Cálidos galardones, las delicadas prendas
que cubren las palomas dormidas de sus pechos
(ahora escudos de bronce frente al sol)
han entregado a fuertes paladines
abnegadas doncellas,
para que por su amor se midan en combate
con las huestes de Éolo,
en el ancho palenque del Océano.
Los ardientes suspiros del fiel enamorado
las delicadas prendas inflaman, agigantan,
transforman en flamígeros dragones
cuya cola sutil transporta al caballero,
que veloz se desliza en plena mar.
Mi grupo y yo miramos la contienda
desde la multitud dispersa por la playa.
Luego vamos, valientes, a jugar con las olas,
que levantan sus lomos, simulan engullirnos
con sus enormes fauces
y nos hacen rodar por sus espumas;
son una fuerza blanda y juguetona,
cachorros de mastín.
Ya cansados, volvemos a la arena
y esculpimos en ella
la figura yacente del náufrago Odiseo
en la playa feacia (no ha salido muy bien).
Otra vez nos metemos en el agua,
hasta que al fin, rendidos,
buscamos las toallas,
nuestras pequeñas alas de dragón.
Nos vamos hasta el coche; y, ya en la carretera,
en la carrocería de una gran furgoneta
que nos va precediendo,
con llamativos rótulos,
se anuncia la alta escuela en que los paladines
aprenden a enfrentarse con el viento:
“Kite Tarifa School”.
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