El blogman frunció el ceño:
–Yo que tú no lo haría, forastero.
Pero el forastero era sordo, o tonto, o simplemente forastero. Quiso decir, llevándose la diestra a la cintura: “este hocino es mío” (o “este hocico es mío” –no ha quedado clara la trascripción del pensamiento–). Solo pudo decir:
–Este hoz…
El blogman había sacado su entrada, y había hecho blanco en el negro corazón del forastero.
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