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Amigo Eladio

Ayer domingo me tocaban correcciones: los dichosos comentarios de texto de mis alumnos de 2º de Bachillerato, que cada año que pasa entienden menos lo que leen, repasan menos lo que escriben.

Marga esperó hasta constatar que había dado de mano para comunicarme la triste nueva: que te acababan de enterrar. En fin, esas cosas que le pasan a cualquiera… Espero que te hayas sentido bien asistido y cuidado en los últimos meses, los más duros, según supongo. Yo creo que has estado en buenas manos; y que lo sigues –lo seguimos- estando.

Te ha tocado el mes de marzo para irte. No los idus de marzo, pero casi. Febrero tiene mucha leyenda, pero vaya, ¡lo que cabe en un marzo! Ya lo dice el dicho: marzo son tres meses.

No sé cuánto te voy a echar de menos. Pero creo que te he estado echando de menos siempre, desde aquellas reuniones en tu casa, ¿recuerdas?, en casa de tus padres, con don Ángel el cura, que vivía enfrente. Pronto hará medio siglo. Reuniones en el patio de tu casa, ratos hermosos de tranquila charla. ¿Qué eras tú entonces? Un joven maestro de veinte o veintipocos años, seducido por la tierra gaditana que muchos años después a mí también me atraparía. Y nosotros, el grupo de los amigos menores: doce, trece, catorce años cuando mucho. ¿Por qué no tuvimos más reuniones de aquellas? Porque tú en Gójar parabas poco, porque tenías un trabajo, una profesión, una familia en otra parte.

En el verano, con frecuencia, como sabes, éramos, durante algún que otro plácido anochecer, una especie de camarilla juvenil de tu padre, tan jovial él siempre, tan omnicomprensivo. Nos invitaba a medio de blanco con gaseosa en Las MMM. Con eso y con dos o tres anécdotas que nos contaba, lo pasábamos mejor que unos príncipes. Tú heredaste su carácter.

Tendríamos que haber hablado más. Tendrías que haber hablado más tú con nosotros. El amigo mayor con los amigos menores: Nicolás Rivero, tu primo Juanito, los Icos, a veces tu hermano Horacio con alguno de sus colegas. Pero cada uno tenía que estar en su puesto, en sus obligaciones. Y así ha pasado el tiempo.

El cementerio de Gójar es horrible. Es probable que en España haya muchos parecidos al de nuestro pueblo: abigarrado marmolerío de nuevos ricos. ¡Qué pena! Pero bueno; por lo menos estás entre familiares y entre amigos. Amigos de los que cada vez vemos menos en las calles o los bares del pueblo. Porque os vais –y nos iremos- concentrando ahí, en ese feo cementerio.

Termino ya mi carta, que tengo que volver a las dichosas correcciones. Pero antes me gustaría componerte un epitafio, o un epigrama, para decirlo con el término más clásico. Espero que te guste; y si no, me avisas para que lo destruya o lo rehaga. A ver:

Esta es la tumba de Eladio

Garzón. Nunca un gesto agrio

hubo en su rostro. Enfadado

jamás lo vimos. A veces,

sí, su habitual sonrisa

se velaba, se volvía

hacia la melancolía.

Séale la tierra leve.

Avísame, si no te gusta, para que, inmediatamente, lo borre.

Amigo Eladio: un fuerte, fuerte abrazo.

Tierra, agua, y un poquito de cielo

Las dos cosas que más le gustan a un niño son las dos cosas que menos le gustan a su madre: jugar con la tierra y jugar con el agua. Revolcarse en el polvo, hozar en la hierba, meter la mano en una madriguera, chapotear en los charcos, abrir la boca bajo una gotera, atrapar una rana y observar atentamente su distinta anatomía. El niño sabe que es parte de la tierra y del agua, criatura del agua y de la tierra, y se siente en su elemento cuando toca la tierra, cuando se moja, cuando se baña en un río, cuando se adentra en una gruta. Cuando hace todas esas cosas que a su mamá la ponen de los nervios. Porque para cada mamá su niño es un ángel. Sí: puede que en su naturaleza haya algo, una mínima parte, de animal y terrestre; pero en él predominan los dones llegados del cielo por vía materna; y su niño es un ángel.

Pasan los años y crece el angelillo. Y descubre entonces que el origen de la vida, la tierra y el agua, se han organizado milagrosamente y han creado un prodigio de belleza: el cuerpo de una chica. De modo que el angelico, fieramente humano, no tendrá ya en su mente otra meta que ésta: la conquista del tesoro femenino. Aunque tampoco estos “juegos” le gustarán a su madre, quien pensará, otra vez con las mismas aprensiones, que las chicas son demasiado terrenales para su ángel. Y lo seguirá pensando hasta que una de estas terrenales mujercitas la convierta en abuela de otro angelillo que se parezca, tanto como una hoja del olmo a otra hoja del olmo, al angelillo parido por ella cuando era tres décadas más joven.

Ahora la madre, convertida en abuela, no se inquietará por que el niño se ensucie de barro, o se moje en el caño de una fuente. Esa parte divina que tiene su nieto será indestructible. Su nieto es el ángel ahora. Un ángel que juega en el parque, atrapa lagartijas y las balancea cogiéndolas por la cola hasta que la cola se rompe, se hincha de golosinas en las fiestas de cumpleaños, caza la varicela…

Y el padre, entre tanto, descubre… Bueno, no es un descubrimiento exactamente, pero algo así. Descubre otra mágica mezcla de tierra y de agua: el vino. Cantado por los poetas desde hace por lo menos tres milenios, glorificado por la puta vieja Celestina hace quinientos años, consagrado por los curas de todas las iglesias. Y el padre canta con Marzal, un poeta de ahora:

Que no se acabe el vino,

el animoso vino de los fuertes,

antes de habernos vuelto temerarios

en el amor de cuanto está al alcance.

Esto canta el buen hombre. Pero a la tercera vez que se llena su copa, la madre, la esposa y el hijo le espetan al unísono: “¡Padre!, ¡esposo!, ¡hijo!, ¡para ya de libar, que la vas a liar!”

Nubes

TRAS ESTAS NUBES, AUNQUE NO LO VEAMOS, TAMBIÉN HAY CIELO