Encuentro sobre mi mesa el libro, recién editado, del Papa Biendicho, Jesús de Nazaret. No lo voy a leer, al menos por ahora; pero de pronto se me ocurre usarlo para ese juego de “ábrelo por donde el azar o el misterio te dicte; y a ver cuál es el mensaje que tiene para ti”. Vale. Practiquemos el juego. Me sale la página 248: “Pero lo esencial del texto no está ciertamente en estos detalles; lo esencial es, sin duda, la figura del padre”. Y comienzo a decirme: El Papa está aquí comentando un texto… la eterna tarea desde que se inventó la escritura… ¿Será un texto de la Sagrada Escritura lo que comenta? Probablemente… “Lo esencial es, sin duda, la figura del padre”. Y comienzo a preguntarme: ¿Me lo dices a mí en cuanto que soy padre o en cuanto que soy hijo? Decido leer un poco más… Veo que el estilo del Papa tiene garra y pasión: pasión religiosa, artística, profesoral (recuérdese que, etimológicamente, el profesor es el que habla delante de los otros; es la misma etimología de profeta, aunque en esta el prefijo, pro-, tal vez exprese anterioridad en el tiempo: el que habla adelantándose en el tiempo). Decido leer entero el capítulo, o el epígrafe, que me ha tocado en suerte. Es el comentario de la parábola del hijo pródigo, a la que el Papa llama, y lo justifica a continuación muy bien, “parábola de los dos hermanos”. Verdaderamente el texto evangélico, que bien recuerdo desde mi infancia y primera juventud, es bellísimo. Y el comentario del Papa es precioso, visto incluso por la mirada laica de quien piensa que todos somos hijos pródigos de la Madre Tierra, que, al final vuelve a acogernos, a todos, amorosamente, como parte de ella. Hay que reconocer que para la vida humana que nos toca vivir antes de volver a la Tierra resulta bastante interesante esta lección del Papa, tanto si nos vemos más como padres como si nos vemos más como hijos. En las palabras del Papa, como en el mensaje evangélico original, hay comprensión, hay amor, hay belleza. Y es un mensaje, éste del Papa, que por una parte se dirige a cada lector individualmente considerado, pero por otra, se dirige a toda esta generación de lectores, al hombre de este tiempo, quizá más a los jóvenes. Dice el Papa que la voz de Jesucristo, en esta parábola, se identifica con la voz del Padre: de Dios Padre, y del padre hombre de este apólogo, que tiene dos hijos, dos jóvenes hijos.
Escribe el Papa:
El hijo derrocha su herencia. Sólo quiere disfrutar. Quiere aprovechar la vida al máximo, tener lo que considera una “vida de plenitud”. No desea someterse ya a ningún precepto, a ninguna autoridad: busca la libertad radical; quiere vivir sólo para sí mismo, sin ninguna exigencia. Disfruta de la vida; se siente totalmente autónomo.
“¿Acaso nos es difícil ver precisamente en eso el espíritu de la rebelión moderna contra Dios y contra la Ley de Dios? […]
El hombre que entiende la libertad como puro arbitrio, el simple hacer lo que quiere e ir donde se le antoja, vive en la mentira, pues por su propia naturaleza forma parte de una reciprocidad, su libertad es una libertad que debe compartir con los otros; su misma esencia lleva consigo disciplina y normas; identificarse íntimamente con ellas, eso sería libertad. Así, una falsa autonomía conduce a la esclavitud: la historia, entretanto, nos lo ha demostrado de sobra.
Y nos lo va a seguir demostrando, añado yo; porque no habrá conversión general después de estas lecciones del Papa Benedicto.
Hoy ha empezado el curso escolar en la Primaria y en la Secundaria. Tendremos los profesores que hacernos, en cada una de las aulas, portavoces del Papa; y predicar: “Tu libertad es una libertad que debes compartir con los otros. La esencia de tu libertad lleva consigo disciplina y normas. Identificarse íntimamente con esas normas, eso es libertad”.
Quizá hago mal en no leer ahora, sin dilación ninguna, este libro del Papa.
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