Pedro J. ha organizado en su periódico unas honras fúnebres para Umbral que, aunque sólo son periodísticas, empiezan a resultar superiores a las que costeó el duque de Sessa en Madrid a su amigo Lope de Vega. Como con el olifante de Roldán, ha convocado Pedro J. a los cien mejores escultores de su reino, para que cada uno labre una columna para el túmulo de su Lancelot; un túmulo que va a dejar por los suelos al de Felipe II en Sevilla, aquel que mereciera el soneto de Cervantes “Voto a Dios, que me espanta esta grandeza”, que todos los de mi generación tuvimos que aprender de memoria en el colegio, porque tenía estrambote, sin entender lo más mínimo de la coña marinera de Cervantes.
A mí me gustaba enormemente Umbral cuando lo comencé a leer en los primeros tiempos de El País (con el túmulo de Franco recién desmontado, y colocado bajo la pesada losa de El Escorial). Después se fue haciendo reiterativo, copiándose a sí mismo, hasta llegar a convertirse en su propia máscara. Ahora dicen que ha muerto escribiendo. Yo más bien diría que, efectivamente, murió escribiendo, pero de eso hace ya muchos años; y desde entonces su cara era su máscara funeraria, una máscara en torno a la cual revoloteaba su alma, de corto vuelo, como un moscardón, que lo mismo se posaba sobre la nariz de esa máscara de su amo, que sobre las pupas de sus amigos vivos o sobre la carne putrefacta de sus amigos muertos.
No se merecía tanto catafalco el cadáver de Umbral y seguramente Pedro J. lo sabe; y por ello es posible que lo que esté organizando no sea el elogio desmedido del muerto, sino la feria de las plumas de su periódico.
Entre tantos elogios póstumos (basta que sean póstumos para desconfiar de la sinceridad de los elogiantes) del autor de Cela: un cadáver exquisito, no dejo de recordar el artículo de Pérez-Reverte, titulado “El muelle flojo de Umbral”, en el que ponía al susodicho como para mandarlo al tinte. Creo que el columnista se lo tenía ganado, no a pulso, pero sí a “muelle flojo”, como el título reza.
Pedro J., para ya el show y dale de una vez la última a Gistau, que es el mejor, hoy por hoy, y el que más se la merece; dásela con mis deseos de que, una vez instalado en ella, el síndrome del estilita no lo convierta en un búho disecado.
Filed under: Comentarios |
Deja un comentario