Mis pacientísimos lectores, repartidos por los puntos cardinales de la brújula (este, o este… dos lectores), habrán estado lamentando, a lo largo de lo que ya son más que muchos días, primero la ausencia de nuevas entradas en Certe patet; y a continuación la ausencia total de Certe patet, convertido temporalmente en Certe latet. Sólo temporalmente. De la primera ausencia es causa mi partida a mi pueblo de Gójar, donde me desentiendo de estos temas, paseo por los campos, hablo con los amigos de toda la vida, visito a las abuelas, bebo buen vino, leo buenos libros, etc. De la segunda es causa el domicilio del propio Certe patet. Me explico.
Sepan mis amabilísimos lectores que a un servidor este blog se lo regaló, en la última Navidad, el hermano de su legítima, o sea, su cuñado, es decir, mi cuñado. Él quería regalarme, en principio, un boli bicolor, y mi legítima, es decir, la su hermana, le dijo que ya tenía un Bic, que mejor me regalara un bloc de notas (ella pensaba sobre todo en las notas que tomo cuando me manda a comprar, ya que al bar casi nunca me manda). Pero mi cuñado, que es muy de la Informática, de la Internavegación y de los Ordenadores, entendió que debía regalarme un blog. Así nació Certe patet, y un servidor quedó contentísimo con tan modernísimo regalo; una vez vencidos, claro está, el recelo y la desconfianza que el artilugio me suscitaba; y aprendidas, sencillísimas, las instrucciones para el uso del mismo.
Para su funcionamiento, el blog necesita dos servidores: un servidor que soy yo (que escribo en él las incesantes gilipolleces que se me ocurren para vergüenza y escarnio del género humano), y otro servidor que es el Megaordenador que da acogida, hospedaje o posada al registrado Certe patet. Según queda dicho, el fluir de las memeces de un servidor, que soy yo, es incesante; pero el Megaordenador Alojador, a lo que parece, no es un cinco estrellas; más parece fonda barriobajera en la que pululan las sabandijas: de hecho cada cierto tiempo lo tienen que parar para desparasitarlo.
O sea, que este blog y yo no somos un río derecho, contradecimos el verso del poeta Celaya; somos más un Guadiana, que emerge y se sumerge cuando le da la gana. Queremos, eso sí, ser un río que avanza de espaldas, que lo acaricia todo con sus ojos de agua, como el río del poeta Ángel González.
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