Hoy mis alumnas (hay que decirlo así porque son chicas una amplísima mayoría) de 2º de Bachillerato están especialmente despendoladas: ayer hicieron huelga, hoy es viernes y apunta, aunque estamos en noviembre, un fin de semana primaveral. Les reprocho que, igual que ha descendido el nivel de corrección en la escritura, ha descendido el de su autocontrol; el comentario a la compañera hay que hacerlo en cuanto a una se le ocurre, no tiene espera. “Si el control de los esfínteres fuera similar al de las bocas,–les digo–, aquí no habría quien parara”. Algunas se ríen.
A mí mientras tanto me viene el recuerdo de la mi costilla, con veinticinco parvúnculos de los que algunos no han llegado a su tercer cumpleaños. Sin más ayuda que el papel higiénico y dos inodoros que cuando se atascan hay que esperar, con la pinza en la nariz, durante no se sabe cuántas largas jornadas hasta que los técnicos de mantenimiento se presentan.
Ser maestra con tantos años de vocación, dedicación y experiencia para llegar a la cincuentena y trabajar con los niños sólo de cintura para abajo: control de cacas y pipís.
Aunque eso es lo que lamenta ella al final de casi todos sus laborables, la verdad es que también se tiene que ocupar de las párvulas bocas: de lo que por ellas entra y de lo que por ellas sale. Porque llega una madre con su tierno retoño, por ejemplo, y le dice: “Ponlo a desayunar, que no ha tomado nada, que a mí no me hace caso”. O porque, por otro ejemplo, a otro incipiente vástago de estirpe le salen por la suya expresiones tan gruesas que para sí las quisiera el patán más montaraz.
En fin, la lucha diaria de los servi paedagogi…
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El mundo de la docencia es de los mas puros ejemplos de luces y sombras.
Y encima tienes mucha gracia y talento para contar estos hechos cotidianos.
Un abrazo
Lo mires por donde lo mires, escatología. Cada edad la suya, pero escatología al fin y al cabo…