SAN PEDRO
En la Leyenda Áurea de
“Cuando Dios andaba por el mundo”
I
“Cuando iba Dios por el Mundo”
–dice una leyenda clara
y verde y alegre, como
el campo por la mañana–,
el Divino caballero
un escudero llevaba.
Con él partía su pan
–que era del cuerpo y el alma–,
con él partía su vino,
con el su sal y su agua,
con él el dulce milagro
de su divina palabra.
Los dos iban tan contentos,
sin curar de que las plantas
se disputasen humildes
la gloria de sus pisadas,
y el viento a escuchar sus voces
se parase entre la jara.
II
Ya eran pasados los tiempos
de la Encarnación primera,
de los prodigios magníficos
y las insignes sorpresas.
Ya estaba salvado el mundo
y la Redención ya hecha.
Ya a la mar de Tiberiades
no se reduce la pesca,
que el pescador de Bethsaida
del Cielo guarda las puertas.
Y ya sobre Pedro está
edificada la Iglesia.
Ya ha transcurrido el asombro
de la Divina tragedia.
El regalo de la fe
las almas de gloria llena
y ya se llama cristiano
el orbe y santa la Tierra.
III
Iba Jesús por el Mundo
en compaña de San Pedro
añorando acaso el día
de su viaje primero,
lleno de amor por el hombre,
por la Tierra de amor lleno.
Ambos se habían escapado,
como chiquillos traviesos,
de la Mansión Celestial
ansiosos de ver de nuevo
de la corta vida humana
el cotidiano momento.
Pasar un día en la Tierra
y luego volver al Cielo
donde no hay día ni noche
Y no hay espacio ni tiempo…
donde todo es infinito
y donde todo es eterno.
IV
Y era una mañana pura,
llena de luz y de trinos.
El sol besaba los campos,
el aire rizaba el río;
las sabanillas de niebla
dejaban el prado limpio
para arrollarse a los pies
del monte, azul de zafiro.
A lo lejos los rebaños
dilataban su balido
como trompetas unánimes
de un himno de paz tranquilo.
Y los pastores, envueltos
en polvo, luz y rocío
iban dorados y alertas…
–¿Qué te parece, Perico?
–Señor, que aquí se está bien.
La Tierra es un Paraíso.
V
Después del oro del día
Fue la plata de la tarde:
el sol, la luna y la estrella
en el cielo. Y, en el valle,
un suspiro tan inmenso,
un silencio tan suave…
Mas cuando llegó la noche
comenzó el río a escucharse;
el viento, a decir palabras
sueltas entre los boscajes;
el rocío y las luciérnagas,
a ser estrellas rampantes.
El ruiseñor, en la rama
cantó hasta morir, amante…
–Di, Pedro, ¿qué te parece?
–Señor, es cosa admirable.
Los seres que gozan de esto
no tienen por qué quejarse…
VI
Y aquí viene lo gracioso
de nuestra leyenda áurea…
Diz que tras la noche, claro,
vino el clarear del alba
Y rompieron a cantar
los gallos de la comarca…
Y cuando Jesús, riendo,
volvió a San Pedro la cara,
le dijo el santo bendito,
entre suspiros y lágrimas:
–Vámonos de aquí, Señor,
volvamos a Nuestra Casa,
que estos pícaros me acuerdan
de aquella hora tan mala
en que te negué tres veces
antes que el gallo cantara…
Y es fama que, ya en el Cielo,
y la aventura pasada,
cuando aún Jesús se reía,
como un niño sollozaba
de Aquel Divino Quijote
el Divino Sancho Panza.
MANUEL MACHADO, POESÍAS COMPLETAS
Filed under: Antología | 1 Comment »