Cualquier psicólogo nos explicaría hoy con todo tipo de argumentos lo que alivia quejarse: desahógate, muchacho, que las lágrimas que no se lloran son las peores. O dicho con los versos de Espronceda: “El llanto que al dolor los ojos niegan / lágrimas son de hiel que el alma anegan”. los poetas románticos fueron muy dados a hiperbolizar la queja, siguiendo, paradójicamente, una tendencia muy sanchopancesca de la que abominaba don Quijote, un fajador profesional: “a todo estamos sujetos los que profesamos la estrecha orden de la caballería”. Bécquer era un quejica todavía más exagerado que Espronceda: se veía ya muerto y se lloraba luctuosamente, tildando al mismo tiempo de criminal a la señora: “Y ella prosigue alegre su camino, / feliz, risueña, impávida, ¿y por qué? / Porque no sale sangre de la herida… / ¡porque el muerto está en pie!”. Pero a Bécquer, finalmente, no lo mató ninguna mujer, sino una pulmonía que llovió sobre el mojado de su tuberculosis.
En los últimos años un servidor ha seguido una tendencia romántica a la queja; y cada vez que ha tenido algún problemilla, se ha escrito un epitafio; con lo cual construyéndose ha ido una especie de pequeño cementerio virtual en el que retirarse a llorar, no su muerte, sino sus muchas muertes. El último de estos epitafios, como se verá a continuación, ha evolucionado hacia la sencillez, o la zen-zillez, que está de moda. en el primero, en cambio, se excedió en el autoelogio, y los herederos le enmendaron la plana.
En sus disposiciones
testamentarias lo incluyó el poeta:
Reposan aquí los huesos
de un anónimo fulano
que quiso ganar la mano
a la de los fríos besos.
Y tenía menos sesos
que una cogujada frita.
Aunque su memez no quita
que escribiera con su pluma
versos de belleza suma
por no acudir a esta cita.
Mas amigos y deudos,
despreciando la herencia, le cambiaron
los versos últimos:
Tumba 1
Reposan aquí los huesos
de un anónimo fulano
que quiso ganar la mano
a la de los fríos besos.
Y tenía menos sesos
que una cogujada frita.
De lo que hay prueba escrita:
emborronó algún cuaderno
para dárselas de eterno
y no acudir a esta cita.
Tumba 2
No atraigan tu atención, oh peregrino,
los huesos que hay debajo de esta roca:
son tierra ya, son polvo del camino;
mas deja que esta losa sea mi boca
para darte la paz con que termino:
que no te arrastre una esperanza loca;
que no te espante, caro camarada,
este trance final: esto no es nada.
Tumba 3
Detén tu paso, viajero;
y junto a esta cruz de pino
derrama un poco de vino
en este lomo de albero;
porque yace aquí un trovero
que aspiró a ser eminente;
y logró ser excelente
aliviador de toneles,
carente de otros laureles
para adorno de su frente.
Tumba 4
Los dioses que mis adioses
a la vida le dijera
un día de primavera
me ordenaron: Que reposes
queremos, y que te enloses
bajo aqueste mármol recio;
y, pues tenémoste aprecio,
ponémoste el epitafio:
COMO POETA FUE ZAFIO
Y COMO HOMBRE FUE NECIO.
Tumba 5
Yace bajo las ortigas
de este yermo suburbano
el humano más insano
que imaginarte consigas.
Ya ha sido pasto de hormigas
su corazón. Su locura
(o su divina cordura)
sigue inspirando canciones
a otros locos corazones
que rondan su sepultura.
Tumba 6
Bajo esta losa
con mi nombre grabado
hay sólo tierra.
Se ruega al lector una oración por cualquiera de esta media docena de almas que perdió el poeta.
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