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Caperucita y el Lobo
Algunos cuentos tradicionales -no sé si todos- nos ofrecen una visión fundamental de la vida humana. Así este, que Perrault recogió de la calle a finales del siglo XVII y los hermanos Grimm reescribieron a principios del XIX. Yo lo esquematizaría diciendo que divide el mundo humano en tres categorías: buenos, malos y débiles. Pero el primer problema que se nos plantea es el de los parecidos y las simulaciones: malos que parecen -o se disfrazan de- buenos, etc. Con lo cual todos debemos andar muy atentos si no queremos caer en la confusión. Ayer la columna de Manuel Vicent en EL PAÍS se titulaba -y se sigue titulando hoy- «El bosque». Copio las últimas líneas para los que, sin leerla entera, quieran hacerse una idea acerca del tema y el mensaje:
Caperucita ha decidido quedarse el sábado en casa y su abuelita está muy contenta porque la cree a salvo de los malos. La abuelita no sabe el peligro que corre su nieta adolescente en su cuarto si comienza a adentrarse en el bosque de Internet con la tableta. Puede que, de repente, a altas horas de la noche se vea con terror a sí misma posando de forma obscena en la pantalla. ¿Quién le robó esa foto? Bajo su imagen aparece un mensaje de amor que le manda un desconocido. Así comienza un lobo digital a comerse a Caperucita.
Yo creo que los padres y los abuelitos de las -y los- adolescentes que no conocen todavía el peligro de que aquí habla Vicent, tampoco van a leer su columna. Pero, en fin, quizá alguien pueda llegar a advertirles sobre el asunto de una manera más clara y directa. Tampoco yo hubiera recogido aquí este tema sin una lectura reciente: la última -por ahora- novela de Isabel Allende, El juego de Ripper. En los episodios cercanos al desenlace la autora nos da una serie de pistas para que asociemos esta obra suya con el cuento de Caperucita. Como si el cuento de Perrault fuera una pieza tocada en un solo de oboe y ella lo hubiera convertido en una sinfonía. Copio unas cuantas frases:
[…] Amanda, que había retrocedido a la infancia -iba cabizbaja, chupándose el dedo, con la capucha de la parka metida hasta los ojos, a punto de echarse a llorar- […].
(Página 337)
«El Lobo, la firma del asesino», alcanzó a balbucear antes de doblarse y vomitar sobre la silla ergonómica de su padre.
(Página 347)
[…] confiaba en su instinto de cazador, como llamaba a esa parte de su cerebro que le permitía descubrir pistas invisibles, adivinar los pasos que había dado y daría su presa, saltar a conclusiones sin fundamento lógico y casi siempre acertadas.
(Página 362)
Mi intención, claro está, no es hacer un análisis de El juego de Ripper. Ahí está el libro para quien quiera leerlo. Pero sí concluiría con un mensaje a los mayores que entretienen con un cuento a los pequeños -todos los mayores en alguna ocasión-: que se apliquen el cuento.
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Nunca he comido angulas
Lo cual no me produce pena en absoluto. ¿Que por qué las menciono? Porque me he acordado de que, hace muy pocos días, cierto pianista entrevistado en la radio las ponía como ejemplo de algo que, aunque guste mucho, puede llegar a cansar.
Es verdad. Alguna variedad en los platos de pescado, de carne, de legumbres, resulta necesaria. De ahí a estar necesitando cada día platos nuevos, guisos distintos, sabores sorprendentes, hay mucha distancia.
Hay personas de gusto inquieto, tanto en la comida como en lo demás. Son personas que, al cabo de una temporada de despertarse en la misma habitación, de besar los mismos labios al levantarse, de oír las mismas voces mientras desayunan, sienten un tedio insoportable. Personas que mueren por complicaciones producidas por la obesidad porque no tienen la oportunidad de recorrer cada tarde una senda distinta, lo cual es razón suficiente para que no caminen. Cambiar de ambiente, de amigos, de comida, de empleo, de colegas… Cambiar es vivir.
En el otro extremo están los que rápidamente se adaptan, se aficionan, se encariñan. Y ven el cambio como una amenaza a su estabilidad, a su felicidad. ¿Por qué leer a otros autores, si con la medio docena que frecuento y que guardo en mi biblioteca me siento entretenido y alimentado? ¿Por qué buscar otros lugares para caminar si los que recorro a diario me ofrecen continuamente aspectos nuevos, encuentros inesperados, paisajes cambiantes? ¿Cambio de pareja? No; gracias. ¿Cambio de amigos? No; gracias. ¿Cambio de hijos? ¡No; gracias!
¿Cuál es la actitud más sana, más sabia? Probablemente la que proponía Santo Tomás: In medio virtus est, en el término medio está la virtud. Por consiguiente, entre siempre angulas y cada día un pescado diferente, que cada cual busque su punto de equilibrio.
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