Como chiste, no puede ser más malo. Nos lo contaba, allá en los lejanos tiempos del seminario, el padre espiritual, del que todo el mundo en el claustro sabía que, como valiente y leal legionario, había hecho la guerra en el bando de Franco, y se había metido a cura al acabar la contienda, seguramente para enterrar la atroz experiencia, de tanta sangre humana derramada, bajo un grueso manto de retiro, austeridad y oración. Este era el chiste:
El sargento mandó al más espabilado del pelotón a que enseñara al compañero situado en el extremo opuesto en la escala de la inteligencia, que por cierto se llamaba Abundio, a decir cartucho; porque el pobre, un destripaterrones que en su vida había pisado sobre losetas y lo que había visto más parecido a una escuela había sido un hato de cabras, siempre decía carchuto. Pasó algún tiempo, antes de que el soldado espabilado se presentara delante del suboficial y se cuadrara con marcial disciplina para comunicarle: -A sus órdenes, mi sargento. Abundio ya sabe decir carchuto.
Estos días, en el reencuentro con los compañeros y con los alumnos de la ESO, me he acordado de aquel padre espiritual del seminario. ¿Qué habrá sido de él? ¿Será un viejecito perdido en la selva de la desmemoria, arrinconado en una residencia para curas ancianos y asistido por la bondadosa paciencia de unas monjas? ¿Habrá encontrado la dicha, una vez acabada la milicia de la vida, en un paraíso para clérigos ascetas?
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