• Páginas

  • Archivos

  • enero 2026
    L M X J V S D
     1234
    567891011
    12131415161718
    19202122232425
    262728293031  

El Partido Socialista ha programado su propia obsolescencia

JUAN CLAUDIO DE RAMÓN. EL MUNDO, 23-02-24

Antes de conocer el desenlace de la contienda electoral en Galicia -esto es, si el Partido Popular tendría suficientes votos para seguir gobernando en esa comunidad-, se sabía con certeza que el Partido Socialista había renunciado a ganar las elecciones. Por decirlo mejor: el Partido Socialista habría celebrado como propio el triunfo de la candidata del Bloque Nacionalista Galego. Conviene recalcar este hecho clave que cifra la rareza política de nuestro país: la absoluta naturalidad con que la izquierda española -sus partidos y medios afines- deseaba la victoria de una aspirante autodeterminista que no cree que Galicia deba ser parte de España. Todo antes de que gobierne el centroderecha (y en Galicia no pesaban en el cálculo los acechos de la extrema derecha, pretexto habitual en la izquierda para justificar su sectarismo).

Esa pulsión antagonista no es simétrica. Si bien la derecha no siempre auspicia el acuerdo con el izquierda, en última instancia, y en lo tocante a la unidad territorial, domina en el ala conservadora del país la resignación que da en preferir una España roja antes que rota (y eso que José Calvo Sotelo, que acuñó la sentencia, podía hacerse una somera idea, a fines de 1935, del trato poco fraterno que recibiría él de una España roja). En la izquierda es lo contrario: España, mejor rota que azul, aunque sea el azul tecnocrático y poco chillón que encarna el Partido Popular. A qué llamamos «romper España», sintagma que produce hilaridad en muchos, será tema de otra columna. Basta ahora avizorar el futuro que espera al Partido Socialista si persiste en esta actitud: no muy bueno. El PSOE es irrelevante en Galicia y ancilar en el País Vasco. En Andalucía no tiene visos de recobrar la hegemonía y en Madrid ya es tercero, por detrás de los regionalistas castizos de Más Madrid. En Cataluña… ¿existe el PSOE en Cataluña? Da igual: ahí también está sometido al nacionalismo. En España, en fin, ya no es el primer partido ni quiere serlo (en las pasadas elecciones generales, no ocultó que salía a ser segundo y formar barricada con las fracciones enemigas de lo común).

En resumen, no parece que la apuesta plurinacional del PSOE esté echando buen pelo. Se diría más bien que, perdida la vocación mayoritaria, el Partido Socialista ha programado su propia obsolescencia, como hacen algunos fabricantes para inducir a los consumidores a la compra de un nuevo producto. Solo que aquí las nuevas siglas preferidas por el elector ya no serían las socialistas, sino las abiertamente nacionalistas, más convincentes lo mismo en la exaltación de las identidades particulares que en la pasión triste del odio a la derecha. En realidad, nadie sabe cuál es el proyecto, ni territorial ni ideológico, del PSOE. Al menos en las regiones -y no es una buena noticia para España- la vida útil del producto se acerca a su final. A lo que siempre habrá quien objete, y no es poco, con esa otra española fórmula de resignación: que me quiten lo bailao.

Convivencia, expectativas y amnistía

Gabriel Tortella

EL MUNDO, Jueves, 8 febrero 2024

Va siendo hora -quizá esté ya pasada- de preguntarnos qué se ha hecho mal en la cuestión de los nacionalismos periféricos, que durante la Transición eran un problema más y hoy se han convertido en un monstruo que amenaza con destruir el marco democrático tan trabajosamente construido entonces, y con devolver a España a los peores momentos de su historia: los reinos de taifas, la Guerra de Independencia -que tuvo su lado heroico, pero también grandes dosis de caos-, la Primera República y la Guerra Civil. ¿Cómo es posible que, después de 40 años de democracia y madurez económica y social, nos encontremos ahora amenazados por nuestros tradicionales demonios familiares, que parecen empujarnos hacia abismos que creíamos haber dejado atrás para siempre?

Ha llegado el momento de buscar en los errores cometidos durante aquellos años optimistas que llamamos la Transición la raíz de la grave situación en que nos encontramos. La élite política de aquel tiempo incurrió en una grave equivocación que aún hoy influye en nuestras premisas políticas. Esta élite tenía un componente de políticos que habían colaborado con el franquismo, pero estaban convencidos de que España era ya un país maduro que debía gobernarse democráticamente. Había en esa élite otro componente de políticos que se habían opuesto al franquismo, pero que creían que era mejor una transición pacífica que una ruptura traumática y que, por lo tanto, estaban dispuestos a hacer causa común con los ex franquistas reconvertidos para instaurar la democracia con la menor cantidad de fricción y violencia posible. Esta élite mixta recibió un apoyo muy mayoritario por parte de la ciudadanía, como se demostró en los referéndums y elecciones que se celebraron por entonces. En general, como es bien sabido, la Transición constituyó un gran éxito, aunque ETA y otros grupúsculos de izquierda y de derecha cometieron graves crímenes en su oposición a la instauración de la democracia.

Pero hubo entre los políticos ex franquistas un sentimiento de culpa, consciente o inconsciente, que pesó como una losa sobre la derecha política española durante los años de la Transición, que ha persistido hasta nuestros días y que ha causado un daño incalculable; un sentimiento de culpa que los políticos de izquierdas han aprovechado con fines electorales y dialécticos, pero que también, aunque en menor medida, les ha afectado a ellos. Tanto unos como otros se han sentido endeudados con los nacionalistas periféricos, sobre todo catalanes y vascos, por haber sido estos, supuestamente, las mayores víctimas de la opresión centralista del franquismo. A causa de este sentimiento de culpa, el nacionalismo español se convirtió en algo casi equivalente al franquismo. De ahí la ruptura de la igualdad fiscal en favor de vascos y navarros, y la pertinaz tolerancia con las infracciones de la ley en materia lingüística, y muchas otras, en ambas comunidades. Y de ahí el galimatías del Título VIII de la Constitución y el vacío sistemático que los políticos nacionales han hecho a las mayorías no nacionalistas en esas comunidades. En aras de este sentimiento de culpa, la palabra «nación» se dejó de utilizar para designar a España, y hasta la red «nacional» de carreteras pasó, absurdamente, a ser «estatal». Los nacionalistas periféricos no se esperaban tanta pleitesía por parte de los gobernantes de «Madrid», pero pronto comprobaron con alborozo que cuanto más oprobio se vertiera sobre ellos -«centralistas, franquistas, opresores, ladrones»- más dispuestos estaban los gobiernos «estatales» a ofrecer concesiones para hacerse perdonar su inexistente (subrayémoslo) pecado original.

La dialéctica del nacionalismo catalán y vasco fue adquiriendo tonos cada vez más ofensivos y agresivos. Los gobiernos españoles trataban de acallar el victimismo y los vituperios con dinero y permisividad. Pero, increíblemente, ni la opinión ni los gobiernos españoles advertían que esta actitud autoinculpatoria, esta cesión al chantaje, tenía exactamente los efectos contrarios a los perseguidos: si los insultos estaban tan bien remunerados, lo lógico era redoblarlos. Pero, además, había otro efecto, quizá aún más peligroso. La debilidad obsequiosa, el deseo de «mejorar la convivencia», según el estribillo de Pedro Sánchez, volvía como un bumerán contra los convivientes. Las acusaciones de los nacionalistas hacían un gran efecto sobre la población local. Si sus reclamaciones no eran rebatidas por los políticos de «Madrid» sería porque eran ciertas. Así crecían las adhesiones al nacionalismo.

Y aún operan dos factores más: primero, el dinero y las cesiones permiten a los nacionalistas, cada vez más separatistas, hacer proselitismo entre la población, subvencionando los medios de comunicación adictos, repartiendo sueldos y prebendas entre los correligionarios. Y segundo, las expectativas: si son los separatistas los que llevan la iniciativa y los centralistas los que hacen una concesión tras otra, parece claro que, más pronto o más tarde, van a ganar los separatistas: luego hay que estar con ellos. Todo esto explica el gran crecimiento del sentimiento nacionalista y separatista. Hacia 1980, en Cataluña los separatistas no llegaban al 5% de la población. Cuarenta años de cesiones y «mejoras de la convivencia» han elevado esta proporción a un entorno del 30-40%. Cuantas más claudicaciones y más «generosidad» reciben los separatistas, más apoyo obtienen, porque más inminente parece la independencia de Cataluña y el País Vasco.

Nadie parece haber aprendido las lecciones del otoño de 2017, cuando, entre dudas y zozobras, el Gobierno de Mariano Rajoy, con el apoyo vacilante y tembloroso del PSOE de Sánchez y el Ciudadanos de Rivera, por fin osó aplicar la Constitución en Cataluña (el artículo 155), destituyendo al Gobierno rebelde de Puigdemont y nombrando presidenta en funciones de Cataluña a Soraya Sáenz de Santamaría. ¿Qué ocurrió? ¿Hubo protestas, motines, levantamientos? No, señor. Los funcionarios acudieron al trabajo sin rechistar, los consejeros separatistas se fueron a su casa y eventualmente a la cárcel, Puigdemont se metió en el maletero de su coche camino de Bruselas, se cerraron las «embajadas» catalanas en el exterior y allí no pasó absolutamente nada.

La convivencia mejoró de verdad en cuanto cambiaron las expectativas y pareció que el Gobierno español no iba a tolerar astracanadas separatistas. Aquello pudo haber sido el fin del separatismo en España. Pero prevalecieron la cobardía y el sentimiento de culpa de los políticos españoles. Rajoy quedó tan asustado de su propio atrevimiento que no veía el momento de soltar la patata caliente de la intervención en Cataluña. Se traslució inmediatamente su falta de ideas y convicciones. Los separatistas, por su lado, recobraron el aplomo; la tercera parte de la población catalana adicta al separatismo recuperó enseguida las convicciones de las que acababa de renegar y todo volvió al statu quo anterior. El año siguiente, cuando Sánchez e Iglesias le urdieron una falaz moción de censura, a Rajoy todavía le temblaban las piernas del susto que pasó en el otoño de 2017, cuando estuvo a punto ser un político íntegro y con convicciones. Fue sin duda ese temblor lo que le impidió desmentir las trolas de Sánchez, escapar a un bar cercano y entregar mansamente el poder a un rival que, por desastrosa que fuera la ejecutoria de Rajoy, iba a dejarle en buen lugar por comparación.

La amnistía flagrantemente inconstitucional que el Gobierno Puigdemont-Sánchez nos prepara es el penúltimo paso hacia la destrucción de la España democrática, que un sentimiento de culpa injustificado y varios errores garrafales de la Constitución han permitido perpetrar al separatismo y a sus secuaces socialistas. Es evidente que si, por un milagro, europeo o divino, saliéramos más o menos incólumes del atolladero en que nos hallamos, debemos plantearnos una reforma profunda de nuestra estructura constitucional y una reconsideración de nuestra historia reciente. Además de exigir responsabilidades penales.

Gabriel Tortella es economista e historiador, coautor de Cataluña en España. Historia y mito (con José Luis García Ruiz, Clara Eugenia Núñez y Gloria Quiroga; Ed. Gadir) y de La semilla de la discordia. El nacionalismo en el siglo XXI (con Gloria Quiroga; Ed. Marcial Pons)

Jorge Bustos entrevista a Alfonso Guerra

EL MUNDO, 05-12-23

Cuando se trata de dialéctica, Alfonso Guerra (Sevilla, 1940) no pierde la forma. En vísperas del 45 aniversario de la Constitución defiende el legado al que él contribuyó decisivamente sin renunciar ni a la crítica ni al optimismo. Recibe a EL MUNDO en el barrio sevillano de Santa Clara, rodeado de vecinos que de vez en cuando se paran a saludarle con respeto. Es uno de los suyos.

La última vez que lo entrevisté, en mayo del 2021, el Gobierno de su partido no había indultado a los condenados del procés ni abaratado el Código Penalni registrado la amnistía. Si en dos años vuelvo a entrevistarle, ¿qué España imagina que tendremos?

Hombre, yo espero que las aguas se calmen. La contestación a estos desafíos institucionales es tan fuerte que se tendrá que dar marcha atrás. Los jueces, los abogados, los inspectores de Trabajo y de Hacienda, el poder autonómico y municipal que ahora está claramente de parte del PP, lo que pueda venir de Europa, los periódicos nacionales y extranjeros coinciden en señalar una degradación de la calidad de la democracia. El Poder Judicial y el Supremo revocan nombramientos por inválidos. Esto tiene que amainar, porque si no amaina vamos camino del Caribe.

Vamos a celebrar los 45 años de la Constitución. Muchos analistas afirman que el procedimiento de modificación ya ha sido burlado por la vía de hecho. ¿Coincide con este diagnóstico?

Ha habido algunos intentos muy claros pero afortunadamente se han parado a tiempo. Cuando se hicieron los estatutos llamados de segunda generación introdujeron elementos como el mandato legislativo, por el cual el poder estatuyente derivaba en poder constituyente, y eso roza la letra de la Constitución. También se intentó que el artículo 150, párrafo segundo, que permite la traslación de competencias del Estado a las comunidades fuera efectivo con solo mencionarlo en el Estatuto, lo cual no tiene sentido. Y luego está el famoso blindaje de las competencias autonómicas, que va en contra de la propia Constitución. En cuanto a las declaraciones políticas sobre realidades nacionales, se confunde la nación política o jurídica con la nación cultural o identitaria: esta segunda no tiene derecho a Estado porque autonomía no es soberanía, como ha sentenciado con claridad varias veces el Tribunal Constitucional. En realidad los nacionalistas están jugando a deteriorar el marco legal porque lo que ellos quieren es otra Constitución. Y eso hoy no es posible porque afortunadamente los procedimientos de reforma constitucional son muy rígidos. Si bastara la mayoría absoluta para cambiarla, hoy no quedaría nada de la Constitución. Pero además la reforma es rígida porque no existen cláusulas de intangibilidad sobre temas básicos, como sucede en otras constituciones.

Su aparición junto a Felipe en el Ateneo presentando su libro volvió a abrir los telediarios. No estaban ustedes dos tan alineados desde los 80. Lo que pasa es que lo están contra el PSOE actual…

No hay un nuevo PSOE, hay otro PSOE. No es una evolución: es otra cosa, con otros criterios. Yo estoy defendiendo ahora mismo lo que defendía el PSOE e incluso el Gobierno en su único documento oficial sobre la amnistía, cuando el entonces ministro de Justicia estableció con toda claridad que el indulto sí cabe en la Constitución y la amnistía no. Así que otros son los que han cambiado.

Como coautor decisivo del texto constitucional, ¿se arrepiente de no haber sido más claro en la redacción del título octavo? ¿Introduciría ahora cambios en la redacción del articulado vistas las consecuencias posteriores?

Vamos a ver. Si ahora me dan la Constitución para que la reforme, yo cambio 90 artículos. ¿Pero de qué vale si el resto de partidos no lo aceptan? El texto no nos satisfacía plenamente, pero es que uno tiraba para un lado y el de más allá para el otro. ¿Qué es el consenso? Es la lista de las renuncias que tuvimos que hacer todos. Renunciando cada cual a una parte de sus postulados podemos convivir todos, y eso ha durado 45 años. España ha tenido constituciones en 1812, en 1834, en 1837, en 1845, en 1856, en 1869, en 1873, en 1876, en 1931… La vida media de cada régimen era de seis años. Eso es lo que nosotros queríamos romper, y lo conseguimos. Y los que quedan, porque a ver quién modifica la de 1978 sin el PSOE y el PP. Por eso cuando el ministro Bolaños asegura que no se va a cambiar el quórum necesario para modificar las mayorías que eligen el Poder Judicial, yo digo: ¡pero si eso está fijado en la Constitución! ¡Si es que no lo puede cambiar!

Carles Puigdemont opina que el artículo 92 ampara su pretensión de consulta.

Ese artículo ampara un referéndum consultivo a todos los españoles, no a una parte. Y por cierto, podríamos llevarnos una sorpresa: que ganara el no en Cataluña y creciera el sí en otras partes de España, hartas de los nacionalistas. ¿Por qué yo no me paso al «que se vayan»? Porque no quiero que vivan en un gueto los catalanes no nacionalistas: se verían espectáculos de los años 30. En cuanto al derecho de autodeterminación a través de referéndum, hubo una enmienda durante el proceso constituyente que se rechazó. Y por cierto, la rechazó el ponente del nacionalismo catalán, señor Trias Fargas, en un discurso solemne e impecable. Ahora han traicionado ese discurso, y es verdad que nosotros debíamos haber pensado en el 31 y en el 34, cuando ya traicionaron a la República. Pero la verdad es que teníamos tantas ganas de que esta vez saliera adelante, y de que saliera con el concurso de aquellos que nunca habían estado comprometidos en la construcción del Estado, que aceptamos cosas que hoy no aceptaríamos. Por ejemplo la disposición adicional primera sobre los derechos forales: hoy no lo haríamos. Pero ya Agustín Argüelles legitimó el foralismo en 1812 para justificar la importación de las ideas de la Revolución francesa, como si los derechos históricos fueran un precedente válido para el régimen liberal, una argucia bienintencionada que luego ha dado muchos problemas.

El número 3 del PSOE acaba de reunirse en Ginebra con Puigdemont para verificar su hoja de ruta conjunta ante un «acompañante» salvadoreño. Santos Cerdán lo llama «reunión de trabajo». ¿Cómo lo llama usted?

¿Yo? Conspiración contra la Constitución. Es muy grave negociar la cesión del 100% de los impuestos, y más grave aún hablar de un calendario para el referéndum. Pero aún más grave es el hecho de que la gobernación de España tenga lugar en Suiza entre un delincuente y un representante del PSOE, ambos vigilados por un árbitro que decide sobre cómo se gobierna nuestro país. Su identidad es lo de menos, incluso el contenido: el hecho de la reunión es el escándalo. Les da todo igual. Su insensibilidad democrática es total. No saben lo que es el espíritu de una nación.

Usted siempre ha cuestionado las primarias. ¿Pero es posible regresar de ese modelo?

Es que lo que hay hoy es un plebiscito, no unas primarias reales como son las americanas. El PSOE tenía verdaderas primarias antes: elegíamos los delegados al congreso y el congreso nombraba al candidato. Ahora tenemos un modelo plebiscitario donde solo se elige al líder: inexorablemente eso lleva al cesarismo.

Los oficialistas lo acusan a usted de haberse derechizado. ¿Qué responde a quienes dicen que criticar los pactos de la izquierda con el separatismo es hacerle el juego a la derecha?

Esa historia de que si alguien es crítico da munición al enemigo la conozco yo desde los años sesenta. Cuando yo empecé en política uno no podía decir ni media palabra contra la Unión Soviética, porque te tildaban de reaccionario. Yo di una conferencia en Córdoba por entonces y dije que había una comisión investigando cuántos millones de personas habían muerto por la represión estalinista: pues me pitaron. ¿Así que usted comete un delito y yo no puedo criticarlo porque le hago el juego a la derecha? ¡El que le hace el juego es usted cometiendo el delito! Los que dicen que me he derechizado son los que nunca han dado un palo al agua, y yo me he matado a trabajar. El carrito en política se lleva boca arriba o boca abajo: los que lo llevamos boca arriba llevamos lo nuestro y lo que nos van echando los demás. Los que me critican son gente que siempre ha llevado el carrito boca abajo, nunca se han batido el cobre por el partido. Ocurre que el que es débilmente de izquierdas se siente incómodo cuando ve a una persona de izquierdas como yo: quedan mal en la comparación. Por eso me acusan. Pero todos estos que se pasan el día conspirando con gente contraria a la Constitución no son de izquierdas. Puigdemont es de extrema derecha. ¿Gobierno progresista con la extrema derecha catalanista o con la extrema izquierda heredera del terrorismo? Qué me dice.

¿Teme seguir el mismo camino que Nicolás Redondo? ¿Qué sintió cuando se enteró de su expulsión?

Creo que todavía no está claro qué ha pasado ahí. Me parece que él renunció antes de que lo expulsaran. Pero temor, ninguno: yo estoy defendiendo lo que ha defendido siempre el partido.

En la investidura hizo fortuna un verso solitario de Machado: «Hoy es siempre todavía». Como machadiano de pro no me resisto a preguntarle por la interpretación política de ese verso, si es que la tiene.

Con aquello demostraron que la literatura la cogen con pinzas. Se lee poco. En política se cita mucho a Machado, porque siempre tiene algo profundo para cada ocasión, pero no tienen ni idea de Machado ni les interesa. Yo he estudiado a Machado con serenidad. Así supe que se adelantó a Proust en el uso de la memoria a través de los sentidos: la famosa magdalena. Machado amaba profundamente a España, como todos los intelectuales de aquella época, también los de izquierdas. Por eso es insólito que estén gobernando España políticos que no usan la palabra España. Les provoca alergia. Cuando ese absurdo se acepta en una sociedad es que esa sociedad está en decadencia.

Israel ha retirado a su embajadora de España por las palabras del presidente. ¿Hay aquí otro viraje respecto de la posición del PSOE que propició las conferencia de paz de Madrid?

Hasta 1974 el PSOE era sólidamente proisraelí. En Suresnes se plantea una propuesta a favor del pueblo palestino y hay una bronca fenomenal protagonizada por Fernando Múgica, que era judío y luego sería asesinado por ETA. El PSOE empieza entonces a girar hacia la causa palestina y yo personalmente tengo algo que ver en ese giro. Yo conecté con estudiantes palestinos en Sevilla y empecé a colaborar con ellos, recaudando medicinas para enviarlas a Palestina y traduciendo panfletos del francés. Para los que ahora venden como novedosa la solución de los dos Estados, yo ya escribía a favor de eso en 1962. Y lo he defendido en mis viajes allí, en medios palestinos e israelíes, y se me respetaba porque era un discurso ecuánime. Pero si unos chicos están bailando en una fiesta y los ametrallan, la única reacción tiene que ser de condena taxativa, sin contexto ni excusas. Punto. Esos son criminales, no quiero saber su etiqueta ideológica. La respuesta de Israel se puede criticar, pero nunca sin tener siempre en la boca la condena de la masacre terrorista. Ahora bien, ir a la casa de los israelíes y aprovechar el viaje para escupirles a la cara… ¿estamos locos o qué? ¿Es que queremos estar en guerra con todo el mundo? Italia se queja, el Sáhara, Argelia, Marruecos… Pero se le ve tan feliz al ministro de Exteriores que se ve que lo hemos hecho todo bien.

¿Le preocupa que le tilden de machista aludiendo a su postura sobre la ley de violencia de género?

No me opuse a la ley. Es más sencillo. A delitos iguales no puede haber diferencia de pena en función del sexo. Lo dice la Constitución en el artículo 14. Estoy en contra de la discriminación penal por un mismo delito en función del género, no de la legislación en esa materia. Si todos los que saben que digo la verdad se ponen de acuerdo para meter la cabeza en un agujero, ellos sabrán por qué son tan cobardes.

La posición del Rey parece cada vez más comprometida. Un sector de la derecha le pide que no firme la ley de amnistía. Los aliados del Gobierno boicotean sus actos. Y todos coinciden en que la institución depende del PSOE. ¿Puede Sánchez evolucionar hacia la impugnación abierta de la monarquía?

Cuando se hace la Constitución, el PSOE se empeña en que se vote la forma de Estado. No nos entendió nadie. Algunos del partido me presionaron para que lo retirara, como Gregorio Peces-Barba. El PCE tampoco quería que se votara. Todos nos llamaban irresponsables. Pero yo tenía claro que si aquello no se votaba, sería la monarquía del dictador, mientras que votándola sería la monarquía de la soberanía popular. ¡Anda que si no aguantamos el tirón! Se votó en el Parlamento y después en referéndum: es la única monarquía que ha votado el pueblo. Todos estos que dicen estar contra la monarquía en realidad van contra la Constitución, pero saben que tienen que quitar el pilar. No les gusta esta democracia: quieren una de tipo caribeño.

Usted escribe en su último libro que la Transición se produjo de abajo arriba: que fue una obra del pueblo. ¿En qué dirección empuja el pueblo hoy, en medio de esta polarización?

Los que están en contra de la Transición caen en tres falsedades. Una es que se hizo un pacto de silencio; falso: hay más libros sobre la Transición y la dictadura que sobre la II Guerra Mundial. La segunda es que se desmovilizó a la clase obrera; falso: en 1976 y 1977 se pierden más horas de trabajo por huelgas que en toda Europa. Y la tercera es que la derecha le hizo tragar a la izquierda la ley de amnistía; ¿pero es que ya nadie recuerda que en los años finales de Franco todas las pancartas de la izquierda pedían «libertad, amnistía y estatuto de autonomía»? Y por cierto, esa amnistía la votó toda la Cámara menos la AP de Fraga. No fue una carta otorgada. La gente presionaba, desconocidos por la calle te paraban para que saliera bien. Y los de arriba lo entendieron, aunque empezó mal: en mayo del 78 se empiezan a votar los artículos y yo vi que no avanzábamos. Llamé a Fernando Abril Martorell y le dije que la historia fallida del constitucionalismo español, siempre con constituciones de parte en función de quién ganaba las elecciones, no podía repetirse. Ahora dicen que fue fácil, pero no: fue dificilísimo. Los textos los redactaban los profesores de Derecho pero no acababan nunca, se atascaban en una coma. Y Fernando y yo tuvimos que hacernos cargo. No éramos los más listos ni los que más sabíamos de Derecho Constitucional, pero teníamos sentido común. Fernando era hipotenso, de noche se animaba, y yo siempre he dormido muy poco. A las cuatro de la madrugada solo quedábamos nosotros dos, el resto se había dormido sobre la mesa, y mientras tanto Fernando y yo llegábamos a un acuerdo y se votaba al día siguiente. El pasado 23 de julio los españoles votaron bipartidismo. Alguien tiene que sentar a los dos grandes partidos. Porque con esta patulea que ha reunido el PSOE no se va a ningún lado.

PREGUNTA.- El Gobierno insiste en que la amnistía es constitucional porque no está expresamente prohibida. Usted estuvo allí, en la redacción. ¿Ve posible que este Tribunal Constitucional, sobre el que pesan fundadas sospechas de politización partidista, termine encontrando encaje legal a la amnistía?

RESPUESTA.- Antes de la disquisición jurídica sobre el encaje constitucional de la amnistía hay que preguntarse si la merecen. Unos señores que dieron un golpe de Estado, que declararon la república catalana escindiéndola del conjunto y que dicen que lo volverán a hacer… ¿merecen una amnistía? Rotundamente no. Las amnistías son propias de cambios de régimen de dictadura a democracia por una razón: porque se entiende que las leyes dictatoriales no son legítimas y por tanto tampoco lo son los procesamientos penales. Pero esta amnistía convierte el procés en un acto democrático. Yo no conozco a Cándido Conde-Pumpido. Pero tengo que decir que le tengo mucho respeto al Tribunal Constitucional, porque es la última llave; si me falla la última llave estoy perdido. El náufrago solo tiene un cable: si le falla, se ahoga. Por eso yo siempre espero que el Tribunal Constitucional se va a comportar como debe. El órgano no tiene que caer en la tentación de legislar o de dar consejos al legislador. Solo tiene que decidir si el texto pasa o no pasa el criterio que separa lo que es constitucional de lo que no lo es.