Llevo tres días aquí, en este descampado que bordea la autovía, viendo pasar coches, camiones, motocicletas; y contemplando el cadáver hinchado de este gato que en algunos momentos de su vida llegó a lucir un hermoso pelaje blanquinegro: primero cuando era un inquieto jovencito y tuvo amos y casa en la que vivir, en una ciudad algo lejana del suburbio en el que estamos ahora; y después, cuando fue un gato montaraz y vivió alguna racha de buena suerte, y comió bien, y tuvo un abrigo escondido donde guarecerse. Ahora ya el pelaje del cadáver ha ido tomando esos tonos terrosos y apagados, e incluso ha comenzado a desprenderse del cuerpo, con este fuerte aguacero desatado hace unas horas.
Durante tres días me he entretenido viendo pasar vehículos por la autovía, y viendo el gesto de asco que ponían, al ver este cadáver que va desfigurándose, los pocos viandantes que por aquí han transitado. Y me he entretenido meditando y recordando; recordando cómo ha sido mi vida con este minino, durante los dos año y medio en que hemos estado unidos; meditando sobre la unión de los individuos en el Todo. Las almas no dormimos. Siempre estamos en vela. Yo he sido el alma de ese pequeño felino, ahora atropellado y estropeado, ahora sólo un cadáver que va disolviéndose en la tierra. Tengo órdenes de permanecer aquí, velando por un breve tiempo el cuerpo inerte del que ha sido mi aposento durante dos años y medio. Estoy en tránsito. En cualquier momento recibiré la llamada para incorporarme de nuevo. En un hospital situado en lo alto de esa loma que ahí arranca, está a punto de nacer el humano que se me ha asignado. Sé que en ese hospital nacen niños de familias acomodadas, que ocupan lujosas mansiones con jardín, y con muchas provisiones de toda índole; y también nacen niños de padres que viven en casuchas zarrapastrosas, mugrientas e inhóspitas, como esas que se ven aquí cerca. No tengo información sobre el humano que me ha tocado animar. Sólo sé que es humano.
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