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Amnistía y gobierno del derecho

Antonio Manuel Peña Freire. EL MUNDO, 28-11-23.

El Estado de Derecho es un ideal esquivo. Su concepto no es fácil de definir. Se habla con cierta frecuencia de él sin saber exactamente qué implica. Más preocupante aún: hay quienes le rinden homenaje para así poder traicionarlo. Entre los que se supone que lo conocen hay cierto consenso a propósito de sus virtudes. Bien entendido, no tiene frutos podridos, pues no parece razonable que quien aspira a gobernar de forma tiránica o atendiendo exclusivamente a sus intereses particulares se comprometa a respetar normas, formas, límites y procedimientos. Hay cierto consenso también a propósito de su fragilidad. El Estado de Derecho le pide al poder que asuma su naturaleza potencialmente perversa y abusadora, y que se constriña a sí mismo en atención a intereses de otros que corren en sentido contrario a los intereses particulares de quienes lo detentan.

Un ideal como ese, tan eficaz como frágil, merece ser definido con cierto detenimiento. Si no lo hacemos, corremos el riesgo, como advirtió Shirley Letwin, de que los intentos por repudiarlo pasen inadvertidos y de que algún día perdamos uno de nuestros bienes morales y políticos más preciados sin haber siquiera sido capaces de comprenderlo y valorarlo adecuadamente. Pensemos, por tanto, por un momento qué es el Estado del Derecho y por qué es importante.

En un reciente y brillante estudio, Gerald Postema (Law’s Rule) nos dice que el Estado de Derecho es un ideal complejo, históricamente decantado en variados eslóganes -gobierno de las leyes-, pero que en su núcleo hay un par de convicciones claras: que los ciudadanos no deben ser víctimas del ejercicio arbitrario del poder y que el derecho, por sus rasgos distintivos, es un instrumento adecuado para garantizar que el poder no se ejerce arbitrariamente. Quizás sea el derecho el único medio adecuado a ese fin: la alternativa habitual es la confianza en un gobernante puro y angelical, naturalmente incapacitado para hacer daño a aquellos a los que gobierna o para adoptar decisiones que antepongan sus intereses personales, o los de aquellos de los que depende su continuidad en el poder, a los intereses de los gobernados. Es evidente que solo quienes aún viven en una muy tierna infancia política pueden participar honestamente de esa creencia, tan pueril como irreal. Para quienes hace tiempo que dejamos de creer en príncipes puros como ángeles, aptos por ello para reinar como dioses, eso es sencillamente imposible.

¿Y cómo se sustancian esas convicciones que están en el núcleo del ideal del Estado de Derecho? Desde luego, se espera de quien gobierna mucho más de lo que resultaría si simplemente diese forma legal a su capricho. El Estado de Derecho es más que la mera forma legal de las decisiones de los poderosos, porque también demanda reflexividad y exclusividad. La reflexividad exige que las leyes se apliquen a todos, incluidos quienes con ellas gobiernan; es más, reclama que quienes gobiernan queden especialmente sometidos al derecho. Los poderes del Estado deben estar más intensamente constreñidos por el derecho que los propios ciudadanos. No es posible garantizar la soberanía del derecho si el gobernante puede dispensarse personal u ocasionalmente del cumplimiento de las normas para decidir del modo que le resulte más conveniente. El principio de reflexividad impone a quienes gobiernan un sometimiento especial al derecho, pues su sentido es someter al poder a control, protegiendo así a los ciudadanos de sus pulsiones arbitrarias. Por esta razón también, las acciones de gobierno están jurídicamente constituidas y quienes gobiernan no pueden ejercer más acciones que las conferidas, mientras que los ciudadanos pueden hacer lo que el derecho no prohíbe. De ahí la exclusividad: quien gobierna no tiene más poder que el que le viene atribuido por el derecho y sus normas. Los poderes implícitos y las prerrogativas tácitas son, en línea de principio, contrarios al Estado de Derecho.

La conjunción de estos elementos es devastadora para quienes afirman que la Constitución española habilita tácitamente al poder legislativo a amnistiar a quien considere oportuno, y mucho más si la amnistía afecta a quienes en ejercicio de funciones de gobierno han incumplido las leyes o a quienes al poder convenga. La Constitución solo permite que, por razones justificadas y debidamente motivadas, se pueda aliviar la responsabilidad de quien ha cometido un ilícito, condonando total o parcialmente su condena. Esta facultad está expresamente contemplada en la Constitución y, aunque contraria a la integridad del Estado de Derecho, no es devastadora para los principios que este ideal expresa: al fin y al cabo, el infractor ha sido juzgado, la ilicitud declarada y la responsabilidad decretada, por mucho que esta luego resulte total o parcialmente aliviada. Eso es una cosa y otra, radicalmente distinta, es que el poder se proclame tácitamente habilitado para bloquear la posibilidad de que el incumplimiento de las leyes sea oficialmente declarado, que es tanto como considerarse competente para eximir del cumplimiento de las leyes. Esto equivale a una vulneración flagrante del principio de exclusividad, pues quien gobierna asume poderes que el derecho no le ha atribuido formalmente.

Esta habilitación no es compatible con el Estado de Derecho y solo podría admitirse si la Constitución expresamente la contemplase. Aun así, incluso en el caso de que la habilitación fuera explícita, no estaría justificado que el poder se eximiera a sí mismo o eximiera a quien a él convenga del cumplimiento de la ley. Esto carece de toda justificación y es contrario al principio de reflexividad, por pretender el gobernante eximirse a sí mismo o a aquellos de quienes depende su continuidad en el cargo del cumplimiento de las normas cuyo acatamiento exige a otros.

Hay otra manifestación del ideal del Estado de Derecho que permite cuestionar la legitimidad de la Proposición de Ley de Amnistía: el Estado de Derecho exige que todos los que están sometidos al derecho estén igualmente protegidos por él. No son admisibles, por tanto, decisiones ni tratos diferenciados que coloquen a unos individuos fuera del ámbito de protección que el derecho ofrece. Sin embargo, la amnistía, tal y como está planteada, implica declarar que quienes vieron cómo las autoridades catalanas intentaron privarlos de algunos de sus más esenciales derechos no merecen la protección del derecho. Unos quedarán exentos de cumplir la ley y, correlativamente, los otros quedarán privados de su protección.

junto a estas lesiones tangibles al Estado de Derecho, hay otra no menos grave: la grosera exhibición del desprecio al Estado de Derecho es letal para este ideal, como lo es también la generalización de la impresión de que el Estado de Derecho no es un instrumento útil para limitar el poder, sino una herramienta en sus manos hábil para permitir su arbitrariedad y satisfacer su conveniencia. Es evidente que quienes componen el Gobierno de España no se consideran a sí mismos ni remotamente comprometidos con el Estado de Derecho y es manifiesto que conciben el derecho como una herramienta para la satisfacción de sus intereses particulares, es decir, como un instrumento útil que permite proyectar la ley con todo su rigor contra la oposición o los ciudadanos desafectos y utilizarla como moneda de cambio para comprar lealtades y torcer voluntades que permitan la continuidad en el poder de quien hoy lo detenta.

En definitiva, en ausencia de una habilitación expresa, en un Estado de Derecho no es constitucional amnistiar a nadie y, si esa habilitación se diera por válida, no debería interpretarse en ningún caso en un sentido que permitiese a quien detenta el poder ni amnistiarse a sí mismo ni a quien a sus intereses particulares convenga. No hay nada más contrario al Estado de Derecho que un gobernante que se cree habilitado a eximir a quienes gobiernan del cumplimiento de las leyes. Bueno, quizás sí: que, en lugar de hacerse por ley, se hiciera mediante alguna simple proclama -amnístiese, amnístiese-. Aunque el recurso a la ley, en nuestro caso, parece la excusa necesaria para poder traicionar el Estado de Derecho sin que se note demasiado. Desde luego, nada de esto debería pasar.

Antonio Manuel Peña Freire es catedrático de Filosofía del Derecho en la Universidad de Granada

Jesús Fernández-Villaverde (entrevista)

ALEJANDRA OLCESE. EL MUNDO, 19-10-23

Jesús Fernández-Villaverde (Madrid, 1972) es catedrático de Economía en la Universidad de Pensilvania (EEUU) y miembro de la Oficina Nacional de Investigación Económica de ese país (NBER, por sus siglas en inglés) y del Centro de Investigación de Política Económica (CEPR). Ha dado clases como visitante en las universidades de Harvard, Princeton, Yale, Oxford y Cambridge, entre otras, y fue en 2009 cofundador del blog ‘Nada es gratis’, donde comparte su investigación.

Con motivo de su visita a Madrid para impartir una charla en la fundación Rafael del Pino, concede una entrevista a EL MUNDO en la que se muestra muy crítico con España, un país en el que «todo funciona mal» y que todavía hoy «apesta a tabaco», lamenta, y del que se alegra cada noche de haberse marchado hace ya 27 años. «Si me hubiese quedado estaría ganando un sueldo asqueroso porque los catedráticos en España ganan una mierda», dice sin tapujos. «Me tendría que haber peleado con un sistema que lo único que premia es la mediocridad, un sistema universitario que le aprueba la tesis doctoral a Pedro Sánchez… No creo que esa tesis se la hubiesen aprobado ni como tesina siquiera en Pensilvania».

‘Complejidad electoral y política de bloques en la España actual’ es el título de su conferencia, ¿Por qué es relevante para un economista?

En España, desde el comienzo de la democracia hemos tenido 16 elecciones generales. En las once primeras, desde 1977 hasta 2011, siempre salen gobiernos sólidos: tienes cuatro mayorías absolutas, una cuasi mayoría absoluta -la del PSOE de 1989- y en los otros casos se quedan los partidos mayoritarios cerca de la absoluta, así que tienes un sistema político que genera mayorías para gobernar con solidez. A partir de 2015 esto deja de suceder. Hemos tenido cinco elecciones consecutivas en las que surgen gobiernos muy inestables, con mezcolanza de distintos partidos, y eso tiene consecuencias muy serias sobre la política económica. Es consecuencia de una serie de tendencias de largo plazo en la sociedad española que me hacen aventurar que lo más probable es que a medio plazo sigamos estando en situación de bloqueo político.

¿Cómo afecta al crecimiento?

Afecta de manera directa e indirecta. Directa porque creas un ambiente de incertidumbre que hace que muchos agentes económicos sean más reacios a invertir y tomar decisiones en el largo plazo; y de manera indirecta porque tienes gobiernos que no quieren hacer ningún cambio profundo de la economía española. Si por ejemplo organizas una coalición de 177 diputados con 8 partidos distintos, no vas a tener nunca la mayoría para aprobar reformas estructurales. Una manera fácil de verlo es con el déficit estructural: el déficit de las Administraciones Públicas tiene un componente de largo plazo y otro que es el ciclo económico (cuando la economía va bien, recaudas más impuestos y gastas menos). Lo interesante del déficit estructural es que permite ver cómo están las cuentas públicas en un momento neutro del ciclo. Nosotros habíamos reducido mucho nuestro déficit estructural después de la crisis del euro y en el 2015 estábamos en un torno al 1,5% sobre el PIB. Ahora está en el 4%, hemos añadido 2,5 puntos de déficit estructural. España tiene una deuda pública del 107% sobre PIB y no sólo hacemos poco por reducirla sino que además tenemos un déficit de un 4%, lo que coloca a las cuentas públicas en una situación muy difícil a medio plazo. El problema es: qué partido va a querer reducir ese déficit estructural si lo que necesitan es encontrar 176 votos en el Congreso amarrándolos de la derecha y la izquierda, de arriba abajo y de un color y otro.

¿Un Gobierno estable sí querría?

Sería más sencillo. Pensemos en las grandes reformas que realiza el primer gobierno de Felipe González. Gana en 1982 con 202 diputados, enorme mayoría parlamentaria que le permite afrontar la reconversión industrial, la entrada en la Unión Europea… los fundamentos del crecimiento económico de España durante varias décadas. Cuando tienes 136 diputados o 121 no tienes una mayoría para hacer esas reformas. Imaginemos que Pedro Sánchez es investido presidente, ¿Cómo va a ser capaz de convencer a esa coalición tan dispar de la necesidad de reducir el déficit público? No podrá porque algunos dirán que sí y otros que no. Se hará lo que se lleva haciendo desde 2015: tirar la pelota hacia adelante y parches aquí y allá, pero no se va a reformar nada estructural y eso va a provocar un estancamiento económico cada vez más grande.

¿La reforma laboral o la de pensiones no considera que sean estructurales?

No, la reforma laboral no valía para mucho; no era particularmente negativa, porque se dieron cuenta de que no podían derogar la reforma laboral del PP, así que montaron una reformita que pareciera una reforma laboral. En algunas cosas se mejora y en otras se empeora, así que creo que su efecto neto es cero. La reforma de las pensiones no tiene mucho recorrido así que no se ha solucionado. En los problemas gordos de verdad, como la falta de productividad de la economía, el sistema educativo deficiente y el déficit estructural, no se ha avanzado nada desde 2015.

¿Qué reformas haría usted?

La primera la educativa, que es la gran asignatura pendiente de la economía española. El sistema educativo es ahora mucho peor que el que teníamos hace 20 años y vamos a peor. Seguimos sin tener universidades de excelencia a nivel internacional, seguimos sin preparar a los estudiantes para los retos de la economía del siglo XXI, y seguimos teniendo deficiencias en ciencia y tecnología. Además, el problema de las reformas educativas es que llevan mucho tiempo, ya que si ahora empiezo a formar un estudiante de una manera más sensata desde primero de Primaria, hasta que se gradúe van a pasar 20 años, así que cualquier efecto requerirá mucho tiempo.

¿Y en otros ámbitos?

Todo lo relacionado con la productividad, que lleva sin crecer en España desde mediados de los 90 y es algo que se nota mucho en el día a día de manera brutal. En EEUU y otros países europeos las cosas funcionan sin ningún problema y en España no funcionan. El problema que tienen los españoles es que, como no viven en otros países, están acostumbrados a que las cosas no funcionen y no les llama la atención.

Tiene una visión muy negativa, ahora el país resiste mejor que otros…

Eso es una chuminada: estamos creciendo más porque caímos mucho más. Este argumento de que las cosas van bien porque estamos creciendo más de la UE me parece endeble. La renta per cápita de España está a la misma distancia de la de la zona euro que en 1975, el país no ha sido capaz de reducir esa diferencia en 48 años. Si alguno quiere consolarse con que en 2023 lo hemos hecho mejor que la zona euro…

¿Pueden los fondos europeos acortar esa brecha?

Creo que los fondos europeos no van a valer para nada. El motivo es que si montar una fábrica de semiconductores en Calabria es una buena idea, vas a poder levantar ese dinero en los mercados de capitales. Si necesitas que la UE te dé 3.000 millones de euros es porque no es una buena idea. Para poder tener una buena industria de semiconductores necesitas gente formada, un marco de negocios adecuado… y como eso no se quiere hacer se dan subvenciones. Les sirve para que luego vaya el político a hacerse una foto cortando la cita.

Dado que la inflación es una de las principales amenazas de la economía, ¿cree que la estamos combatiendo correctamente?

La política monetaria sí, según un paper que voy a publicar se puede bajar una inflación de oferta subiendo los tipos de interés, el problema está en que la fiscal está remando en dirección contraria y eso genera tensiones muy graves. Las desinflaciones que generan menos costes en términos de PIB, empleo y tejido productivo son aquellas en las que la política fiscal y la monetaria van en la misma dirección. En este momento no hay demasiado interés ni en EEUU ni en la UE en que se alineen, así que tienes una pelea entre ambas, con lo que vamos a acabar teniendo una inflación mucho más persistente con costes mucho más elevados.

Para aplicar una política fiscal restrictiva en España habría que subir impuestos o bajar el gasto o combinar ambas, ¿hay margen?

Un déficit estructural del 4% puede solucionarse de tres maneras: subiendo los impuestos, reduciendo el gasto o haciendo que la economía crezca mucho. La tercera sería la menos dolorosa pero no hay una varita mágica para conseguirlo, así que puedes recaudar más o gastar menos, algo que depende de las preferencias políticas de cada uno. ¿Hay margen para recortar el gasto? Depende de lo que queramos, pero yo siempre he pensado que es mentira que haya mucho despilfarro en las Administraciones Públicas, es el chocolate del loro. El presidente de la Diputación de Soria igual tiene un asesor más de lo que debería, pero eso es peccata minuta, el grueso del gasto en España se va en pensiones, intereses de la deuda y sanidad.

¿Se puede recaudar más bajando impuestos?

La curva de Laffer dice que cuando suben los impuestos por encima de un nivel llegas a un pico de recaudación y luego bajas. El problema es en qué punto de esa curva se encuentra España en este momento. Yo no creo que exista ningún argumento empírico sensato que diga que estamos en el lado derecho de la curva, que diga que bajando los impuestos podamos recaudar más. En España si bajas los impuestos, recaudas menos; lo que no pueden es vender la moto de que van a bajar los impuestos sin tener que recortar el gasto porque no es verdad.

¿Alguno de sus estudios recientes analiza el impacto de la demografía en la economía?

El mundo está atravesando una transformación demográfica con efectos muy importantes. Hay miles de libros sobre por qué no crece la economía de Japón… todos son una tontería, si miramos el PIB en términos de personas de 18 a 65 años, Japón ha crecido lo mismo que Estados Unidos, lo que pasa es que hay un 15% menos de japoneses. Ese es el futuro que van a encontrar muchas sociedades: menos población en edad de trabajar y ralentización de la economía, aunque también tiene efectos positivos como menor presión sobre los recursos naturales. Si el PIB crece al 1% de manera sistemática y no al 2% porque tienes menos población, va a ser más difícil sostener el nivel de deuda pública sobre PIB.

¿Va a haber una competición entre países por captar inmigrantes?

Cada país tiene que elegir el nivel de inmigración adecuado a sus necesidades, el problema está en que la población mundial va a llegar a un pico en torno a 2057-2058 y luego va a empezar a caer, con lo que si piensas que tu futuro es tráete inmigrantes pues a lo mejor no los hay. Además, hay que tener en cuenta el número de inmigrantes que se necesitan. En España estamos hablando de traer a 25 millones de personas, de que los españoles nativos tendríamos que ser minoría para que las cuentas públicas y el sistema de pensiones sean sostenible, un 60% de la población a mediados de siglo tendría que ser extranjera, así que España ya no sería España, sería otra cosa.

¿Gran coalición?

Luis Fraga. EL MUNDO, 22-08-23

Hay dos maneras de entender lo que ha de ser un gobierno de gran coalición entre dos partidos mayoritarios prácticamente empatados en unas elecciones.

El modo más usual (propio de los politicastros de medio pelo ahora de moda) es entender la gran coalición como un apaño para compartir el poder entre todos y repartirse entre la clase política las carteras ministeriales. Pero, si se tiene altura de miras (lo adecuado entre políticos de categoría), una gran coalición que configure una amplia mayoría ha de servir, ante todo, para lograr grandes acuerdos nacionales y emprender con determinación las reformas institucionales y constitucionales necesarias para un país.

Así de sencillo. Y así de difícil. Pero no imposible. El más notorio ejemplo de ello lo tenemos en Alemania. La primera Grosse Koalition después de la Guerra Mundial (CDU/SPD 1966-1969) supo acometer las reformas presupuestarias y de la estructura financiera y económica del país que eran necesarias para afrontar la deuda y las dificultades económicas tras la guerra. Y les salió bien. Pero la GroKo más interesante es la que con Merkel a la cabeza forjaron los dos grandes partidos CDU y SPD desde 2005 hasta 2009, y ello porque construyeron un importantísimo acuerdo para modificar los artículos de la Constitución que había que cambiar, y de este modo racionalizar y mejorar la estructura territorial del Estado Federal. Alemania salió reforzada.

¿Es posible hacer esto en España? Sí, sin duda, pero sólo si se tienen claras las reformas que son necesarias. ¿Hay, entonces, que modificar la Constitución? Probablemente sí se requieran varias reformas parciales (sobre todo en el tema territorial), pero el amplísimo acuerdo para ello necesario es, hoy por hoy, del todo inalcanzable.

En cambio, para reforzar el armazón institucional del Estado sí es posible acometer una profunda reforma institucional sin necesidad de tocar la Constitución. Suele decirse -y es parcialmente cierto- que la reforma más necesaria es la de la Ley Electoral. Pero las cuatro instituciones que, entre otras, a gritos piden una reforma son estas: Parlamento, Justicia, Administración del Estado y sistema educativo.

Parlamento, porque lo que en España tenemos no es un parlamento de verdad como el alemán, el estadounidense o el británico, sino un lugar en el que por encima de diputados o senadores mandan los grupos parlamentarios, que actúan de correas de transmisión de las cúpulas de cada partido para escenificar debates con más ruido que nueces, en unas cámaras con facultades reales e iniciativa legislativa bastante limitadas. Justicia: innecesario explicar por qué. No hay más que echar una mirada al Consejo general del Poder Judicial o al Tribunal Constitucional, cada vez más politizados en una situación que vulnera la separación de poderes que ha de caracterizar a un sistema democráticamente sano. Y la lentitud y otras ineptitudes de la Justicia en España no se deben a indolencia alguna de jueces y fiscales y letrados, sino a la falta de medios y presupuesto, por un lado, y por otro a las carencias de un marco legislativo escasamente cuidado desde un parlamento defectuoso. De la Administración del Estado y el sistema educativo para qué hablar. Para nadie es un misterio que funcionan mal. Y no hay un buen Parlamento que las pueda reparar.

Una gran coalición al estilo alemán podría solucionar estos y otros problemas mediante un amplio acuerdo nacional hecho con seriedad, patriotismo y sentido de la responsabilidad. Pero esto sólo lo veríamos si existiese, como existió en Alemania, voluntad y sobre todo talento político para hacerlo. ¿Somos, entonces, más tontos los españoles que los alemanes? No. En absoluto. Y sabemos improvisar mucho mejor que ellos. ¿Qué falla, entonces?

En 2008 ya hubo una propuesta seria y meditada de forjar en España un gobierno de gran coalición para las elecciones de 2011. La planteamos en el Congreso de Valencia del PP de ese año seis compromisarios, que veíamos venir el lío en Cataluña y la catástrofe institucional a la que España se encaminaba. Como enmiendas a la ponencia política del PP, proponíamos un gran acuerdo nacional para emprender la reformas constitucionales e institucionales que ahora, en 2023, siguen siendo igual de necesarias o incluso más que hace 15 años.

Sorprenderán al lector o lectora los nombres de los seis compromisarios que firmamos aquellas enmiendas: Un alcalde (el de Calviá), un concejal (por Durango), un diputado, el histórico Eugenio Nasarre, un senador, un eurodiputado (Vidal-Quadras) y un diputado autonómico del PP entonces casi desconocido, Santiago Abascal, que también firmó, sí, esas enmiendas que proponían un pacto de Estado con el PSOE y hasta un gobierno de coalición para llevar a cabo las grandes reformas necesarias.

A nadie sorprenderá, en cambio, cuál fue el resultado de la propuesta: el nefasto Rajoy -artífice, por sus posteriores incumplimientos electorales, de la división de la derecha en España- nos purgó a todos de las listas electorales. Y, al primero de todos, al senador que redactó las enmiendas, que también escribe estas líneas. La idea de una gran coalición le sonaba muy extranjera. Nada quería oír hablar de ella. Ni él, ni casi ninguno de los dirigentes políticos que en España pululan. La política, sin embargo, no es como el fútbol; no se trata de ganar, perder o empatar, sino de construir país y, mediante las oportunas reformas, mejorar las instituciones para fortalecer al conjunto de la nación.

Con ello ya empieza a vislumbrarse por qué una Grosse Koalition es posible en Alemania, pero no en España. «¿Gran coalición? ¡Para eso tenemos que ser alemanes!«, suele ser la típica respuesta. Pero ello es una simpleza, pues los españoles -un pueblo bueno, generoso, trabajador y de primera categoría- ni somos ni más incapaces que ellos ni menos organizados.

Llegamos, entonces, al núcleo de la cuestión. Porque el problema es otro. A saber, la escasa calidad de los dirigentes políticos en España desde comienzos del siglo XIX. Hasta la llegada de los Borbones la élite política fue mucho más competente, y por eso España fue grande. Pero desde la invasión napoleónica y la traición del infame Carlos IV y su hijo Fernando VII (y salvo en breves paréntesis del siglo XX, y alguna figura excepcional en el XIX), se instaló en los mandamases políticos de España un encanallado aborrecimiento de la excelencia y el talento. Aborrecimiento en el que como hongos crecen los políticos mediocres a los que sólo mueve el interés propio, y que no entienden el poder como un factor que proteja al interés general, sino al statu quo de unos cuantos. Y en nuestros días esto se sustancia en una partitocracia cortoplacista y de achatadas miras que limita el papel del Parlamento y ahoga lo que tendría que ser una verdadera Democracia y un verdadero Estado de derecho en España.

Nada sorprende, por lo tanto, que oigamos a tan pocos políticos de partido entre las actuales voces que con timidez se atreven a hablar de una Grosse Koalition en España para evitar que un prófugo de la Justicia se convierta en el árbitro. Y casi es mejor que sea así porque, como se decía al principio de este texto, será casi inevitable que la idea que esta gente tenga de una gran coalición sea del todo equivocada. Una gran coalición no está para repartirse carteras ministeriales, sino para emprender las grandes reformas estructurales e institucionales que hoy más que nunca España necesita. Ojalá lo entiendan.

Luis Fraga fue durante 21 años (1989-2011) senador del PP, partido al que sigue afiliado