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Ha cambiado este país…

La frase del título me la decía hace poco Alfonso, un amigo de por aquí, no tan mayor como yo, pero lo suficiente como para tener a su hija haciendo un doctorado en otro país de Europa. Caminábamos los dos de vuelta al barrio.

—Ha cambiado este país…

Frase que enseguida me retrotrae a mi infancia, a la vida que yo viví en este país siendo niño.

—Mi padre —respondí— trabajó en el campo desde que mudó los dientes. Jamás pisó una escuela. No sé yo cómo pude acabar de profesor de instituto.

—Con algún apoyo contarías.

—Sí: el del cura del pueblo, que me sacó, a mí y a unos cuantos más, de la escuela del pueblo, para prepararnos él mismo en la vivienda que le tenía cedida el Ayuntamiento.

–Siempre hay un apoyo.

Y en estas Alfonso continuó para su casa mientras yo torcí para la mía; dando vueltas, una vez más, a los recuerdos de la infancia.

Durante los dos primeros trimestres del 63 la casa del cura fue nuestro colegio. Y en septiembre ingresé, ingresamos mi amigo Nicolás y yo, en el Seminario de San Tarsicio, en Cuevas de Almanzora.

Infancia la mía que terminó precisamente al acabar aquel primer curso de seminario. Entonces, con los trece años recién cumplidos y ya adolescente, pasé, pasamos Nicolás y yo, al Seminario de San Cecilio de Granada.

Si de esa infancia que acabó en el verano del 64 tuviera que elegir alguna experiencia especialmente penosa, creo que seleccionaría, no una, sino cada uno de los días en los que fui un niño jornalero. Trabajar en el campo a jornal, toda una eterna jornada, cuando sólo tienes diez u once años, es muy duro, muy penoso, muy largo; aunque los niños tuviéramos una tarea distinta —no siempre— de la de los hombres. Pero entregar a mi madre, llegada la noche, el importe de mi jornal me llenaba de orgullo y compensaba mi esfuerzo.

¿Tienen ahora, en este país, los hijos de las familias modestas, o pobres, experiencias parecidas? Creo que no.

Llegó septiembre del 63, y Nicolás y yo, con la total ayuda de don Ángel el cura, empezamos otra etapa en el camino de nuestra vida. Una etapa en la que no había jornales, pero sí jornadas largas, esforzadas, reglamentadas, controladas y escasamente alimentadas. Pese a lo cual salimos adelante.

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