Calamitusses

Elijo este título para una nueva categoría o sección en este blog. Me gusta más que el de Calamilapsus no sólo porque esta expresión es ya mostrenca, sino porque algo, a mi ver, tiene de inadecuada; ya que con ella nos referimos sólo a los deslices erróneos de la pluma, sin tener en cuenta que la pluma entintada (hasta la invención de las máquinas de escribir…) lo que hace siempre es deslizarse sobre el papel, tanto cuando el que la usa construye expresiones felices o geniales, como cuando construye errores más o menos chocantes o llamativos.

Quede claro que los más llamativos son los que a un servidor (de Certe patet) le van a interesar para esta sección: los más estridentes, ésos que suenan como las toses en el solo de violín en un concierto. Sólo, como diferencia, que estas toses no las produce un oyente del concierto, sino que se trata de la tos mental del violinista, que es transmitida al instrumento, que, a su vez, la “altavocea” a los oyentes.

Por supuesto, no hay, por mi parte, ninguna intención de ridiculizar a los usuarios de la pluma que aquí aparezcan… ¡Quién no comete errores! Incluso el más sabio: Aliquando bonus dormitat Homerus. Pero también es verdad que, para el que escribe –como para el que quiere hacer bien cualquiera otra actividad–, todas las revisiones son pocas; y dejarse llevar de la pereza en lugar de consultar una duda es algo a lo que todos estamos expuestos; y algo que todos, con la propia diligencia, debemos combatir.

“Este maestrillo –pensará el certepático lector—lleva un par de semanas sin corregir los escritos de sus alumnos; y ya le ha entrado el mono.” Tienes toda la razón, lector de Certe patet. Y un hábito no hace al monje, pero sí un conjunto de hábitos. De modo que tú también, si miras qué conjunto de hábitos cultivas, podrás saber con bastante precisión qué clase de monje eres.

Y entro ya en harina.

Podría decirse que está de oyente –strictu senso—en el Consejo de Ministros. Dice Francisco Rosell, hablando de don Manuel Chaves, en su artículo de El Mundo (05/07/09). Y si Rosell tiene razón en el contenido de esta frase (¡que la tiene!), llama la atención, e incluso resulta divertido, su error en el latinajo. El articulista recuerda que, en este sintagma latino, una palabra acaba en –u y la otra en –o, pero hace intercambio de estos finales vocálicos; y, tal como le queda, la secuencia recuerda a un niño pequeño que se pone los zapatos al revés: el derecho en el pie izquierdo, y el izquierdo en el pie derecho.

Antonio Heredero, de El País, bajito, cualquiera reconoce su voz inconfundible, habla a gritos, pone de chupa me dómine a todo el mundo […].

Juan Antonio Pérez Mateos, ABC. Serrano 61.Historia íntima del diario. Cien años de “un vicio nacional”. Ed. Libro-Hobby. Madrid, 2002.

La chupa de dómine a mí siempre me hace recordar la sotana del dómine Cabra, de Quevedo. Ambas, las sotana y la chupa, cubiertas por una pátina de mugre amasada en lustros sin lustre, y sin jabón. En la variante que aquí ha introducido el señor Juan Antonio hay un matiz soez del que, evidentemente, el original está exento.

La prensa alcanza la difusión que no logra conseguir el libro […].

Artículos periodísticos (1900-1998).

Con cuadros cronológicos, introducción, bibliografía, texto íntegro, notas y llamadas de atención, documentos y orientaciones para el estudio a cargo de Francisco Gutiérrez Carbajo. Ed. Castalia. Madrid, 1999.

Este antólogo de artículos habrá pensado que, como su libro está destinado a alumnos españoles de Bachillerato (o de “Secundaria Postobligatoria”), que son cortos de entendederas, lo mejor, para que vean que el burro está aparejado, es encasquetarle un par de aparejos. Y es por eso por lo que no escribe: “La prensa alcanza la difusión que no consigue el libro”.

Como Arcadi Espada: “Sigan con salud”.

Sabiduría

Yavé, el Dios del Antiguo Testamento, dio a Salomón, al rey Salomón, la oportunidad de pedirle un regalo. Y Salomón le pidió… sabiduría, para gobernar con justicia a su pueblo. Y aquella petición agradó a Yavé.

A mí se me ocurre que la sabiduría es el fruto de la inteligencia humana. Un fruto que, como todos los frutos buenos, requiere un cultivo, una dedicación, un esfuerzo, unos cuidados.

Ahora mismo yo diría –no sé lo que diría yo mañana—que la inteligencia, para lograr el fruto de la sabiduría, tiene que contar con el trabajo de dos peones insustituibles: afán de verdad y humildad.

El primer peón impide que se dé por buena la verdad que es aceptada, e incluso pregonada, por muchos. La inteligencia tiene que mandar a su afán de verdad a indagar y comprobar esa presunta verdad. En caso contrario se cae en el riesgo inminente de comulgar con prejuicios, sean estos del tamaño de una rueda de molino o de una coquina.

El otro peón, decíamos, es la humildad. Y bien, comenzaremos recordando que, etimológicamente, humildad (cualidad esencial del humano) significa apego a la tierra. La inteligencia no convierte a los hombres en águilas, no les cambia su naturaleza. Ergo “llaneza, muchacho, no te encumbres”, que si te caes, te vas a dar un tortazo muy grande. Ande la inteligencia (y si circunstancialmente se para, no se duerma) con los pies sobre la tierra, y con su afán de verdad, como el ciego con su bastón, se cerciore de lo que tiene delante y a los lados. Lo que tiene detrás, lógicamente, ya está verificado.

La inteligencia, trabajando con humildad y afán de verdad, irá obteniendo el fruto de la sabiduría, que es un fruto difícil. Por eso, y tal vez también porque no lo hemos pedido a los dioses con la suficiente constancia, después de tantas generaciones de hombres sobre la tierra, las cosechas de sabiduría siguen siendo tan escasas.

Si entiendes lo que dice, no será tu enemigo

Cosas de la naturaleza humana: siempre estamos atentos a la posibilidad de encontrar un espejo en el que proyectar nuestra miseria; para verla fuera de nosotros, está claro (Freud lo estudió y lo explicó…). Y cuál mejor espejo que ése de un ser de nuestra misma especie al que oímos hablar en un idioma absolutamente impenetrable a la luz de nuestro coco. “¿Qué estará tramando ése, hablando de esa manera? ¡En la tuya por si acaso!”

Necesitamos machacar nuestras miserias, pero en el cuerpo de otro.

Si entendemos que Jordi está hablando en catalán con su mujer, y le está diciendo que la echa de menos, y que la quiere mucho, y que por qué no ha llevado a las niñas a ver a los abuelos en las últimas dos semanas, entonces Jordi no nos sirve: Jordi es como nosotros.

Y lo mismo que no nos sirve un individuo, no nos sirve un país, una vez que hemos leído siquiera una endeble traducción de la obra literaria de alguno de sus hombres.

¿Quién puede considerar un pueblo de monstruos delendos a los Estados Unidos de Norteamérica después de leer Las uvas de la ira, o a China después de leer Balzac y la joven costurera, o a Japón después de leer Tokio blues, o a Francia después de leer a Madame Bovary, o a Argentina después de leer a Don Segundo Sombra, o al antiguo Imperio Romano si leemos La Eneida?

A este planeta le están sobrando idiomas por todas partes.

En tanto que este mundo evoluciona hacia el idioma universal, y hacia la fraternidad universal, bienvenidas las traducciones. ¿Quién puede recelar de los egipcios después de leer la traducción de un relato de Naguib Mahfuz?