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Transporte urbano

Esta calurosa mañana [escribo este apunte el día 9 del corriente] he tenido que bajar al centro, de la ciudad de Granada, para realizar una necesaria e insignificante gestión en un organismo de la Administración Pública. Si los ciudadanos realizáramos por Internet todas las gestiones que el buen uso de Internet nos permite, ¿cuántos cientos de miles de funcionarios, refiriéndonos sólo a España, podrían quedar en paro?

Como mi esposa iba a necesitar el coche, he bajado en autobús; para recordar, de paso, los viejos tiempos, de hace cuarenta años, en que este Antonio era estudiante sin moto. El autobús ha mejorado mucho: vehículo nuevo de motor potente y silencioso, regia suspensión, aire acondicionado… Pero no ha mejorado el viaje en autobús; porque la profusión de badenes (la cara opuesta de los baches de antes) someten a los pasajeros, especialmente a los que van de pie, como yo iba, y además en la plataforma trasera, a un continuo zangoloteo, similar al de una atracción de feria, producido por la rítmica sucesión de frenazos, saltos y acelerones (tirones del brazo estibador –sólo el derecho porque en la mano izquierda llevaba una carpeta- cogotazos contra la moldura del aire acondicionado, caídas en el vacío) que demuestran palmariamente que los estómagos e intestinos de mis paisanos gozan de sólidas estructuras. De mis paisanos y de mis paisanas, porque la mayoría de los viajeros eran viajeras. Un grupo de ellas, en los asientos enfrentados de la parte trasera, conversaba en voz bien alta, como de quienes, por su indudable honradez, de todo lo que dicen no tienen nada que ocultar al resto del pasaje. Debían de ser habituales conductoras de automóvil que habían coincidido, entre ellas y conmigo, en tener que prescindir del coche esta mañana, porque el tema de su conversación eran las dificultades que todas ellas padecían para meter su coche en su propio garaje, o para dejarlo aparcado en la propia puerta de la casa: siempre por la desconsideración de los vecinos, en ningún caso por la rapacería de constructores y munícipes. El contenido del coloquio, como digo: las dificultades del aparcamiento en el entorno hogareño; pero las formas estaban trufadas de expresiones de gañán de cuando los había. Quiere decir que ahora las señoras conducen y se conducen y conversan como sus maridos. Y viva la igualdad.

He llegado a mi punto de destino y he efectuado la entrega de documentos, de los que me han devuelto, con sello de registro de entrada, la pertinente copia. Ahora, a esperar sentados la respuesta de la Sra. Administración. Sentados o como sea… Por lo pronto el euro para el autobús de vuelta lo he echado en la caja colectora de un chavalillo que en la acera tocaba un acordeón, nada mal, por cierto; y he regresado andando.