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Obtener beneficios

Los beneficios nos pueden llegar desde el favor, el azar (la buena suerte) o el mérito.

El modo más cómodo para el que los recibe es el segundo, el de la lotería; el primero, aunque parece fácil y agradable, suele tener sus inconvenientes, la necesidad de contraprestaciones: do ut des, te doy para que me des, o, como solían decir unos comerciantes a los que conocí hace muchos años, el que regala, bien vende, si el que recibe lo entiende.

Creo que a todos, o a casi todos, nos parece evidente que el modo más noble de acceder al beneficio es el mérito.

En el mundo del deporte (en el de las prácticas deportivas  y en el del deporte espectáculo), lo percibimos a diario, sea el modelo del día Carlos Alcaraz o como se llame.

En el mundo de la educación, ya no. Antes el deporte era sólo eso, parte de la educación: había que ejercitar el cuerpo hasta hacerle llegar a su máximo rendimiento, lo mismo que a la mente. Ahora parece que en muchos ámbitos educativos lo importante es que los niños y muchachos sean felices; por lo tanto, hay que evitarles las contrariedades, los esfuerzos ímprobos, la pesadez de la información, la comprensión, la memorización. Sobre todo si son hijos de familias poco acomodadas.

En el mundo de la política el mérito ya es un sarcasmo. Parece que todos hemos dado por inevitable que los que llegan a puestos más altos sean los más vivales, los más granujas, los más tramposos. Lo cual es un disparate tremendo. Sigue existiendo la prensa libre (y se ha hecho mucho más fácil su acceso a ella) y los ciudadanos tenemos el deber de informarnos lo mejor posible acerca de los partidos y de sus candidatos.

El acceso a un puesto dentro de los poderes del Estado no sólo debe requerir el máximo mérito: también la vocación, la llamada, la atracción.

El obstáculo mayor, para que sean el mérito y la vocación los que ponen a los mejores en sus puestos, es la falta de democracia interna en los partidos: no atrae a los buenos el tener que lamer el culo a un jefe.

En fin. Vamos a Elecciones. A ver lo que sale esta vez. A ver qué beneficios obtenemos.

Platiquemos, leamos

Voy a aprovechar que hoy, día del solsticio de verano, ha amanecido aquí más invernal que veraniego, para expresar en prosa llana algunas ideas, desde la experiencia de la mucha edad, sobre las maneras, los usos y los gustos que ejercitamos, o ejercitábamos antes, a la hora de comunicarnos en presencia, “con la presencia y la figura”, según escribió San Juan de la Cruz.

Es verdad que los usos han cambiado mucho desde que yo era joven. Pero sobre todo han cambiado desde que todo el mundo, o casi todo, lleva consigo a todas horas su smartphone, y no presta a nada ni a nadie la décima parte de la atención que le presta a su ’dispositivo’.

Pero todavía hablamos a veces, pocas veces, presencialmente. Claro que, al practicar poco tan natural usanza humana, caemos frecuentemente en las torpezas, en las malas prácticas.

Así que, como de viejos es dar consejos, voy a dar unos cuantos.

Uno. Presta toda tu atención a quien te habla; y, salvo causa razonable y fundamentada, mantente callado hasta que termine.

Dos. En conversación informal, con persona de confianza o de menos confianza (está apretando la lluvia), no prolongues tu elocución hasta hacerte merecedor de la desatención. Haz un punto y aparte y espera la réplica de tu interlocutor.

Tres. No hagas comentarios jocosos acerca de los modos de hablar de este: su acento (gallego, andaluz…), sus expresiones o giros, sus muletillas o sus tacos. Son comentarios que demuestran catetura (cualidad de cateto, no está en el DLE). Manejándose con un idioma tan extendido por la geografía del planeta como el español, hay que andar receptivo ante todos los usos, y no poner cara de extrañeza ante cualquier peculiaridad que para nada entorpece la comunicación.

Cuatro. No hagas comentarios negativos o despectivos de los dichos con los que tu interlocutor pretende justamente lo contrario: ganarse tu atención, tu jovialidad, tu simpatía, tu afecto. Frases del tipo “eso es un chiste demasiado fácil”, “¡qué chiste más malo!”, envenenan la conversación, a no ser que haya entre los conversantes una corriente profunda de amistad o amor, a la que no le afectan las menudencias de tal tipo, que, además, se tomarán siempre como irónicas.

Cinco. Y ya que hablamos de chistes, nunca cuentes ninguno, a no ser que venga muy a propósito; y, en ese caso, procura contarlo brevemente, yéndote rápido al grano de la anécdota. Y, llegados a este punto, como no recordar el contra cuento y marea de Sancho Panza en II, 31: “Si sus mercedes me dan licencia, les contaré un cuento que pasó en mi pueblo acerca de esto de los asientos”.

Con lo cual, concluyo recomendando, como curso y como escuela de buena conversación, la lectura de Don Quijote de la Mancha. Mismamente en el móvil. Yo en el mío, siempre con funda de libro, unas cuantas horas de cada día me las paso leyendo.

Europeos

Hasta hace exactamente un año, el 24 de febrero, para mí, era el día de San Matías, santo del quien no sé nada; pero conocía desde siempre los versillos con que, en mi pueblo, pueblo de duros inviernos en la provincia de Granada, se celebraba su llegada:

En San Matías
igualan las noches con los días,
da el sol en las umbrías,
cantan las totovías
y marzo al quinto día.

El invierno dejaba de castigar con tanto ahínco por la intervención de este bendito santo.

El año pasado este día se convirtió en el malhadado día de la invasión de Ucrania por el ejército ruso, enviado allí por un déspota que mientras viva sólo merecerá la cárcel.

Confieso que de la Historia de Europa sé muy poco; pero uno, que ha tenido como principal afición en la vida la lectura (junto con el cine durante la juventud), leyó recientemente el magnífico libro Los Europeos, de Orlando Figes (historiador a lo grande, experto en Rusia); libro que va contando la historia del siglo XIX europeo a la vez que acompaña el vivir y desenvolverse de tres personalidades históricas de Europa: el francés Louis Viardot, la francesa de origen español Pauline Viardot-García y el ruso Iván Turguénev.

¿Por qué no estudian todos los alumnos europeos de secundaria, o media, una asignatura como esa, Historia de Europa?

Está claro que, cuando se desmoronó la Unión Soviética, las grandes democracias europeas, junto con Estados Unidos, debieron hacer más para que Rusia avanzara hacia un régimen democrático homologable con el de Francia o Alemania (unificada). Por el contrario, dejaron que se fuera empantanando en un régimen autoritario y corrupto, al mismo tiempo que, imprudentemente, se convertían en dependientes energéticos de Rusia.

Lo que se hizo mal ya está hecho. Ahora toca ayudar a Ucrania a ganar la guerra y convertirse en miembro de la Unión Europea. Pero Rusia también es un país europeo. Y lo será plenamente cuando expulse al tirano y se convierta en un país en el que las libertades individuales se respetan y los poderes nacionales salen de elecciones limpias. Ojalá muy pronto.