidente del Parlamento, Mohammad Bagher Ghalibaf, o el del ultraconservador Ali Jatami. De imponerse Mojtaba Jamenei como futuro Líder Supremo de Irán, el régimen no solo perdería la poca legitimidad que tiene, sino que el malestar que ya existe en algunos sectores se haría público y podría iniciarse una guerra dentro del régimen. Uno de los grupos que más preocupan son los famosos Guardianes de la Revolución, quienes ven la candidatura de Mojtaba Jamenei no solo como un acto de nepotismo, sino como un fracaso del proceso revolucionario. 

De cara al exterior, los cambios que conlleve la muerte de Ebrahim Raisi estarán subordinados a los internos. De hecho, hemos visto cómo la muerte del presidente de Irán no ha supuesto siquiera una subida del precio del petróleo. Sin embargo, los cambios que puedan derivarse del vacío de poder sí que pueden significar novedades en el plano exterior. Además del presidente de Irán, en el helicóptero siniestrado (un Bell 212 de fabricación americana) también viajaban otras personalidades, como el Ministro de Asuntos Exteriores, Hossein Amirabdollahian. Aunque su poder está muy limitado por el Líder Supremo, que es quien se encarga de la política exterior, Amirabdollahian tenía un perfil muy claro en asuntos tales como el apoyo de Irán a Rusia, la defensa del eje de la resistencia o la nuclearización de Irán. De hecho, una de las cosas que se van a ver afectadas en el corto plazo va a ser la interlocución con la Agencia Internacional de la Energía Atómica, ya que Hossein Amirabdollahian era la persona que se reunía con el director, Rafel Grossi. 

Las próximas semanas van a ser claves para conocer la evolución de Irán. El vacío de poder y, sobre todo, la capacidad de Teherán para reponer a las elites serán la clave de bóveda de la transición. Mientras este proceso se lleva a cabo, la acción exterior de Irán en lugares como Ucrania, Gaza o Yemen quedará paralizada, lo que se traduce en un cierto respiro a la inestabilidad que sufrimos cada día. Así pues, haya sido un accidente o una acción concertada, la muerte de Ebrahim Raisi ha supuesto un verdadero tsunami. 

Alberto Priego es profesor de la Facultad de Derecho de ICADE, en la Universidad Pontificia de Comillas 

Los libros como vida y redención

Lucía Méndez. EL MUNDO, 20-04-24

En casa no había libros, del mismo modo que tampoco había agua corriente. Los libros y el agua. Dos cosas de primera necesidad. El agua corriente nos permitió la comodidad de quitar la roña eterna de las casas. Los libros nos hicieron las personas que ahora somos.

Los libros llegaron al pueblo con los vendedores ambulantes del Círculo de Lectores, por el mismo camino que la furgoneta-mercería de Lauro nos surtía de ropa interior y que el camión cisterna de Toribín llenaba las garrafas de vino a granel. Antes de la llegada esporádica de esos pocos libros que nos podíamos permitir, en casa sólo me acuerdo de un libro con las hojas desbaratadas y sucias del uso. Era La Cabaña del Tío Tom, un libro de mucha pena que fue la novela más vendida del siglo XIX. Mi abuelo la leía, la releía, nos la leía a mi hermano y a mí, al pie de la lumbre y de las bombillas desnudas. Algunas vecinas del cuartel de la Guardia Civil me dejaban leer telenovelas.

Un libro de aquella época no era un libro. Era un tesoro. Una joya. Los libros no eran un pasatiempo, ni un hobby. Los libros fueron la más potente razón de vida de mi generación, el camino hacia la redención de la ignorancia y el engranaje del ascensor social. Este concepto del ascensor social entonces no existía. Funcionaba sin nombre. Ahora tiene nombre y es cuando ha dejado de funcionar. Yo no sabía entonces que los libros estaban ahí para rescatarme si era capaz de leerlos. Pero mi madre y mi padre lo intuyeron, quién sabe por qué. Cuando el resto de los niños y adolescentes iban a ayudar a la era, a mí me mandaban leer para saber más. El conocimiento les parecía algo no sólo necesario, sino casi sagrado. Diría que incluso por encima del dinero, en una casa donde faltaba.

Los libros me ayudaron a crecer, a conocer, a maravillarme, a llegar aquí. Los libros me hicieron lo que soy. Los libros me ayudaron a no poner faltas de ortografía y me abrieron la mente al resto de los mundos. Los libros me consolaron en las desgracias. Los libros me confortaron cuando fue necesario y me tendieron la mano para salir de los agujeros de la vida. Los libros me fortalecieron en los valores humanos. Los libros me enseñaron a no rendirme. Los libros me acompañaron en las pérdidas y me socorrieron en los duelos. Los libros me ayudaron a educar a mis hijos y a mí misma.

En mi casa no había libros. Y ahora tengo las estanterías llenas. La lectura de libros no es tendencia. Me pregunto qué será de ellos.

Vigencia y mensaje de la Semana Santa

JUAN CLAUDIO DE RAMÓN. EL MUNDO [28-03-24]

Vestigio de una religión de hombres sencillos y duros, de la Semana Santa española admira, ante todo, su obstinada vigencia. El viento de la historia barre regímenes, deslustra leyes, escarnece prestigios: todo parece sujeto a término salvo los ritos pascuales que hermandades y cofradías se pasan de hombro en hombro como costaleros de una tradición que no solo se niega a declinar sino que experimenta un auge sorprendente. En la muy secular España, donde el anticlericalismo es de buen tono y la práctica institucional de la religión cae en picado -apenas uno de cada diez jóvenes va a misa- el número de cofrades se dispara y se organizan más procesiones que nunca, incluso en lugares donde apenas había costumbre. Donde sí la había, es difícil que una familia no tenga un miembro implicado en hacer desfilar los pasos. Tal vez el fenómeno no sea tan misterioso: el poder civil cree que las catedrales y las procesiones se hicieron para atraer el turismo y pone todas las facilidades; el poder eclesial abraza una espectacularización del culto que roza la idolatría pero que le ayuda a legitimarse socialmente frente al laicismo imperante; a muchos jóvenes, en fin, volcarse en el ritual les permite reafirmar los códigos de su identidad local sin comprometerse por ello a ninguna ascesis que suponga apartarse del profano guion que preside sus vidas las cincuenta y una semanas que van de Pascuas a Ramos.

¿Bastan estas razones -las que podría invocar una rudimentaria y desdeñosa sociología de la religión- para explicar la buena salud de los ritos pascuales? Añadamos de buena gana la indudable belleza plástica de unos tronos que, ataviados de cirios y de flores, se mecen sobre un mar de túnicas al ritmo de cornetas y tambores. Sin embargo, pienso que eso no es todo; que hay algo más profundo que explica la continuada popularidad de la fiesta de la Pascua en una sociedad secular y que no cabe explicar con la aséptica mirada del científico. Para comprender el perdurable hechizo de la Semana Santa hay que partir de este hecho esencial: se trata de un rito que dramatiza una tragedia histórica. Un drama de impronta antigua que nos inició en la infancia en no pocas verdades desagradables de la vida: que hay amigos que traicionan, que hay condenas a inocentes, que hay cálices amargos que nadie puede apurar por nosotros. De la noche en Getsemaní a la tarde en el Gólgota, la historia de Jesús de Nazaret es demasiado humana para dejarnos indiferentes. Ni siquiera hace falta creer en el colofón sobrenatural del drama terrenal para ser consolado por el hondo mensaje que encierra la Pascua: que después de una desdicha, por terrible que sea, es posible renacer; que no tiene el dolor la última palabra sobre nuestra vida. La España que procesiona no ha tenido este año buena suerte con el tiempo. La ansiada lluvia ha caído de golpe; dolorosas y crucificados han debido permanecer en las iglesias; las saetas, cantarse a cubierto. No importa, nazarenos: la próxima primavera está siempre a la vuelta de la esquina.