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En el nombre de Alma

Las ideas más claras se me ocurren casi siempre en los desvelos de la madrugada –en primavera, como ahora, mientras oigo desde la cama el melipío del mirlo que, desvelado como yo, canta encaramado en el punto más alto del tejado-, o mientras me lavo los dientes tras el almuerzo. Cuando me los lavo después del desayuno o de la cena nunca se me ocurre nada. No sé por qué.

¿En qué se diferencian mis ideas más claras de las más estúpidas o anodinas? En casi nada en la práctica. No obstante, yo siento que algunas ideas de las que se me ocurren tienen como rayos de luz del alba, y otras en cambio sólo tienen la sombra de quien camina por el lecho de un hondo barranco al que el oblicuo sol nunca llega.

Hoy, mientras me lavaba los dientes después del almuerzo, he recordado el comienzo de un himno mariano, un canto a la Virgen María que cantábamos, mis compañeros y yo, en el seminario.

¿Qué tiene de raro este recuerdo? Ahora lo digo. Yo he recordado este canto, con letra en latín, muchas veces en los últimos decenios de mi vida; pero nunca conseguía acordarme del principio, siempre comenzaba mi recuerdo en un verso intermedio. Y ha sido el comienzo lo que he recordado hoy mientras me lavaba los dientes. Y con el comienzo, claro está, todo lo que sigue.

¿Y qué otra curiosidad hay en la presente anécdota mental? Vamos a verla. Resulta que el himno a María del que hablo es el Alma Redemptoris Mater. Y mi hija segunda, veintidós años ahora, se llama Alma. El nombre se lo pusimos porque yo lo propuse a su madre (los nueve meses de embarazo son tiempo suficiente para las lógicas conversaciones sobre los posibles nombres del nasciturus – siempre nascitura en nuestro caso) y a ella le agradó. Y se lo propuse porque acababa de leer el comienzo del De rerum natura de Lucrecio: la invocación a Venus:

Aeneadum genetrix, hominum diuomque uoluptas,

Alma Venus…

En mi íntima consciencia, no pocas veces exteriorizada, siempre han sido estos versos la motivación directa para el nombre nuestra hija. Y, en los veintidós años que ella tiene de edad, el comienzo del himno mariano ha permanecido, hasta hoy, borrado de mi mente consciente; y por tanto jamás reconocido, hasta hoy,  como un posible origen, o siquiera influencia, para el nombre de nuestra niña:

Alma Redemptoris Mater, quae pervia caeli

porta manes, Stela Maris, succurre cadenti…

 Ahora sí. Después de cepillarme esta tarde los dientes, ahora sí, me pregunto cuánto pudo influir este canto mariano, desde mi subconsciente, para que a mí me pareciera hermoso el nombre de Alma para la hija que nos iba a nacer.

Lo malo, si breve…

-Pensarás que ha sido bueno tu chiste –mi esposa.

-Por lo menos, ha sido breve –yo.

Lo breve gana terreno, lo antirretórico, el texto que cabe en una uña.

Nunca me había interesado por Cioran. Ahora, con motivo del centenario de su nacimiento, he leído en la prensa algunas páginas que me ha predispuesto a acogerle en mi biblioteca en cuanto haya ocasión. Al parecer Cioran ha sido un pesimista que se reía de su pesimismo. Y al parecer sólo escribía unos aforismos a los que quizá mejor llamar afuerismos, o ciorines. En nuestro tiempo está habiendo muchos escritores de géneros breves que hacen lo que hizo Ramón Gómez de la Sorna –o de la Sarna-: inventarle un nombre a su género: las volaterías de Baltanás, por ejemplo.

Así yo, cuando leí en un corso de Pérez-Reverte que Delibes había dicho que Umbral escribía como meaba, en seguida pensé: qué buen nombre para el género umbralense: “Micciones”.

Y, sin ir más lejos, yo mismo estoy a punto de inventar un género breve que creo que va a gustar. Todavía no me he decidido por el apelativo que pondré a la criatura, pero casi ya me decido. Creo que lo bautizaré con este nombre –alto, sonoro y significativo-: Inventosidades. Y si no gustare por bueno, espero que no disguste por breve.