Oyó una vez la voz que le decía:
“Toma la pluma, escribe”.
Y obedeció a la voz.
Las palabras manaban en su pecho
como el agua en la fuente.
Y se hizo el poema, y era bello; ¡cómo resplandecía!
Él sabía quién era: un don nadie sin patria ni fortuna
ni talento ninguno que ejercer en la vida.
Se sintió enormemente agradecido,
¿quién le había inspirado aquellos versos?
En su alma dibujó a su protectora: se llamaba Poesía.
Y el alma de aquel paria se encendió como un sol.
Había sido elegido por la Divinidad
para hacer evidente la belleza escondida.
No aspiró a más honor ni recompensa:
el sentirse elegido le bastaba.
Vivió para volver a oír la Voz
que lo había de usar de Mensajero.
Mas la voz no volvió.
Y él, que había brillado creyéndose poeta,
comenzó a entristecer…
Y ahora, ahí lo tienes, echado en ese banco
del parque, tiritando famélico y mugriento.
Deseando morir.
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