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Intrincada selva

Mientras paso la fregona por el suelo de la cocina, comienzo a sentir un suave cosquilleo en la cabeza. Me doy un par de enérgicas pasadas con la mano, pero persiste el cosquilleo. No me inquieto. Conozco la causa que lo produce, y continúo moviendo la fregona con la gracia y el donaire que me caracteriza.

No me inquieto; aunque me compadezco. Al terminar de comer, hemos visto la encimera completamente invadida por las hormigas. Lo cubrían todo, pero lo que más las había atraído, donde estaban literalmente amontonadas, eran las tijeras con las que Marga había estado cortando la perca para freírla. De modo que hoy he comenzado la recogida perpetrando una masacre. Este verano ha sido un verano de hormigas. Las hemos sobrellevado con paciencia; y eliminado con alevosía. Se reproducen con denuedo.

Ahora tengo una en la cabeza. Siento pena por ella; tan chiquita, tan frágil. Mi ralo pelo rapado le estará resultando una selva inextricable. Siento también un extraño y algo sádico orgullo. ¿Qué grande le debo de parecer! ¡Qué inmenso bosque, o qué extensa sabana, cubierta de gigantescas plantas herbáceas, mi cabeza! Pero en seguida me desentiendo de mi mísera invasora: en la radio, con música de Gluck, Orfeo está cantando para sacar a su amada del infierno.