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Tierra, agua, y un poquito de cielo

Las dos cosas que más le gustan a un niño son las dos cosas que menos le gustan a su madre: jugar con la tierra y jugar con el agua. Revolcarse en el polvo, hozar en la hierba, meter la mano en una madriguera, chapotear en los charcos, abrir la boca bajo una gotera, atrapar una rana y observar atentamente su distinta anatomía. El niño sabe que es parte de la tierra y del agua, criatura del agua y de la tierra, y se siente en su elemento cuando toca la tierra, cuando se moja, cuando se baña en un río, cuando se adentra en una gruta. Cuando hace todas esas cosas que a su mamá la ponen de los nervios. Porque para cada mamá su niño es un ángel. Sí: puede que en su naturaleza haya algo, una mínima parte, de animal y terrestre; pero en él predominan los dones llegados del cielo por vía materna; y su niño es un ángel.

Pasan los años y crece el angelillo. Y descubre entonces que el origen de la vida, la tierra y el agua, se han organizado milagrosamente y han creado un prodigio de belleza: el cuerpo de una chica. De modo que el angelico, fieramente humano, no tendrá ya en su mente otra meta que ésta: la conquista del tesoro femenino. Aunque tampoco estos “juegos” le gustarán a su madre, quien pensará, otra vez con las mismas aprensiones, que las chicas son demasiado terrenales para su ángel. Y lo seguirá pensando hasta que una de estas terrenales mujercitas la convierta en abuela de otro angelillo que se parezca, tanto como una hoja del olmo a otra hoja del olmo, al angelillo parido por ella cuando era tres décadas más joven.

Ahora la madre, convertida en abuela, no se inquietará por que el niño se ensucie de barro, o se moje en el caño de una fuente. Esa parte divina que tiene su nieto será indestructible. Su nieto es el ángel ahora. Un ángel que juega en el parque, atrapa lagartijas y las balancea cogiéndolas por la cola hasta que la cola se rompe, se hincha de golosinas en las fiestas de cumpleaños, caza la varicela…

Y el padre, entre tanto, descubre… Bueno, no es un descubrimiento exactamente, pero algo así. Descubre otra mágica mezcla de tierra y de agua: el vino. Cantado por los poetas desde hace por lo menos tres milenios, glorificado por la puta vieja Celestina hace quinientos años, consagrado por los curas de todas las iglesias. Y el padre canta con Marzal, un poeta de ahora:

Que no se acabe el vino,

el animoso vino de los fuertes,

antes de habernos vuelto temerarios

en el amor de cuanto está al alcance.

Esto canta el buen hombre. Pero a la tercera vez que se llena su copa, la madre, la esposa y el hijo le espetan al unísono: “¡Padre!, ¡esposo!, ¡hijo!, ¡para ya de libar, que la vas a liar!”

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