• Páginas

  • Archivos

  • septiembre 2009
    L M X J V S D
     123456
    78910111213
    14151617181920
    21222324252627
    282930  

Mis contactos con la inspección educativa (hasta hoy)

· Año ochenta y muchos o noventa y pocos. Estoy en una clase de 2º de BUP. Llama a la puerta el Director acompañado de un señor (la discreta mirilla de las puertas es de cuarenta por cuarenta centímetros, aproximadamente). Los visitantes no llegan a pasar al aula. En la misma puerta, mi Director me presenta a su acompañante: el Sr. Inspector; el cual me pregunta por el número de alumnos del grupo. Se lo digo. Me pregunta si normalmente acuden a clase. Le contesto que son muy raras las ausencias. Sonriente, me tiende la mano y nos despedimos.

· Año noventa y muchos o dos mil y pocos. Tercera hora de clase, la que precede al recreo. Estoy en la sala de profesores: tengo “un hueco”. Un señor de mediana edad, mascando ostentosamente chicle con aire distraído, entra en la sala. Curiosea, pregunta por la hora del recreo, se sienta… Cuando ya ha sonado el timbre de salida de clase y la sala de profesores se ha ido llenando de éstos, este buen señor pide atención: “Soy el inspector. Escuchen un momento. He sido el inspector de este instituto en los últimos nosecuantos años –el “nosecuantos” es mío; él sí sabía cuántos–. Ahora me han dado un nuevo destino y vengo a despedirme y a prestarles oídos por si me quieren contar algún problema”.

· Año dos mil y unos cuantos más. Para la renovación de la Dirección de nuestro Instituto, se presentan dos candidaturas: el Director en ejercicio y otra compañera que también, ahora, opta al cargo. El Sr. Inspector informa, organiza y dirige un complejo proceso de selección de uno de los dos. Proceso en el que a mí me toca un papel destacado –burocráticamente destacado, aunque no recuerdo cuál–: por ser el miembro de más antigüedad del claustro. Por si les interesa, salió elegido el que ya venía siendo Director.

· Algún año más tarde. Soy el Jefe de Departamento de Lengua y Literatura. Una compañera (una querida compañera) está en período de prácticas. El Sr. Inspector asistirá a una de sus clases, y entrevistará al Director y al Jefe del Departamento de Lengua y Literatura, para que informen de ella, y para que le entreguen, además, informe por escrito. El Inspector ha pedido previamente que, para su visita al aula, la profesora en prácticas elija un grupo de alumnos “buenecito”. Pensando, no en ella, sino en él: que es ya mayor, y no quiere exponerse a riesgos de infarto.

· Lo más reciente: hace tres años. El Sr. Inspector ha elegido nuestro Centro para hacer un concienzudo estudio de la situación educativa. Va a asistir a diversas clases de Lengua y de Matemáticas –sólo de Lengua y Matemáticas–. “Estote parati”, advierte el Sr. Director, en castellano. Efectivamente, el Sr. Inspector asiste a una clase mía de 3º de ESO –un tercero muy bueno. Ahora están, los alumnos que quedan, en 2º de Bachillerato–. Mejor dicho: asiste a media clase. Observa lo que hacemos, requiere a algunos alumnos su cuaderno… Y a mitad de la clase se marcha a otro grupo. Cuando acabó todo el proceso de escrupulosa evaluación, nos dio una charla; y nos dejó una copia de su informe (se ve que a él sus superiores le exigían un informe por escrito).

Y no hubo más…

El monte es mu… muy mío

El monte es mu... muy mío

La foto de las niñas

ISABEL SAN SEBASTIÁN

EL MUNDO [hoy]

LA CULPA no es nuestra por publicar la fotografía, señor Zapatero, sino suya por propiciarla. Y de su mujer por consentirla. En éste, nuestro país, y en semejante coyuntura, llevarse a las niñas de tournée internacional turístico-política, en pleno curso escolar y con cargo al contribuyente, son ganas de provocar. El personal ha estallado, como es lógico y natural. Internet está que arde. El ingenio se agudiza. Las lenguas se afilan y bifurcan. España, señor presidente, disfruta siendo mordaz. Pero es usted y sólo usted quien las ha puesto en la diana.

De todas las vías posibles ha escogido la peor: Podía (debía) haberlas dejado en casa, que hubiera sido lo correcto. En pleno debate sobre la educación, la disciplina y el esfuerzo, con una ciudadanía abrumada por la peor crisis económica del siglo, sus hijas tendrían que estar en clase, cumpliendo con su deber y dando ejemplo al respetable, que al fin y al cabo es quien mantiene a la familia. Pero querían ver a este «líder bueno» de la Casa Blanca y papá les ha dado el capricho.

Podía haberles pagado de su bolsillo el billete de avión en línea regular, así como el hotel y la manutención. Entonces habría estado en condiciones de hablar de «viaje privado» y pedir a los fotógrafos que se abstuvieran de disparar las cámaras. No ha sido el caso.

Podía haber aprovechado la oportunidad para presentarlas en sociedad, justificando su presencia en Estados Unidos por lo excepcional de la ocasión. Para ello, sin embargo, habría debido empezar por decirnos la verdad y proveerse del estilista adecuado, con el fin de difundir una imagen más real de lo que es la Moda de España en lo que atañe a la juventud. Porque, como apuntaba con acierto un sagaz lector de elmundo.es, el destino del periplo era Pensylvania, que no Transilvania. Para gustos hay colores, por supuesto, pero cuando se representa a una nación como la nuestra hay que cuidar el protocolo y suplir con asesores las lagunas (más bien océanos) existentes en dicha materia.

Podía, en fin, haberse abstenido de posar para el ansiado retrato de coleguis junto al matrimonio Obama, a quien, por cierto, no acompañaban las nenas. Pero lo hizo. Posó, posaron todos, a las puertas del Metropolitan, y se consumó el esperpento.

Ahora quieren matar al mensajero. Se rasgan las vestiduras apelando al respeto por los menores, al derecho a la intimidad y a la responsabilidad de la prensa. La responsabilidad no es nuestra, señor Zapatero, sino suya y de su mujer por ponerlas en la diana.